Día 54 | Marcos 10
Cristo ministró en la región de Judea y en Perea, una región al otro lado del Jordán antes de ir a Jerusalén para la semana de la pasión.
Estando ahí, tuvo un encuentro con los fariseos quienes les preguntaron sobre el divorcio. Esta región era gobernada por Herodes Antipas, el mismo que había encarcelado a Juan el Bautista cuando lo criticó por su divorcio y sus segundas nupcias con la mujer de su hermano. Así que pensaron que era el momento perfecto para destruir a Jesús y encaminarlo a tener el mismo final que Juan.
Deseando atraparlo en Sus respuestas, le preguntaron si el divorcio era permitido o no. En ese tiempo había dos posturas en cuanto al tema del divorcio: quienes permitían que se llevara a cabo por cualquier motivo, y la segunda, que solo lo aprobaba en los casos de adulterio. Cristo, como conocía sus corazones …
Cristo ministró en la región de Judea y en Perea, una región al otro lado del Jordán antes de ir a Jerusalén para la semana de la pasión.
Estando ahí, tuvo un encuentro con los fariseos quienes les preguntaron sobre el divorcio. Esta región era gobernada por Herodes Antipas, el mismo que había encarcelado a Juan el Bautista cuando lo criticó por su divorcio y sus segundas nupcias con la mujer de su hermano. Así que pensaron que era el momento perfecto para destruir a Jesús y encaminarlo a tener el mismo final que Juan.
Deseando atraparlo en Sus respuestas, le preguntaron si el divorcio era permitido o no. En ese tiempo había dos posturas en cuanto al tema del divorcio: quienes permitían que se llevara a cabo por cualquier motivo, y la segunda, que solo lo aprobaba en los casos de adulterio. Cristo, como conocía sus corazones (así como conoce el nuestro), les hizo ver que ellos habían malinterpretado la provisión de gracia de Dios permitiendo el divorcio por cualquier motivo, y les hizo ver cómo en el plan original del Señor no estaba el divorcio, pero el pecado de abandono y de inmoralidad sexual había entrado en el hombre y esto llevaba a la culminación del matrimonio en algunas ocasiones. Sin embargo, el diseño original del Creador, definiendo el matrimonio como una unión sagrada y permanente, no cambió y nunca cambiará a pesar de la dureza humana.
Ser como niños para Dios
Había algunos padres que, deseando que Jesús bendijera a sus hijos, los traían a Él, pero los discípulos los regañaban para que no se acercaran a Jesús. Cuando Él se dio cuenta, le pidió que los dejaran acercarse, y les enseñó a todos los que estaban presentes que Dios recibe a los niños y a todos los que creen en Él y son como ellos, es decir, que dependen completamente de sus padres y no hay nada que ellos puedan hacer para recibir el favor y cuidado especial de ellos. ¡Qué hermosa realidad! Nosotras no teníamos ninguna virtud y valor que hiciera que Dios volteara Sus ojos hacia nosotras para ser recibidas y bendecidas por Él, para que alcanzáramos salvación, pero ahora que tenemos al Creador también por Salvador y Padre, podemos tener la plena certeza de que somos recibidas por Él.
¿Y quién podrá salvarse?
Cuando Jesús estaba por irse, llegó un joven muy rico que venía a toda prisa para encontrarse con el Maestro y hacerle una pregunta que le dejara ya por completo su conciencia tranquila pues estaba muy seguro de la respuesta que podía terminar de afirmar su corazón. Sin embargo, él se fue triste y afligido, pues amaba más lo que tenía y creía que podía salvarlo, que lo que el Hijo de Dios podía darle si dejaba los ídolos en su corazón y se arrepentía para poder ser salvo realmente.
Este joven confiaba en lo que hacía, en su moralidad, pero su amor estaba en lo terrenal, lo que poseía. Y aunque deseaba seguir a Cristo, lo material ocupaba un lugar más importante en su corazón.
Cristo nos muestra que la verdadera riqueza está en el Reino de los Cielos, en tomar nuestra cruz cada día para seguirle, y no en lo que podamos poseer o hacer de buena voluntad para sanar nuestra consciencia. Las riquezas y las buenas obras que creemos que hacemos nos ciegan para ver la condición de nuestro corazón porque empezamos a deleitarnos en ellas más que en nuestro Salvador.
Me da tanta ternura el versículo 21 que dice: «Jesús, mirándolo, lo amó». Dios ama al que está apartado de Él siguiendo sus propios caminos y no desea que se pierda eternamente. La pregunta del joven rico revela que deseaba la vida eterna, pero su corazón aún amaba más sus posesiones. Él había encontrado una falsa seguridad ahí. Jesús le mostró que la vida eterna no es un logro humano, sino un regalo que solo se recibe cuando se suelta todo lo demás.
El pastor John MacArthur dice en su comentario que «la enseñanza de Jesús contravenía la prevaleciente interpretación rabínica, que veía en la riqueza una clara ventaja en la adquisición de la salvación. Al Jesús afirmar que ni siquiera los ricos podían salvarse por sus propios medios, los discípulos quedaron totalmente desconcertados preguntándose qué oportunidad de ser salvos tendrían entonces los pobres». Entonces Jesús les respondió: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios». El hombre es incapaz de obtener la salvación por ningún medio, solo la obra del Señor a través de confiar en el sacrificio de Cristo la da.
¡Cuánta gracia y cuánto amor hemos recibido de nuestro Padre celestial al haber sido rescatadas y ser ahora objeto de Su amor y redención!
La petición del corazón
Ya iba Jesús encaminándose a Jerusalén cuando aparta a Sus discípulos para anunciarles Su muerte una vez más, dando detalle de los padecimientos que le esperaban. Él sería condenado a muerte, se burlarían de Él, lo escupirían, lo azotarían, para después darle muerte. Pero estos trágicos y tristes acontecimientos no tendrían final en una aparente derrota, pues Él les afirmó ahí mismo que en tres días volvería a la vida, venciendo el poder de la muerte.
Apenas habiendo dicho esto, Marcos menciona la petición que había en el corazón de los hijos de Zebedeo. Ellos no habían entendido las enseñanzas de Jesús sobre la humildad, parecía que habían ignorado lo que les acababa de decir sobre su inminente muerte y seguramente seguían pensando en un reinado físico, pues le pidieron estar cada uno a su lado cuando estuviera sentado en Su trono.
¡Cómo nos engañan tanto los ídolos en nuestro corazón para no ver a Cristo y entender Sus palabras! Amadas, cuando descubrimos orgullo o deseo de grandeza en nuestro corazón, nuestro deseo de sobresalir en medio del servicio, de tener una plataforma para hablar del evangelio, de ser «líderes», Cristo nos llama a mirar Su ejemplo. Él no vino para ser servido, sino para servir y dar Su vida. Esa cruz nos transforma desde dentro y nos mueve a servir con humildad y tras bambalinas para Aquel que lo dio todo por nosotras.
Amor y compasión
La ruta desde Perea hasta Jerusalén pasaba por la ciudad de Jericó, y cuando Jesús salió de ahí con Sus discípulos, se encontró con el ciego Bartimeo, quien clamaba por misericordia al Hijo de David. Jesús le otorgó la vista y la salvación de su alma, pues él había tenido fe.
Querida hermana, en este mundo caído sin duda podemos encontrarnos en situaciones en las que nos llevan a clamar por misericordia al Señor. Así que, no dejes de clamar a quien tuvo misericordia de ti y te dio salvación. Porque así como por gracia quitó la venda de tus ojos para que pudieras ver la luz del evangelio para salvación, puede también librarte de la angustia de la prueba en la que te puedas encontrar, Sus ojos ven y Su Palabra es consuelo para quien se acerca con fe.
Para meditar:
- Te invito a reflexionar en cómo te acercas a Su Palabra y a Cristo. ¿Con la sed y fe de un niño o poniendo en duda o quizás juzgando con lo que te dice?
- ¿Qué lugar ocupa Dios en tu vida, y que tan central es Él y Su Palabra para ti?
- ¿Te has visto así alguna vez como superior a otras? Él lo sabe. Corre a Su presencia y clama con fe a tu Maestro. Nadie que viene a Él es echado fuera.
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