Día 55 | Marcos 11
Si yo te preguntara hoy: ¿Qué esperas de Jesús? ¿Tu respuesta sería: «liberación de mis problemas o libertad de mi pecado»? El pueblo de Jerusalén también tenía expectativas, pero su confusión los llevó del «Hosanna» al «¡Crucifíquenlo!». Marcos escribe para los judíos y la relevancia de los hechos con los que abre el capítulo 11 es tal, que de hecho los cuatro evangelios narran la escena de Jesús entrando a Jerusalén sobre un asno. Y es que este era el cumplimiento de una profecía conocida por todos sobre la llegada del Mesías. Pero ellos entendían que el cumplimiento de la misma sería para darles liberación de la opresión romana.
El pasaje de Zacarías 9:9 estaba en la mente de todos los que tendieron sus palmas y mantos para que Jesús pasara como un rey triunfante que venía sobre un asno. En aquellos días, entrar a Jerusalén sobre este animal …
Si yo te preguntara hoy: ¿Qué esperas de Jesús? ¿Tu respuesta sería: «liberación de mis problemas o libertad de mi pecado»? El pueblo de Jerusalén también tenía expectativas, pero su confusión los llevó del «Hosanna» al «¡Crucifíquenlo!». Marcos escribe para los judíos y la relevancia de los hechos con los que abre el capítulo 11 es tal, que de hecho los cuatro evangelios narran la escena de Jesús entrando a Jerusalén sobre un asno. Y es que este era el cumplimiento de una profecía conocida por todos sobre la llegada del Mesías. Pero ellos entendían que el cumplimiento de la misma sería para darles liberación de la opresión romana.
El pasaje de Zacarías 9:9 estaba en la mente de todos los que tendieron sus palmas y mantos para que Jesús pasara como un rey triunfante que venía sobre un asno. En aquellos días, entrar a Jerusalén sobre este animal era sinónimo de un rey pacífico, mientras que hacerlo en un caballo era símbolo de un rey guerrero.
Puedo imaginar la multitud gritando con júbilo:
«¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor;
Bendito el reino de nuestro padre David que viene;
¡Hosanna en las alturas!».
Pero al decir Hosanna, el pueblo reconocía que Jesús era el Mesías esperado, al que le decían con esta palabra: «¡Sálvanos te rogamos!», en medio de gritos de júbilo y adoración. Este es el mismo pueblo que, como veremos más adelante, gritarían: «¡Crucifíquenlo!».
Hoy también podemos caer en el mismo error: aplaudimos a Jesús cuando responde como queremos, pero lo cuestionamos cuando Su voluntad nos incomoda. Nuestra fe debe estar basada en la verdad revelada en Su Palabra, no en nuestras emociones cambiantes. Él es Rey, aunque no cumpla nuestras expectativas personales. Esto nos muestra cómo las emociones pueden ser tan variables y llegar a controlarnos. Del júbilo y la alegría, de reconocer a Jesús en ese momento como el Rey, esta multitud pasó a pedir Su muerte y rechazarlo porque Él no cumplía sus planes de liberación nacional. Jesús vino a liberarnos del pecado y darnos vida nueva, no a ser un rey terrenal que haría de Israel una nación independiente de los romanos.
¿Has considerado cuánto puedes ser influenciada por otros en tus convicciones?
Nuestra fe es racional y las emociones la acompañan. Nuestra fe tiene sus convicciones en la Palabra y este pueblo conocía las profecías acerca de este momento. Por eso, cada uno de los evangelistas relata este evento, y creo que es una advertencia clara para nosotras de no dejarnos llevar por las emociones colectivas, sino ser gobernadas por la Palabra de Dios en nuestros corazones.
Podemos ver que las emociones son importantes en nuestra adoración, pero deben estar arraigadas, cimentadas en la verdad de su Palabra. Recuerda que María se sentaba a los pies de Jesús a escucharlo hablar del reino de Dios. La Palabra estaba atesorada en el corazón de ella y este acto fue un fruto de adoración verdadera.
En los versículos 15 al 18 encontramos una escena en la que Jesús echa del templo a aquellos que estaban aprovechándose de la aglomeración para hacer ahí sus negocios. Recordemos que Jesús vino a dar testimonio de la verdad, a mostrarnos el verdadero corazón de Dios y a enderezar todo lo que estaba torcido por el hombre; por lo que nos recuerda que la casa de Dios, el templo, fue creado principalmente para la oración, para buscar Su rostro, para escuchar Su voz, para abrir nuestros corazones a Él, para encontrarnos con Él.
En este capítulo también encontramos el relato de la higuera estéril. La higuera era «frondosa» llena de hojas, pero sin frutos; esto nos muestra que lo que verdaderamente importa es que nuestras vidas muestren los frutos del Espíritu (amor, alegría, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza) y no solamente que consumamos muchos recursos y tengamos mucho conocimiento. En los versículos 20 al 26, se nos relata cuando los discípulos encontraron la higuera estéril que Jesús había maldecido el día anterior, muerta desde la raíz. La lección que Él enseñó a Sus discípulos fue que cuando oramos y hablamos la Palabra de Dios (Su voluntad) con fe y un corazón limpio, Dios mismo respaldará Su Palabra, actuará conforme a ella, porque Él es fiel y verdadero.
Mathew Henry dice en su comentario:
«Y creo que el fruto es el tema que Jesús quiere transmitirnos en estos capítulos. Pasó en una ocasión cerca de una higuera sin frutos, y la maldijo. Por esta causa, la higuera se secó. Al preguntarle a los discípulos sobre esto, Jesús les habló de tener fe en Dios. De pedir con fe y de perdonar al orar. Ambas cosas son frutos de creer en Él verdaderamente. No guardar rencor, mostrar humildad, estar dispuesto a olvidar la ofensa, es fruto de una vida nueva en Cristo. Nuestra naturaleza no produce estos frutos, solo una vida nueva en nuestro Señor. Santiago, más adelante, nos advierte que la verdadera fe es aquella que da frutos que muestran lo que creemos. No hacemos obras para ser salvos, sino que, porque hemos creído, por esa fe que vive en nosotros, podemos dar frutos»1.
«Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta», dice Santiago 2:17.
Ante la duda de los fariseos con la que este capítulo cierra en los versículos 27 al 33 es bueno para nuestra alma recordar que nuestros corazones son como una carta abierta delante de Dios. Al venir a Su presencia con nuestras dudas y preguntas, examinemos el motivo y la actitud con que las hacemos; Él es Dios y merece nuestra reverencia y respeto.
Para meditar
- ¿Te dejas llevar por tus emociones o estás centrada en la Palabra?
- ¿Qué frutos espirituales pueden verse hoy en tu vida?
- ¿Cómo te acercas a Jesús: con humildad y fe, o con reservas y exigencias?
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