Día 86 | Lucas 18
De las primeras veces que leí este capítulo, me pareció que eran un montón de historias con algún profundo mensaje, pero la realidad es que no es una colección de historias sueltas, sino una enseñanza magistral sobre la fe verdadera: una fe perseverante, humilde, sencilla, desapegada y que ve más allá de lo visible. Jesús, en Su camino hacia Jerusalén, nos muestra distintos rostros de la fe y del corazón humano. Y en cada historia nos invita a examinarnos y a depender más profundamente de Él.
Jesús inicia el capítulo con una parábola que revela el poder de la oración constante. Una viuda insistente logra justicia de un juez injusto, no porque él sea bueno, sino por su persistencia. Si un juez corrupto responde por insistencia, ¡cuánto más nuestro Padre justo responderá al clamor de Sus hijas amadas!
La perseverancia en la oración no es obstinación, es fe …
De las primeras veces que leí este capítulo, me pareció que eran un montón de historias con algún profundo mensaje, pero la realidad es que no es una colección de historias sueltas, sino una enseñanza magistral sobre la fe verdadera: una fe perseverante, humilde, sencilla, desapegada y que ve más allá de lo visible. Jesús, en Su camino hacia Jerusalén, nos muestra distintos rostros de la fe y del corazón humano. Y en cada historia nos invita a examinarnos y a depender más profundamente de Él.
Jesús inicia el capítulo con una parábola que revela el poder de la oración constante. Una viuda insistente logra justicia de un juez injusto, no porque él sea bueno, sino por su persistencia. Si un juez corrupto responde por insistencia, ¡cuánto más nuestro Padre justo responderá al clamor de Sus hijas amadas!
La perseverancia en la oración no es obstinación, es fe activa. Es creer que Dios oye, aunque parezca callar; que Él actúa, aunque no entendamos el cómo ni el cuándo.
«Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?». Que Jesús nos encuentre creyendo, orando y confiando
Al llegar a los versículos 9 al 14, encontramos que el contraste no podría ser mayor al ver a un fariseo orgulloso, satisfecho de sí mismo, y un publicano quebrantado, que ni alza la vista al cielo. El primero confía en sus obras; el segundo, clama por misericordia. Y Jesús dice del publicano: «Este descendió a su casa justificado».
Nota que aquí encontramos el corazón del evangelio: la justificación es por gracia, mediante la fe, no por méritos ni reputación o capacidad. Entonces, mi hermana, la fe verdadera se arrodilla. No presume, no se compara, no exige. Solo se rinde ante la cruz.
Y llegamos a un pasaje que enseñamos mayormente a los niños, aunque en realidad se debería enseñar a todos en general, ya que los niños no son el verdadero centro, sino una fe sencilla.
En los versículos 15 al 17, los discípulos querían impedir que los niños se acercaran al Maestro, pero Jesús los abrazó (qué hermosa imagen). ¿Por qué? Porque ellos representan la dependencia y pureza de corazón que Dios busca en todos los creyentes (sí, adultos también).
Una fe infantil no es ingenua, sino confiada. Cree sin reservas y se entrega sin condiciones. El Reino pertenece a quienes se acercan a Cristo así: sin pretensiones, sin logros, sin máscaras. «porque de los que son como estos es el reino de Dios».
Ahora viene uno de mis pasajes favoritos porque la rendición no es parcial y pareciera que cada cristiano siempre quiere «negociar» algo con Dios.
El joven rico parece tenerlo todo: moralidad, dinero, juventud. Pero le falta algo esencial: un corazón rendido. Jesús toca la fibra más profunda de su idolatría: «Vende todo lo que tienes… y ven, sígueme», dice el versículo 22.
Y el joven hizo como Jesús le pidió y lo siguió… ¡No! Se fue porque sus posesiones eran su seguridad. ¡Qué triste ironía! Tenía mucho, pero le faltaba todo; su identidad estaba atada a lo que poseía.
La verdadera fe renuncia a cualquier cosa que compita con Cristo (recordemos que el problema no son las riquezas, sino el corazón que las vuelve un ídolo). ¿Qué ocupa el trono de tu corazón? ¿Hay algo que amas más que Jesús?
Cuántas veces nos parecemos a este joven… Queremos a Cristo, pero no a costa de nuestros tesoros. Queremos seguirlo, pero con condiciones, y Jesús nos mira con amor y sigue invitándonos: «Una cosa te falta… sígueme».
En medio de todo este panorama de fe, Jesús anuncia Su pasión. De los versículos 31 al 34 es revelado el camino de la cruz… pero los discípulos «no comprendieron nada de esto».
La cruz no fue un accidente, fue el plan perfecto de Dios para salvarnos, y nosotras también debemos abrazar la cruz; esto es: el llamado a morir al yo, a confiar en medio del dolor, a creer que Su voluntad es buena aun cuando duela. La fe verdadera no solo confía cuando hay bendición; confía también cuando llega el sufrimiento.
Finalmente, en la entrada de Jericó (la última parada antes de Jerusalén), aparece un ciego llamado Bartimeo; él no ve con los ojos, pero ve con el corazón.
Cuando oye que Jesús pasa, grita con desesperación: «¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!». Aunque lo mandan callar, grita más fuerte; aquí Bartimeo reconoce en Jesús algo que muchos videntes no vieron: al Mesías prometido.
Por favor, nota el contraste con el joven rico:
- El joven rico vio a Jesús y se fue triste.
- El ciego no veía nada, pero creyó y siguió glorificándole.
- El rico lo llama Maestro (reconoce Su sabiduría); el ciego lo llama Señor (reconoce Su poder y se rinde a Él).
- El rico guardaba los mandamientos, el ciego se arraigó en la fe.
- El rico perdió su oportunidad por aferrarse a lo que tenía; el ciego la aprovechó aferrándose a Cristo.
Ambos se encontraron con el mismo Jesús, pero solo uno fue transformado. La diferencia no estaba en lo que tenían, sino en su creencia de quién era Jesús.
La fe de Bartimeo no solo le devuelve la vista física, sino la salvación eterna: «Tu fe te ha sanado», dice el versículo 42. Bartimeo se convierte en un discípulo ejemplar: ve, sigue y glorifica.
Qué hermoso contraste: el joven rico vio a Jesús y se alejó triste; el ciego no veía nada, pero creyó y terminó siguiéndolo gozoso.
De principio a fin, Lucas 18 nos enseña que la verdadera fe se ve de la siguiente manera:
- Ora sin desmayar (la viuda)
- Se humilla sin justificarse (el publicano)
- Confía sin complicarse (los niños)
- Se desapega sin reservas (el joven rico)
- Sigue sin ver (Bartimeo)
Para meditar:
El día de hoy tómate un tiempo para que el Señor abra tus ojos como los de Bartimeo, que muestre los ídolos que te impiden seguirlo, que te enseñe a confiar en quién es Él; que te ayude a perseverar como la viuda, que te otorgue la humildad del publicano, que te dé una fe sencilla como una niña y te llene de esa fe que ve lo invisible.
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