Día 89 | Lucas 19
Llegamos a un capítulo importante porque marca el cierre del ministerio público de Jesús antes de Su muerte. Jericó es la última parada antes de Jerusalén. El Rey está a punto de entrar a Sión, y lo que sucede aquí resume Su misión completa: salvar, probar la fidelidad y revelar Su corazón por los perdidos.
De los versículos 1 al 10 vemos que Jesús está en Jericó y se fija en un hombre pequeño de estatura, pero grande en pecado. Nuestro muy conocido Zaqueo, un recaudador de impuestos despreciado. Quiero que notes algo importante; no es Zaqueo quien busca a Jesús; es Jesús quien lo llama por nombre: «Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy debo quedarme en tu casa».
Aquí podemos ver el corazón del evangelio: la salvación comienza con iniciativa divina, no por el mérito humano.
La fe verdadera siempre produce un fruto visible. Zaqueo …
Llegamos a un capítulo importante porque marca el cierre del ministerio público de Jesús antes de Su muerte. Jericó es la última parada antes de Jerusalén. El Rey está a punto de entrar a Sión, y lo que sucede aquí resume Su misión completa: salvar, probar la fidelidad y revelar Su corazón por los perdidos.
De los versículos 1 al 10 vemos que Jesús está en Jericó y se fija en un hombre pequeño de estatura, pero grande en pecado. Nuestro muy conocido Zaqueo, un recaudador de impuestos despreciado. Quiero que notes algo importante; no es Zaqueo quien busca a Jesús; es Jesús quien lo llama por nombre: «Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy debo quedarme en tu casa».
Aquí podemos ver el corazón del evangelio: la salvación comienza con iniciativa divina, no por el mérito humano.
La fe verdadera siempre produce un fruto visible. Zaqueo no puede «comprar» su salvación, pero podemos ver evidencias de su arrepentimiento, ya que restituye por mucho a los que había robado y ese desprendimiento es una evidencia externa de un cambio interno. A diferencia del joven rico, quien se alejó triste porque amaba sus riquezas, Zaqueo se llena de gozo al recibir a Cristo y se desprende de lo que antes dominaba su corazón.
Una verdadera entrega a Cristo siempre produce cambios visibles en la manera en que vivimos. En Zaqueo vemos el reflejo de este principio, ya que nos muestra que el corazón redimido se vuelve generoso, justo y gozoso.
En la parábola de las minas, en los versículos 11 al 17, vemos que una multitud esperaba que el Reino se manifestara de inmediato; Jesús enseña esto para corregir esa expectativa. Un noble parte a recibir un reino y deja a sus siervos una pequeña cantidad de dinero (una mina) para que la administre mientras él no está.
Para resumir esto: la fidelidad se muestra en lo cotidiano.
Jesús nos recuerda que el Reino aún no se ha consumado y que, mientras esperamos Su regreso, somos llamadas a ser fieles administradoras de todo lo que Él nos ha confiado: tiempo, dones, recursos, relaciones, etc.
Nancy DeMoss Wolgemuth lo expresa así: «La fidelidad no depende del tamaño de lo que Dios nos da, sino del corazón que sirve con amor».
El contraste entre el siervo fiel y el negligente es impactante: uno multiplica lo que recibió y es recompensado con más responsabilidad; el otro lo guarda por miedo y pierde incluso lo poco que tenía.
Hermana, es mi oración que puedas entender que Cristo no busca resultados espectaculares, sino una obediencia que persevera. Como mujeres del Reino, recordemos que no somos dueñas de nada; somos mayordomas de todo.
Llegamos a la entrada triunfal de Jesús, que está en los versículos 28 al 44. En esta entrada a Jerusalén se cumple la profecía que encontramos en Zacarías 9:9, y empieza la semana conocida como la semana de la pasión; es el momento del clímax donde Jesús se presenta a Su pueblo como el Mesías prometido.
Para los judíos, el Mesías que esperaban era un guerrero que derrocaría el gobierno opresor de Roma, y es cierto que muchas profecías describen a este gobernante, pero ellos no entendieron que para acceder a ese Reino debían arrepentirse; sin duda podemos decir que sus expectativas estaban puestas en la liberación política y no reconocían las características de un mejor reino.
Jesús entra a Jerusalén sobre un pollino y te voy a decir algo que a mí me sorprendió mucho cuando lo leí. Generalmente, pensamos que el pollino es sinónimo de humildad o pobreza; quizás entrar en un burrito parece poca cosa y pensamos automáticamente que un rey debería entrar en un corcel hermoso; sin embargo, quiero citar algo que encuentras en 1 Reyes 1:33-34: «Y el rey les dijo: “Tomen con ustedes a los siervos de su señor, hagan montar a mi hijo Salomón en mi propia mula y llévenlo a Gihón. Que allí el sacerdote Sadoc y el profeta Natán lo unjan como rey sobre Israel; y toquen trompeta y digan: ‘¡Viva el rey Salomón!’”».
El pueblo judío consideraba al burro como un animal digno de un rey. Este pasaje es una celebración por la coronación del heredero davídico, pero Salomón es la sombra de un mejor Rey, de un mejor Hijo, de un mejor Reino.
Siguiendo el texto, llegamos al punto en el que alaban a Jesús por Sus maravillas. Jesús ganó mucha fama gracias a los milagros que realizó a lo largo de Su ministerio en la tierra; la gran mayoría de los congregados en la escena de la entrada triunfal no tenía un entendimiento pleno de lo que sucede.
Hay mantas en el camino, ramas, gente recitando un salmo mesiánico, y Jesús está permitiendo esta expresión pública para que se cumpliera la profecía en Zacarías en la que se presenta como rey de Israel.
Nuestros muy conocidos fariseos estaban verdaderamente enojados e indignados por lo que estaba pasando; parece tan impropio que Jesús sea ovacionado por la gente reunida ahí, y solamente en Lucas encontramos la descripción de estos detalles que añaden información que nos ayuda a entender la perspectiva de los fariseos.
Jesús tiene una respuesta maravillosa a la solicitud de los fariseos que vemos en el versículo 39: «Maestro, reprende a Tus discípulos». Y en el versículo 40 le responde: «Les digo que si estos se callan, las piedras clamarán». Jesús sabía que ese día Su pueblo estaba reconociendo al Mesías; ya era el momento en que todos debían saberlo y por eso Él dio esa respuesta tan contundente.
Quiero que notes un gran contraste: mientras la gente está emocionada, adorando, cantando, teniendo diferentes muestras de devoción, vemos en el versículo 41 que Jesús está llorando y se lamenta en voz alta. Él sabía que Jerusalén sería destruida y también sabía que esa ciudad tan amada lo había ignorado.
Jesús pronunció un juicio hacia Israel por no haberlo reconocido, y de la misma forma, pronunciará un juicio sobre aquellos que no lo reconozcan como Señor en cualquier época de la historia humana.
El capítulo termina con una escena de autoridad divina. Jesús expulsa a los comerciantes del templo y cita Isaías 56:7: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos».
Con esto, Cristo no actúa movido por la ira humana, sino como el Dueño legítimo del templo, purificando lo que le pertenece, y este mensaje es profundo: la adoración auténtica no puede coexistir con un corazón dividido. Así como limpió el templo físico, el Señor desea limpiar el templo espiritual, o sea, nuestro corazón, de todo lo que roba Su gloria.
Lucas 19, entonces, entreteje tres escenas para mostrarnos a Cristo completo:
- El Salvador que busca al perdido (Zaqueo)
- El Señor que confía recursos a Sus siervos (las minas)
- El Rey que llora por los que lo rechazan (Jerusalén)
En cada escena que leímos hoy, Jesús revela Su misión: buscar, salvar y purificar.
Vemos a Cristo que nos confía recursos para servirle fielmente, y que llora cuando endurecemos nuestro corazón ante Su gracia. En este capítulo podemos ver que Dios no se conforma con nuestra religiosidad, sino que anhela una relación cercana, viva, obediente y gozosa con nosotras.
Mi oración es que, como Zaqueo, abramos nuestra vida por completo al Rey que nos llama por nombre. Porque seguir a Cristo no solo es caminar detrás de Él… es dejar que Él reine en todo.
Para meditar:
¿Creo realmente que la iniciativa en mi salvación vino de Él, no de mí?
¿Hay evidencia concreta de arrepentimiento en mi vida?
¿Estoy multiplicando lo que Cristo puso en mis manos?
¿Uso excusas piadosas para cubrir mi desobediencia?
¿Mi corazón se entristece por quienes no creen, o solo me indigno?
¿Me someto al señorío de Cristo aun cuando confronta mis planes, preferencias o comodidad?
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