Día 93 | Lucas 23
El capítulo 23 de Lucas nos lleva a uno de los momentos más solemnes y gloriosos, el día en que el Hijo de Dios fue entregado en manos de pecadores. A lo largo del relato, vemos el contraste más profundo entre la injusticia humana y la compasión divina. Jesús es acusado falsamente, juzgado sin culpa y condenado a morir, mientras los verdaderos culpables (como Barrabás) son liberados. Pero aun en medio de tanta oscuridad, resplandece la gracia.
Llegó el día en el que Jesús fue llevado ante Pilato. Ese día trajo la mayor injusticia de la historia. Los líderes religiosos estaban cegados y clamaban por Su muerte. Pilato, aunque declaraba una y otra vez que no hallaba culpa en Él, cedió a la presión del pueblo.
Herodes lo recibió con curiosidad, quizás esperando ver algún milagro, pero Cristo no lo complació con palabras ni con señales, guardó silencio …
El capítulo 23 de Lucas nos lleva a uno de los momentos más solemnes y gloriosos, el día en que el Hijo de Dios fue entregado en manos de pecadores. A lo largo del relato, vemos el contraste más profundo entre la injusticia humana y la compasión divina. Jesús es acusado falsamente, juzgado sin culpa y condenado a morir, mientras los verdaderos culpables (como Barrabás) son liberados. Pero aun en medio de tanta oscuridad, resplandece la gracia.
Llegó el día en el que Jesús fue llevado ante Pilato. Ese día trajo la mayor injusticia de la historia. Los líderes religiosos estaban cegados y clamaban por Su muerte. Pilato, aunque declaraba una y otra vez que no hallaba culpa en Él, cedió a la presión del pueblo.
Herodes lo recibió con curiosidad, quizás esperando ver algún milagro, pero Cristo no lo complació con palabras ni con señales, guardó silencio y ese silencio fue más elocuente que cualquier defensa, porque Jesús no estaba allí para librarse, sino para entregarse.
En esta sección ocurre algo profundamente teológico y personal, ya que el inocente toma el lugar del culpable. Barrabás, un homicida, es liberado; Jesús, el justo, es condenado.
Cada vez que leamos este texto, debemos recordar que somos como Barrabás: culpables pero liberadas por gracia. Jesús fue contado entre los transgresores para que nosotras fuéramos contadas entre las justas. Su silencio ante Pilato es la voz del amor que aceptó la condena que merecíamos, para tener acceso al Padre.
La siguiente imagen es Jesús cargando la cruz, ¿imaginas el cansancio y la agonía? Simón de Cirene es obligado a ayudarle; una multitud lo seguía y en medio de ellos, un grupo de mujeres lloraba por Él. Pero Jesús, aun en medio de su dolor, las mira y les dice: «No lloren por Mí; lloren más bien por ustedes mismas y por sus hijos».
¿No te impresiona que, incluso en Su camino a la muerte, Jesús piense en los demás? No busca compasión, sino arrepentimiento. Puedo ver aquí el corazón de mi Redentor, lleno de gracia, aun cuando el peso de la cruz le corta la espalda; cada gota de sangre que cae sobre el suelo del Calvario es una marca de esperanza para las generaciones futuras.
Amada, caminar hacia el Gólgota fue más que un trayecto «físico», fue el camino de amor que tuvo como meta final la redención eterna. Jesús se sentó en el lugar de los culpables como un Rey obediente que cumple la voluntad del Padre.
El día sigue transcurriendo y vemos a Cristo crucificado entre dos malhechores que recibieron la misma condena. Los soldados se burlan, la gente mira toda esta escena y Jesús es desafiado a salvarse a Sí mismo, y desde aquella cruz, pronuncia las palabras que nadie esperaría escuchar: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
¡Qué amor tan incomprensible! En el momento de mayor injusticia, Cristo intercede por Sus verdugos. En Su agonía, Él no piensa en sí mismo, sino en los demás; le dio un significado a esa cruz que representaba vergüenza para convertirla en el trono del perdón.
Es ahí, en medio del dolor, que podemos ver una escena que resume el evangelio. Uno de los ladrones lo insulta, pero el otro lo mira con fe: «Acuérdate de mí cuando vengas en Tu reino». Aquel hombre no podía ni moverse, mucho menos reparar su pasado. Solo podía creer y Jesús le responde con una promesa hermosa: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
Ese diálogo tan corto entre un ladrón y su Salvador sigue siendo un retrato vivo, ya que la salvación no depende de nuestras obras, sino de la fe en Cristo. Si lo miras a Él, si clamas con un corazón humilde y arrepentido, encontrarás la misma promesa que aquel ladrón, y estarás con Jesús en el paraíso.
De pronto la creación gime ante el sufrimiento de su Creador; el mediodía se convierte en total oscuridad, el velo del templo se rasga en dos, es como si el cielo declarara que el acceso a Dios ha sido abierto para siempre.
En ese instante, Jesús alza Su voz: «Padre, en Tus manos encomiendo Mi espíritu», y así, entregó Su vida. Jesús no fue asesinado; Él entregó Su espíritu voluntariamente. Su muerte fue un acto de total soberanía.
Un centurión romano que fue testigo de este sacrificio, reconoció lo que muchos no quisieron ver: «Ciertamente, este hombre era inocente», y esto me hace pensar que hasta los corazones más duros se estremecen ante la santidad del Hijo de Dios.
Encontramos al pie de la cruz a las mujeres y a algunos discípulos. Imagino esa imagen y solo puedo pensar en ellos con los ojos llenos de lágrimas al ver a su Maestro, su Señor, su hijo… muerto en el madero. Nosotras sabemos que este fue el cumplimiento del plan eterno del Padre, y que el amor venció.
José de Arimatea, un miembro del concilio que creía en el Señor, pidió Su cuerpo y lo colocó en una tumba «nueva». Las mujeres observaron en dónde lo pusieron y prepararon especias y ungüentos, pero decidieron esperar para descansar el día de reposo, como mandaba la ley.
Ese día, el cuerpo del Salvador reposaba, pero el plan de Dios seguía en marcha; lo que parecía el final, era el preludio en realidad. Quiero que notes el ejemplo que nos dan estas mujeres; cuando todo parece perdido, desolado, desesperanzador… no se alejan del dolor, sino que lo enfrentan con amor. Esperaron en silencio sin saber que pronto sus lágrimas se convertirían en alegría.
Hermana, a veces, nuestra fe también se prueba en los silencios. Cuando Dios parece callar, cuando no entendemos, cuando solo tenemos que esperar… es entonces cuando aprendemos a confiar, sabiendo que también el silencio de Dios tiene propósito y esperanza.
Este capítulo está cargado de emociones que en lo personal me abruman; pocas veces lo he podido leer sin llorar. Lucas 23 nos narra el juicio, la crucifixión, la muerte y sepultura de Jesús. A lo largo de este relato, Cristo muestra compasión, perdón y autoridad soberana.
Para meditar
- ¿Qué me enseña el silencio de Jesús ante la injusticia sobre cómo responder cuando me tratan mal?
- ¿Cómo puedo reflejar el mismo perdón que Jesús mostró, especialmente hacia quienes me han herido?
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