Día 97 | Juan 1
El propósito del Evangelio
La mejor manera de explicar el propósito de este libro es con las mismas palabras del autor: «Pero estas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que al creer, tengan vida en Su nombre». - Jn. 20:31
Este Evangelio es conocido como el Evangelio universal; tiene particularidades que lo distinguen de los sinópticos. Por ejemplo, mientras los otros mencionan a Juan por su nombre, aquí él se refiere a sí mismo como «el discípulo a quien Jesús amaba».
Pienso que esto refleja algo profundo de su identidad: Juan entendió que quién él era estaba definido por quién lo amaba.
Esa es también nuestra identidad: somos amadas por Cristo.
Juan no solo nos da detalles del ministerio de Jesús, sino que nos abre una ventana al misterio de Su persona. …
El propósito del Evangelio
La mejor manera de explicar el propósito de este libro es con las mismas palabras del autor: «Pero estas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que al creer, tengan vida en Su nombre». - Jn. 20:31
Este Evangelio es conocido como el Evangelio universal; tiene particularidades que lo distinguen de los sinópticos. Por ejemplo, mientras los otros mencionan a Juan por su nombre, aquí él se refiere a sí mismo como «el discípulo a quien Jesús amaba».
Pienso que esto refleja algo profundo de su identidad: Juan entendió que quién él era estaba definido por quién lo amaba.
Esa es también nuestra identidad: somos amadas por Cristo.
Juan no solo nos da detalles del ministerio de Jesús, sino que nos abre una ventana al misterio de Su persona. Este evangelio tiene un propósito evangelístico y apologético: presentar a Cristo mismo, el Dios encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre, para que creamos y vivamos.
El verbo hecho carne… desde el principio.
Desde el principio, Dios habló. Su voz ordenó el caos y llenó el vacío con luz. En Génesis leemos: «Y dijo Dios…», y en Juan descubrimos quién es esa voz: el Verbo eterno, Cristo, la Palabra que no solo creó el mundo, sino que vino a recrear nuestros corazones.
Cada vez que Dios dijo «Sea la luz», Su Palabra estaba actuando, y esa Palabra es una Persona.
«En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios». —Juan 1:1.
Es interesante notar que Juan abre su libro con las mismas palabras que Moisés usó para iniciar el Génesis. Mientras Moisés narra cómo Dios creó todas las cosas, Juan declara que cuando el principio comenzó, el Verbo ya existía. Jesús no es un ser creado: es el Creador mismo. La encarnación no es solo Dios tomando forma humana, sino Dios dándose a conocer plenamente:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre», dice Juan 14:9.
El Evangelio de Juan no solo narra hechos sobre Jesús, sino que nos invita a creer en Él. Desde su primera línea nos introduce al misterio eterno del Hijo de Dios que se hizo hombre para darnos vida. La misma voz que dijo: «Sea la luz» es la que hoy dice a tu alma: «Levántate y vive».
No hay un solo átomo creado fuera de Su poder. Y no hay corazón transformado fuera de Su Palabra. La única fuente de un verdadero cambio está en la de Cristo; nadie puede seguir igual.
Mirar a Cristo es mirar la Palabra que sostiene todo lo que existe. Juan nos lleva a contemplar el misterio de la Trinidad: el Hijo estaba con Dios en una comunión eterna y perfecta, y al mismo tiempo era Dios. No es un ser creado, sino el Creador mismo.
Dios no se conformó con hablar desde lejos. Él se hizo carne, y habitó entre nosotras.El Dios que dijo «Sea la luz», entró en un mundo oscuro para alumbrar corazones perdidos. Contemplar a Jesús, significa ver la gloria del Padre reflejada en un rostro humano. Juan usa la palabra griega theaomai, que significa «mirar con asombro», para describir cómo los discípulos vieron Su gloria. No fue una observación distante, sino una rendición ante Su majestad.
Cuando miramos a Cristo, cuando genuinamente lo contemplamos:
- vemos la gracia hecha visible,
- el carácter de Dios revelado,
- y el camino de regreso al hogar abierto para nosotras.
Contempla a Cristo, no es solo una frase poética, es un llamado:
- Deja de mirar tu caos y mira Su rostro.
- Deja de buscar sentido en las palabras de este mundo y escucha al Verbo eterno.
- Deja de confiar en tu autosuficiencia y mira a Cristo.
El contraste luz-tinieblas
Después de mostrarnos quién es el Verbo, Juan nos presenta a Cristo como la Luz del mundo, esa luz que vino a cambiarlo todo, que da vida y expone la oscuridad. La luz de Cristo no solo revela, sino que transforma. Donde Su luz entra, las tinieblas no pueden permanecer.
El mundo no lo recibió entonces, y tampoco lo hace hoy. Pero a los que fueron alumbrados por la Luz, Él les dio vida.
James Montgomery Boice escribe:
«La luz de Cristo no meramente expone; engendra vida en aquello que toca».
Cada vez que contemplamos a Jesús, la oscuridad retrocede.
Cada encuentro con Él transforma:
- del vacío al propósito,
- de la muerte a la vida,
- del temor a la confianza.
La fe no nace de ver milagros, sino de mirar al Verbo.
Testimonio de Juan el bautista
Y de repente pasamos de verdades profundas a un cambio de narrativa; Juan pasa de lo eterno a lo terrenal, presentando a un testigo: Juan el Bautista. Su testimonio conecta el Antiguo Testamento con la llegada del Mesías. Él no era la luz, pero vino a dar testimonio de ella. Así también, nosotras somos llamadas a reflejar esa luz. No somos la fuente, pero sí portadoras del reflejo de Cristo. Si has visto Su luz y recibido Su vida, no puedes quedarte callada. Aquí vemos a Juan el Bautista responder con la profecía dada en Isaías de ser la voz que clama en el desierto, el que venía delante del que habría de venir…
Contempla a Cristo
Cuando Juan el Bautista vio venir a Jesús, exclamó: «¡Ahí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!». Estas palabras resonaron entre los judíos: hablaban del sacrificio definitivo. Jesús sería el Cordero que quitaría el pecado del mundo. Presta atención al nombre que utilizó para llamarlo: el Cordero de Dios; esto no es un nombre más. ¿Quieres ser libre de tus pecados? ¡Mira a Cristo! No hay otro lugar donde hallar salvación que en Cristo. Este sigue siendo el mensaje del evangelio: ¡Mira a Cristo!
En Él hay vida, verdad, redención y descanso. Mirar a Cristo lo cambia todo. Porque cuando ves quién es Él, descubres quién eres tú.
Los primeros discípulos
No es casualidad que al tercer día, Juan el Bautista estuviera con dos de sus discípulos. Cuando vio pasar a Jesús, les dijo nuevamente: «Ahí está el Cordero de Dios». Y el texto dice: «Le oyeron hablar, y siguieron a Jesús».
Cuando conocemos al Verbo, cuando Él dice «Vengan y vean», no hay forma de resistirse: solo podemos rendirnos y seguirle. Luego vemos a Andrés ir corriendo a buscar a su hermano Simón, y decirle que había hallado al Mesías, «el ungido», y aquí vemos otro encuentro impresionante: al Simón verse de frente con el Cristo, este le dice: «Tú eres Simón […] tú serás llamado Cefas», que quiere decir Pedro». Cuando Cristo nos mira, mira lo profundo de nuestros corazones; esa luz penetra los lugares más recónditos, pero a la vez los transforma, nos cambia, nos hace nuevas criaturas, nos pone un nuevo nombre.
Y luego, al culminar el capítulo, Jesús quiere ir a Galilea, y en su camino encuentra a Felipe y le dice: «Sígueme». Esa palabra fue suficiente para Felipe; no preguntó nada más. Al sonido de Su voz hubo algo que hizo que él simplemente obedeciera y más adelante le contara a Natanael, quien era de Caná, que habían hallado al que tanto esperaban. Pero aquí notamos una reacción diferente a las demás; la respuesta de él no fue como las demás, sino más bien como un rechazo basado en prejuicios, ya que preguntó si algo bueno podía salir de Nazaret.
Así como los samaritanos eran despreciados, los de Nazaret también lo eran, y él actuó por lo que había aprendido de su cultura. ¿Cuántas veces nosotras no hemos sido como Natanael y hemos menospreciado a otros? Quizá porque no «saben» tanto como nosotras. Tal vez porque no tienen «sana doctrina». Que no seamos halladas haciendo juicios de valor por cosas que la cultura nos vende, sino más bien por lo que las Escrituras nos mandan.
En lugar de «ofenderse» por su respuesta, en lugar de humillarlo, Cristo le muestra su «honestidad» en un sentido, y luego procede a mostrarle de una manera que solo Natanael podía entender que Cristo era quien era.
Nadie puede resistir estar delante del Cordero de Dios, del Mesías, del Hijo de Dios y permanecer igual. ¿Y tú? ¿Estás contemplando a Cristo? Esa es nuestra invitación hoy:
Contempla a Jesús.
Él es la Palabra que habló en el principio,
la Luz que vence toda oscuridad,
y el Dios que sigue diciendo a nuestras almas:
«Levántate y vive».
Para meditar
- ¿Qué revela Juan 1 sobre quién es Jesús?
- ¿Qué cambia en tu corazón cuando lo contemplas?
- ¿Cómo puedes vivir hoy con los ojos fijos en Él, la Palabra viva?
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