Día 98 | Juan 2
En este capítulo pasamos de conocer quién es Jesús a ver cómo Su gloria comienza a hacerse visible en la vida cotidiana. Juan nos lleva de la revelación a la experiencia: del Verbo eterno al Cristo que actúa entre la gente común, transformando lo ordinario en extraordinario. Jesús inicia Su ministerio, por así decirlo, de una manera poco usual, pero con un gran mensaje: Él transforma lo ordinario en extraordinario con el propósito de revelar Su gloria.
Las bodas de Caná, la primera señal
Utilizar la palabra señal aquí es clave porque más adelante veremos su conexión. El primer milagro de Jesús ocurre dentro de una celebración, ¡y no cualquier celebración! Una boda. No fue en medio de una crisis nacional, no fue una guerra, ¡una boda! Todas hemos participado de al menos una boda, y sabemos que eso es símbolo de gozo, plenitud, bendición, esperanza, y la …
En este capítulo pasamos de conocer quién es Jesús a ver cómo Su gloria comienza a hacerse visible en la vida cotidiana. Juan nos lleva de la revelación a la experiencia: del Verbo eterno al Cristo que actúa entre la gente común, transformando lo ordinario en extraordinario. Jesús inicia Su ministerio, por así decirlo, de una manera poco usual, pero con un gran mensaje: Él transforma lo ordinario en extraordinario con el propósito de revelar Su gloria.
Las bodas de Caná, la primera señal
Utilizar la palabra señal aquí es clave porque más adelante veremos su conexión. El primer milagro de Jesús ocurre dentro de una celebración, ¡y no cualquier celebración! Una boda. No fue en medio de una crisis nacional, no fue una guerra, ¡una boda! Todas hemos participado de al menos una boda, y sabemos que eso es símbolo de gozo, plenitud, bendición, esperanza, y la lista puede seguir… así que no fue un hecho fortuito o que María lo hizo hacer algo que no quería. Todo estaba planificado para que sucediera así.
Cuando Su madre le comenta la dificultad en la que se encontraban los novios, la respuesta de Jesús es: «Todavía no ha llegado Mi hora». Jesús sabía que Su hora, la cruz, aún no había llegado. Pero incluso en ese momento, cada gesto y palabra apuntaban al cumplimiento del plan del Padre. Su respuesta amorosa a María nos enseña que la fe verdadera no busca controlar, sino confiar. Esa fue una forma amorosa pero firme de decirle a Su madre que Él actuaba en conformidad al plan soberano del Padre, no por presiones humanas.
Aun así, cambia el agua en vino, y no cualquier vino, el «mejor» vino, guardado para el final; prefigura la nueva alianza, superior a la antigua. Cada vasija vacía se llenó con el vino mejor. Así también, cuando Cristo está presente, lo ordinario se convierte en un testimonio de Su gracia.
Jesús, entonces, inicia Su ministerio mostrando que Él trae una nueva era de gracia y plenitud. Esto nos comunica que Cristo convierte el «agua» vacía de nuestros esfuerzos en el «vino» del gozo redentor. El que Cristo estuviera en esa boda nos dice que cuando Él está presente, hay transformación, plenitud y abundancia. Su respuesta a María también nos enseña que el discipulado requiere rendición, no control.
«Su madre dijo a los que servían: “Hagan todo lo que Él les diga”». Ese sigue siendo el llamado a la fe obediente.
María sabía cuál era la fuente de poder, sabía quién era la persona a quien acudir, y no olvidemos que allí tenemos a Andrés, Simón, Felipe, Natanael y muy probablemente Juan, que están observando y mirando qué sucede. Esto también es para ellos, porque estaban por presenciar más.
La purificación del templo
Después de transformar el agua en vino, Jesús entra en Jerusalén y muestra otra faceta de Su gloria: Su santidad. El mismo que llena, también limpia. En el templo encontramos no solo Su poder, sino Su celo santo. Este es el primer registro de la purificación del templo en Juan (otra ocurre más tarde en los sinópticos, probablemente distinta). Sucede en la primera Pascua de Su ministerio, lo que resalta el contraste entre el sistema religioso corrompido y la presencia del verdadero Templo: Cristo mismo.
Esto no es solamente una limpieza física, por lo que estaba sucediendo en el templo, sino que apuntaba a que Él es el verdadero lugar de encuentro entre Dios y el hombre. Y aquí viene la palabra «señal», que mencionaba anteriormente, y que nota la evolución de los hechos; Juan tiene cuidado de aclararnos que: Jesús tomó el tiempo para hacer un azote de cuerdas. No fue un arrebato impulsivo, sino un acto deliberado de justicia santa. Su celo no brota del enojo humano, sino del amor que no tolera la corrupción en lo sagrado. Este era un celo santo, porque habían convertido el templo en un mercado: «El celo por Tu casa me consumirá» (v. 17, Sal. 69:9).
El mismo celo que consumía a Jesús debe movernos a nosotras: somos ahora Su templo. Él desea purificar nuestro corazón de toda distracción que reemplace la adoración (1 Co. 6:19–20). Jesús santifica lo que está contaminado; la santidad de Cristo no tolera una fe superficial.
Al ver esto, los judíos le preguntaron prácticamente cuál señal podía mostrar que avalara Su accionar. Esa pregunta revela que ellos sabían exactamente que Jesús tenía razón en hacer lo que hizo, pero ellos necesitaban mantener su posición ante los demás. Lo que Cristo hizo era una señal en sí misma de Su autoridad. Nadie se atrevió a detenerlo, pero ellos querían cambiar la narrativa y desvirtuar la situación.
La respuesta de Cristo los dejó más airados. Les habló de la señal de Su propia muerte y resurrección; pero ellos una vez más no entendieron y pensaron en lo que solo podían ver con sus ojos naturales. La Luz todavía no los había alumbrado y no reconocieron que esa Luz estaba entre ellos.
Algo interesante que se nos dice al final de este capítulo es que Sus discípulos se acordaron de esto cuando Él resucitó de los muertos, y creyeron la Escritura y a las palabras de Jesús; no antes, sino cuando sucedió. Muchas veces somos como ellos, queremos ver primero, queremos seguridades, pruebas tangibles; pero así no es como funciona la fe.
Luego Juan nos dice que en la fiesta de la Pascua muchos creyeron al ver las señales, pero Jesús no se confiaba de ellos porque conocía sus corazones. Hoy, el llamado de Cristo sigue siendo el mismo: una fe genuina, no superficial. A Jesús no lo deslumbraban las multitudes, porque Él conoce lo profundo del corazón. Ellos solo lo seguían por lo superficial, la moda; Jesús buscaba un tipo de compromiso real, genuino, dispuesto a todo.
Y ese es el mismo compromiso que Él busca hoy día, no un cristianismo light, diluido por las corrientes del mundo; no un cristianismo cómodo, sino uno que nos lleva a negarnos a nosotras mismas, reconocer nuestra necesidad de Él y seguirlo. Él no busca multitudes curiosas, sino discípulas rendidas. Que nuestro seguimiento no dependa de lo visible, sino del amor a Aquel que nos transforma y nos limpia.
Amada, Jesús sigue transformando vasijas vacías en instrumentos llenos de Su gloria. Deja que hoy llene tu corazón con Su vino nuevo y limpie tu vida como Su templo santo. Él no busca perfección, sino disposición.
Para meditar:
- ¿En qué áreas de tu vida necesitas que Jesús transforme el «agua» de tus esfuerzos humanos en el «vino» de Su gracia y plenitud?
- ¿Permites que Cristo purifique tu corazón, Su templo, de todo aquello que ha reemplazado la adoración genuina por hábitos o rutinas vacías?
- ¿Tu fe está basada en ver señales o en confiar en el carácter y las palabras de Jesús, aun cuando no entiendes todo lo que Él está haciendo?
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