Día 3 | Salmo 1 y 2
Introducción al libro de los Salmos
Los Salmos son un tesoro dentro de las Escrituras, una colección de cánticos, oraciones y clamores que nacen de corazones que buscan a Dios. Compuestos por diversos autores —principalmente David, pero también Asaf, los hijos de Coré, Moisés y otros— este libro refleja las alturas de la adoración y las profundidades del quebranto humano, todo delante del rostro de un Dios santo y misericordioso.
Pero más allá de su riqueza emocional y poética, los Salmos son parte de la literatura sapiencial de la Biblia. Nancy DeMoss nos recuerda que la sabiduría, en las Escrituras, no es simplemente sentido común o reglas de vida práctica, es la expresión del carácter de Dios. Y si Cristo es la sabiduría de Dios (1 Co. 1:30), entonces toda sabiduría verdadera apunta hacia Él. Es por eso que los salmos, aunque escritos siglos antes de Su venida, …
Introducción al libro de los Salmos
Los Salmos son un tesoro dentro de las Escrituras, una colección de cánticos, oraciones y clamores que nacen de corazones que buscan a Dios. Compuestos por diversos autores —principalmente David, pero también Asaf, los hijos de Coré, Moisés y otros— este libro refleja las alturas de la adoración y las profundidades del quebranto humano, todo delante del rostro de un Dios santo y misericordioso.
Pero más allá de su riqueza emocional y poética, los Salmos son parte de la literatura sapiencial de la Biblia. Nancy DeMoss nos recuerda que la sabiduría, en las Escrituras, no es simplemente sentido común o reglas de vida práctica, es la expresión del carácter de Dios. Y si Cristo es la sabiduría de Dios (1 Co. 1:30), entonces toda sabiduría verdadera apunta hacia Él. Es por eso que los salmos, aunque escritos siglos antes de Su venida, están llenos de Cristo: de Su gloria, sufrimiento, reinado y justicia.
Cada salmo, de alguna forma, nos enseña a vivir con el corazón orientado hacia Dios. Nos forma, nos confronta y nos consuela. Y al leerlos con los ojos puestos en Jesús, descubrimos que no son solo expresiones humanas hacia el cielo, sino palabras inspiradas por el Espíritu que nos revelan al Salvador y nos moldean a Su imagen.
Los primeros dos capítulos que abren el libro no son un simple preámbulo que forman la puerta de entrada a todo el libro de los Salmos marcando el camino de quienes son bienaventurados, aquellos que caminan con Dios, sino que son la puerta de entrada a la verdadera sabiduría.
En el capítulo 1 se establece una clara antítesis entre dos estilos de vida —el justo y el impío— y se describe con claridad lo que Dios bendice y lo que Él desecha. El texto también nos invita a detenernos en la dirección que toma nuestro corazón; pero, por encima de todo, este salmo nos ofrece un retrato magnífico del Hombre bienaventurado por excelencia: Cristo.
Veamos lo que dicen los primeros versículos: «¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, sino que en la ley del Señor está su deleite, y en Su ley medita de día y de noche».
Me impresiona el diseño intencional del versículo 1. Hay una progresión sutil pero poderosa: andar, detenerse, sentarse. Tres verbos que describen una caída lenta hacia la complacencia con el pecado. Al mismo tiempo, hay tres escenarios: el consejo, el camino y la silla. Y tres tipos de personas: impíos, pecadores y burladores. Este paralelismo no es aleatorio, describe el proceso por el cual una persona se desvía del temor de Dios hacia la familiaridad con el pecado. Y lo hace de forma cada vez más permanente: primero camina cerca del mal, luego se detiene a observar y finalmente toma asiento en su compañía.
Este patrón —tres cosas que el justo evita, y una que abraza con gozo— nos lleva a un llamado más alto: el del deleite. El salmo no se queda en lo que evitamos, sino que resalta lo que amamos. El hombre bienaventurado no solo huye del mal; se aferra al bien, y ese bien es la Palabra de Dios. No se trata de una obligación, sino de un deleite —una alegría profunda en conocer el corazón de Dios a través de Su verdad.
El verbo deleitarse no habla de un deber ni de una rutina seca, sino de un anhelo genuino por el consejo del Señor. Y ese deleite se traduce en meditación constante: de día y de noche; no como un estudio académico, sino como una masticación espiritual que transforma el alma. Como decía Spurgeon: «El alimento espiritual debe ser digerido, y eso toma tiempo».
Podemos ver que la progresión contrasta al impío que se sienta con los burladores, cuando el justo medita en la ley de Dios; el burlador se ríe de Dios, pero el justo se goza en Sus caminos. Es interesante que en el Salmo 2:4, Dios se burla de los que se oponen a Él. Mientras los burladores se sientan con esa actitud arrogante, Dios se sienta en Su trono y se ríe en justicia. En otras palabras, el Salmo 1 y 2 nos dicen: tú puedes sentarte con los impíos o puedes seguir al Rey.
Y si hay alguien que cumplió este salmo a la perfección, es Cristo. Él no anduvo, ni se detuvo, ni se sentó en el pecado. Se deleitó plenamente en la ley del Señor y la cumplió en cada pensamiento, palabra y obra. Y ahora, por la fe, Su obediencia es nuestra. Por eso, al leer este salmo, no solo veo un llamado, sino una invitación a buscar a Cristo en Su Palabra, a amar lo que Él ama, y a rechazar lo que Él aborrece.
La integridad que fluye del deleite
Dios ama la integridad. Y a lo largo de nuestra vida cristiana, somos puestas a prueba en este aspecto, ya sea en lo público o en lo íntimo. La verdadera integridad no nace del autocontrol, sino del deleite. Ser íntegras no es simplemente evitar el mal, sino desear profundamente lo que es bueno y verdadero. Como dice el versículo 2, ese río de integridad fluye del deleite en la Palabra.
Las consecuencias de ignorar ese consejo son claras. El orgulloso, el que se apoya en su propia opinión y se cierra a la instrucción divina, terminará como la paja que se lleva el viento; pero quien se alimenta de la Palabra, como un árbol bien plantado, permanecerá firme y fructífero.
Por su parte, el Salmo 2 no es independiente del Salmo 1; es su continuación natural. Si el Salmo 1 presenta el camino del justo y del impío a nivel personal, el Salmo 2 lo expone a nivel nacional y cósmico; los gobernantes y pueblos enteros adoptan esa misma actitud rebelde: se levantan, conspiran y se burlan de Dios y de Su Ungido.
De hecho, este salmo suena como una descripción aterradoramente cierta de nuestro mundo hoy en día. Las naciones están en guerra y sumidas en banalidades, tratando de olvidarse de Dios y sacarlo de sus vidas y sus leyes... «¡Rompamos Sus cadenas y echemos de nosotros Sus cuerdas!», dice el versículo 3.
Naciones en guerra, gobiernos endurecidos, culturas que llaman al bien mal, y al mal bien. Todo refleja el espíritu del impío del Salmo 1: necedad, burla, rechazo de la Palabra de Dios. La humanidad quiere liberarse de la autoridad divina, el mundo clama autonomía: «¡Qué Dios no interfiera con nuestras leyes, nuestras agendas, nuestras vidas!».
Y, sin embargo, Dios no ha perdido el control. Él ciertamente responde ante el orgullo y la necedad del hombre en ser sabio en su propia opinión, y todo lo que hace por seguir su propio deseo. En los versículos 4 al 5 dice que «El que se sienta como Rey en los cielos se ríe, el Señor se burla de ellos. Luego les hablará en Su ira. . .».
Él se ríe. No con burla vacía, sino con justicia y majestad. Se sienta como Rey, pues hay solo un trono legítimo, y ese no es el de los hombres.
¿Cuántas veces hemos asumido una actitud de orgullo y sabiduría propia? ¿Cuántas veces hemos quitado a Dios del trono de nuestros corazones para cumplir nuestra voluntad y deseos?
Pidámosle a Dios que nos traiga convicción de pecado y pongámoslo en el lugar que solo a Él le corresponde. Porque cuando vivimos rendidas al Señor en cada área de nuestras vidas, reconociendo Su señorío y viviendo bajo Su autoridad, Dios derrama Su bendición sobre nosotras y Su corazón se alegra. Él nos da una esperanza para los justos (que hemos sido justificados por Cristo): Él está en Su trono y volverá un día a reinar poniendo todo en orden. «¡Cuán bienaventurados son todos los que en Él se refugian!».
Este salmo culmina con esta gran promesa: en medio de un mundo rebelde, la esperanza de los justos está en el Rey que Dios ha establecido. David anticipa aquí el reinado de Cristo, el Hijo al que se le han dado las naciones como herencia. Él vendrá, juzgará con justicia, y establecerá Su trono para siempre.
Nuestro Dios es un Dios de infinita misericordia que cada día nos llama a dejarnos enseñar y guiar por Él, y a no ser los reyes de nuestras vidas, ni a confiar en nuestra propia sabiduría, porque de esa manera solo acarreamos destrucción para nosotras mismas.
Amada hermana, el Salmo 2 no solo denuncia la rebelión de las naciones, también nos confronta a nosotras:
- ¿Cuántas veces hemos actuado con orgullo, viviendo como si Dios no existiera?
- ¿Cuántas veces hemos intentado gobernar nuestras vidas según nuestra propia sabiduría?
- ¿Cuántas veces hemos quitado a Dios del trono de nuestro corazón para colocar nuestros deseos?
Necesitamos pedirle al Señor que nos traiga convicción de pecado y que vuelva a ocupar el lugar que solo a Él le corresponde, porque cuando lo reconocemos como Rey y vivimos rendidas a Su voluntad, Él derrama Su bendición sobre nosotras.
Hoy tú puedes huir hacia Él, no de Él. Puedes encontrar en Cristo no solo salvación, sino refugio, descanso y dirección.
Para meditar:
- ¿Dónde estoy caminando, sentándome y deleitándome hoy?
- ¿Me siento con el mundo o sigo al Rey?
- ¿Estoy buscando el consejo de la cultura o el consejo del Señor?
- ¿Estoy rindiendo cada área de mi corazón a Su autoridad o he tomado el lugar de Dios en mi vida?
- ¿Estoy viviendo con temor reverente ante el Hijo o con una independencia peligrosa?
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