Él calma el mar de tu ansiedad

Enciendo una vela aromática y pongo el frasco cuidadosamente en la mesa de madera para no hacer ruido.

Pongo una manta en el piso. Saco mi Biblia del estante. Me pongo de rodillas. Respiro suavemente.  Respiro aliviada; ese tipo de alivio que sientes después de llorar.

Me siento en silencio.

Pero cada momento perfora mis oídos con agudez. Hasta mi mano que se mueve por la página de la libreta pareciera que gritara en una habitación con eco.

La vibración del teléfono hace que mi estómago se sacuda. Quiero tirarlo al otro lado de la habitación.

Cada sonido, quehacer o interacción se siente abrasivo, espantoso y totalmente abrumador.

Cierro mis ojos y respiro. Respiro y oro pidiéndole a Dios que me libere otra vez de la ansiedad. La ansiedad que me tenía en posición fetal en el suelo del pasillo hace unos minutos... donde grandes lágrimas se deslizaban por mi cara y caían en mi chaqueta y en la alfombra, donde tenía que forzar mi cuerpo a tomar oxígeno entre sollozos.

Había estado respondiendo de una manera extraña e intensa a la mayoría de los correos normales y quehaceres diarios. Tareas diarias que casi me estrangulaban.

Entraba en pánico. Cada sonido y mensaje se sentía como un ataque, una bomba atómica de mi mente y mi corazón. Corre y escóndete. No puedo hacer esto. El ruido, las peticiones, las fechas límites.

Todo gritaba, rugía... Así que me derrumbe. Me derrumbé y lloré, temblaba y oraba. Después yacía en silencio, dejé que la calma repentina me envolviera como una manta. Jesús me saca del espiral irracional y empieza a calmar mi corazón agitado.

Aquieta mi alma, Jesús.

  • Tal vez son las fechas límites del trabajo para ti.
  • Tal vez sea ese examen mañana.
  • O tu temor de que nunca te vas a casar.
  • O la preocupación de que el conflicto con tus padres no mejorará.
  • Tal vez te pasa cuando ves noticias y ves lo peligroso que es el mundo.

Me levanto lentamente.

Apago todo lo que haga ruido o vibre y abro mi Biblia en el Salmo 28.

Bendito sea el Señor, porque ha oído la voz de mis súplicas.

Él escucha

El Dios que hace que el mundo se mueva, Aquel que sostiene los océanos en sus manos también abre Sus oídos (Isa. 40:12)… y te escucha. Es el oyente más bondadoso, que tiene ríos de compasión para derramar sobre nosotros. (Salmo 103:13)

Por lo tanto, el Señor espera para tener piedad de vosotros, y por eso se levantará para tener compasión de vosotros. Porque el Señor es un Dios de justicia; ¡cuán bienaventurados son los que en Él esperan! (Isa. 30:18)

Y Él está listo para escuchar las cosas difíciles.

El sonido de nuestras peticiones

Dolor. Suplicando. Dolor profundo. Desesperación. Las palabras que apenas podemos decir entre jadeos de aire.

Tu has tomado en cuenta mi vida errante; pon mis lágrimas en tu redoma; ¿Acaso no está en tu libro? (Salmos 56:8)

Jesús, es todo lo que puedo susurrar, sabiendo sin duda alguna que mi débil petición es escuchada.

Saber que Él ve toda la turbulencia en mi alma, todas las preocupaciones, las mentiras, escenarios sin esperanza que son situaciones de «¿qué pasaría?» sin fe.

Él conoce mis anhelos insatisfechos que tuercen mi estómago y forman nudos cuando trato de reconciliar la desilusión y aferrarme a la esperanza firme en su bondad.

Él me ve agregando más peso a mi carga pesada, peso que yo no debería cargar, porque Él me ha dicho que se las entregue a Él.

Echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros. (1 Pedro 5:18)

Él ve que mi mandíbula se aprieta, que los músculos de mi espalda se tensionan y mi ritmo cardíaco aumenta mientras trato de manejar sola las emociones y circunstancias.

Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera. (Mateo 11:28)

Él se da cuenta cuando he dejado que mi ansiedad me domine. Pero Él me invita a ver y a creer que Él es mi fortaleza y mi escudo. Gracias a quien Él es, puedo arrojar cada pizca de confianza en Él. Con total abandono. Y mi corazón recibirá ayuda.

El Señor es mi fuerza y mi escudo; en Él confía mi corazón, y soy socorrido; por tanto mi corazón se regocija, y le daré gracias con mi cántico. (Salmo 28:7)

Mi corazón necesita ayuda

Sé que cuando la ansiedad amenaza con atraparme en sus estragulantes cadenas.

Necesito ayuda, lo admito como señal de rendición.

Y Él la da. Él entra en escena y sostiene su escudo frente al diluvio. Él escuchó mi llanto. Y me envuelve con el regalo del silencio. Una calma dulce que me invita a descansar en Su cercanía.

Al de firme propósito guardarás en perfecta paz, porque en ti confía. (Isa. 26:3)

Mi corazón estaba inquieto, se ahogaba, y se volvía rebelde. Él calmó las aguas agitadas. Paz, cálmate.  Mi corazón escucha. (Lee Marcos 4:35-41)

No significa que todo se arregló. Las listas con cosas que hacer no se han borrado; más correos han llegado al buzón, mensajes esperan ser respondidos; los problemas no desaparecerán.

Pero doy gracias, porque no importa que tan desesperadas, desagradables y tenebrosas sean mis súplicas, Él escuchara. Él ayudará. Él silenciara el mar feroz.

Si entiendes bien los efectos paralizantes de la ansiedad, te invito a respirar profundo, ponte cómod. Pídele a Dios que obre en tu mente y corazón acelerado. Él está contigo y conmigo, y Él nos puede liberar.

Cuando tu corazón es atacado por la ansiedad, ¿cómo te ha ayudado Dios para que veas su verdad? Tengamos una conversación de ánimo en los comentarios.

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Sobre el autor

Samantha Nieves

Samantha Nieves

Samantha es una periodista que ama la gramática, los días de descanso en el lago, el té verde frío, y escribir sobre su Salvador. Amaba su vida en un pequeño pueblo en el norte de Indiana, pero ahora está encantada con sus nuevas aventuras en Carolina del Sur con su nuevo esposo. Su objetivo en la vida: ayudar a las mujeres a que prosperan en Cristo y la libertad que solo se encuentra en Él. (especialmente a las adolescentes!).

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