La respuesta a todos los problemas: el evangelio

La respuesta a todos los problemas. ¿No es esto lo que todo el mundo busca? ¡Por supuesto que todos queremos una solución para cada uno de nuestros problemas! No creo que quisiéramos pasar por alto la oportunidad de tener la respuesta que puede liberarnos de todo lo que nos aflige, ¿o sí? Y es que, a decir verdad, hay etapas donde pareciera que nadamos en un mar de problemas; día a día, y de una u otra forma enfrentamos dificultades, malos entendidos, relaciones rotas, amistades fracturadas o heridas por ser vendadas. Y qué decir de aquellas veces que no damos la talla, que no logramos ser más responsables en nuestras actividades diarias, o que no alcanzamos la excelencia en todo lo que hacemos. Todas estas cosas son parte de la interminable lista de nuestros problemas.

Como hijas de Dios, si somos realmente honestas, podemos darnos cuenta de que la raíz de nuestras dificultades y aflicciones y de todos los problemas con los que tenemos que lidiar, es el pecado. Y aunque es el mundo alejado de Dios el que vive cegado a esta realidad, tal pareciera que en muchas ocasiones nosotras también vivimos ignorando la realidad de que el pecado es nuestro mayor problema. Por otra parte, también nos comportamos como si nuestra aceptación delante de Dios dependiera de nuestra piedad y justicia propia. Tristemente negamos así el suficiente sacrificio de nuestro Salvador.

Cuando leemos sobre la vida de Job, nos damos cuenta de que atravesó las dificultades más grandes que muchas de nosotras jamás experimentaremos en esta vida. Él perdió todo su ganado, a todos sus criados y a todos sus hijos en un solo día, ¡todo se esfumó en un instante! Después enfermó grave y dolorosamente de sarna maligna (Job 1 y 2). Además, a pesar de tantos sucesos desalentadores, en lugar de ser consolado por sus amigos, ¡ellos lo juzgaron y acusaron de gran maldad!

En medio de todo esto, encontramos a Job preguntando la interrogante más profunda que podamos imaginarnos: ¿Cómo puede un hombre ser justo delante de Dios? (Job 9:2; 25:4). Por supuesto que Job lamentó sus pérdidas, pero pudo reconocer que su mayor problema era su pecado. Él comprendió su necesidad de ser justo para con Dios, algo que no podía lograr por sus propios esfuerzos.

Y, ¿por qué necesitamos ser justas? Porque Dios es santo (1 Pedro 1:16; Is. 6:3) y nosotras no (Ro. 3:10). Y porque si Dios nos da lo que merecemos, pereceremos en el infierno (Ro. 6:23). Al Dios ejercer Su justicia, lo cual ciertamente hará, pereceremos delante de Él. Pues, ¿cómo puede el hombre ser justo delante de un Dios tan Santo?

El evangelio es la respuesta

El ser humano es pecador por naturaleza y por elección (Ro. 3:10, 23; 5:12); se ha rebelado en contra de Dios y merece el castigo eterno (Mt. 25:46). Porque Dios es Santo y no tolera el pecado, castigará toda injusticia (Ro. 1:32), y si no fuera por el Mediador que vino a nacer y caminar en esta tierra (Juan 1:9-12) para después morir por nosotras, no habría esperanza para ninguna de nosotras. Pero por ese «gran amor con que nos amó», el Dios del universo se hizo hombre para llevarnos al Padre, el Justo por los injustos (Efesios 2:4; 1 Pedro 3:18). ¡Ahora Su justicia nos puede ser dada!

La justicia de Cristo se refiere a Su perfección en vida y muerte. No es una justicia terrenal, como la justicia que el mundo desea. Porque, ¿no es cierto que desde pequeñas aprendemos a decir: ¡no es justo!? El hombre sin lugar a dudas necesita justicia y es lo que su corazón pide desde lo más profundo de su ser, pero no se da cuenta que la justicia que más anhela solo se encuentra en Jesús.

Jesucristo, el intachable que no tiene mancha ni falta alguna; el Hijo de Dios, quien vivió la vida que nosotras jamás podremos vivir y murió la muerte que nosotras merecíamos, es quien puede presentarnos con limpia conciencia delante de Dios. Porque aun cuando nosotras hubiéramos muerto, no podríamos pagar por nuestros pecados para darnos la justicia que necesitamos.

Romanos 3:21-28 nos dice:

«Pero ahora, aparte de la ley, la justicia de Dios ha sido manifestada, confirmada por la ley y los profetas. Esta justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo es para todos los que creen. Porque no hay distinción, por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios. Todos son justificados gratuitamente por Su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por Su sangre a través de la fe, como demostración de Su justicia, porque en Su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, para demostrar en este tiempo Su justicia, a fin de que Él sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús. ¿Dónde está, pues, la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿La de las obras? No, sino por la ley de la fe. Porque concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley».

La justicia de Dios nos es dada mediante la fe en Cristo Jesús quien dio su vida por nosotras. Por Cristo, y Su perfecta vida y muerte, no sólo somos presentadas justas delante del Padre, sino que la vida de Cristo se nos es acreditada. Esto es, Su vida se nos cuenta a nuestro favor. ¡Oh maravilla de maravillas, la vida y muerte del Salvador nos es contada a nuestro favor!

Amadas, si hemos sido perdonadas y lavadas en la sangre del Cordero, vivamos conforme a la realidad de que es Cristo en nosotras la esperanza de gloria (Col. 1: 27), y que la vida que ahora vivimos es la vida de Cristo (Gal 2:20).

Es mi oración que, a medida que meditamos en la verdad de la vida y muerte de nuestro Salvador, podamos atesorar en lo más profundo de nuestro corazón lo que significa que nuestro pecado ya ha sido perdonado por Su maravillosa gracia. La respuesta a todos nuestros problemas resumidos en nuestro pecado se encuentra únicamente en la perfecta justicia de nuestro Salvador.

Hoy te invito a alabar y agradecer a nuestro Dios por todo lo que ha hecho por nosotras y en nosotras. Y si aún no has creído en Jesús como tu Salvador y no has recibido Su justicia por la fe, ¡hoy es el día de salvación! ¡Ven a Él! 

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Sobre el autor

Vania Verboonen

Vania Verboonen

Vania es originaria de Tlaxcala, México, pero actualmente reside en California, donde está próxima a graduarse en Estudios Teológicos en la Universidad The Masters.

Su más grande pasión es compartir el evangelio y ayudar a los creyentes a equiparse para compartir su fe, así como enseñar a otros las verdades de la Escritura. 

Le gusta pintar al óleo, leer y escribir. Disfruta también de un buen café y pláticas acerca de la vida y de las luchas del día a día por ver los destellos de la gracia de Dios en medio de las circunstancias difíciles.

Su deseo más grande es vivir disfrutando la suficiencia del Salvador y animar a otros a buscar disfrutar de la misma. 

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