Escritora invitada: Jocelyn Morás

Durante años fui fan de las pestañas larguísimas, cargadas con muchísimo rímel. Pero hace poco me apareció en el feed una publicación sobre las ghost lashes: resulta que ahora la tendencia es llevar las pestañas casi sin pintar, mucho más naturales.

Es increíble cómo, en un parpadeo, la tendencia pasó de «más es más» a «casi nada». Pero detengámonos a pensar: ¿por qué dejamos que la moda cambie las reglas de lo que es bello?

Hoy el cuidado personal vive un verdadero boom. Ya no hablamos solo de lavarnos la cara y usar protector solar. En redes encontramos rutinas de diez pasos, ingredientes activos, tratamientos dermatológicos, bótox, fillers y procedimientos para corregir imperfecciones que, si no fuera porque el algoritmo nos las señala, ¡ni siquiera las hubiéramos notado!

Pero si Dios es nuestro Creador, la cultura no tiene la última palabra sobre lo que hace valiosa a una mujer. Tampoco la tiene el espejo, el algoritmo o los likes. Dios ha hablado, y lo verdadero, lo bueno y lo bello encuentran su fundamento en Él.

Nuestro anhelo de belleza no es un accidente ni es algo malo en sí mismo. Dios creó un mundo hermoso y nos hizo capaces de reconocer y disfrutar la belleza. Sin embargo, desde la caída en el Edén, ese deseo se torció. El resultado de esa rebelión lo vemos incluso en la moda que siempre promete ayudarnos a expresar quiénes somos, pero muy pronto se revela su engaño y empieza a exigirnos cómo debemos vernos. Lo que ayer era perfecto hoy es excesivo; lo que hoy parece natural, mañana parecerá descuidado. El estándar cambia, pero la presión permanece. 

Lo cierto es que Dios es quien define la belleza verdaderamente valiosa, Su estándar no cambia con las épocas ni con las tendencias. Proverbios 31 describe a una mujer fuerte, sabia, generosa y trabajadora. Habla de sus palabras, sus decisiones, sus obras y su temor del Señor; no del aspecto de su rostro. El pasaje concluye: «Engañosa es la gracia y vana la belleza, pero la mujer que teme al Señor, esa será alabada» (Prov. 31:30). La Biblia no niega que exista la belleza física; nos recuerda que es limitada, pasajera y nunca puede cargar con el peso de definir nuestro valor.

Pedro tampoco nos llama a despreciar nuestra apariencia, sino a no hacer de ella el centro de nuestra belleza. Dirige nuestra atención al «adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno», que es precioso delante de Dios (1 Pe. 3:4).

Esto no significa que esté mal peinarnos, maquillarnos o cuidar nuestra piel. Pero nada de esto es un medidor espiritual: maquillarnos no nos hace más valiosas ni superiores a otras chicas, y no maquillarnos tampoco nos hace más santas. En ambos casos necesitamos sabiduría, motivos honestos y expectativas realistas.

Dios nos creó como seres físicos, y nuestros cuerpos también le pertenecen. Cuidarlos con gratitud forma parte de administrar lo que Él nos ha dado. Dormir bien, comer sanamente, mantener una buena higiene y proteger nuestra piel pueden ser actos de buena mayordomía. 

Tal vez esto te entristezca un poco, a mí me costó un tiempo asimilarlo, pero la realidad es que todas perderemos la carrera contra el envejecimiento. Tendremos cambios, marcas e imperfecciones porque vivimos en un mundo caído con cuerpos sujetos a corrupción. Eso no significa que escogimos mal nuestro skincare; significa que somos criaturas finitas y no nuestras propias creadoras.

Sin embargo, ¡esa no es toda la historia! Nuestra esperanza no consiste en conservar para siempre el rostro de los diecinueve años, sino en que Cristo nos resucitará con cuerpos incorruptibles. ¡No esperemos de un skincare lo que solo nuestro Salvador puede hacer! 

Preguntémonos con honestidad: ¿puedo cuidarme con libertad, agradecer el cuerpo que recibí y aceptar con humildad sus límites? ¿O estoy esclavizada por rutinas y modas que nunca darán lo que prometen?

No todo lo que asegura hacernos más bellas merece nuestro tiempo, dinero y atención. El cuidado personal puede ser una buena inversión, pero definitivamente no es la mejor inversión. La verdad es que la mejor preparación para enfrentar el paso del tiempo no es una rutina coreana de diez pasos, sino un corazón transformado por la Palabra que aprende a temer a Dios, arrepentirse, servir, amar y descansar en Cristo. 

Así que podemos usar rímel si nos gusta o probar las ghost lashes, pero tomar cada decisión con sabiduría. Recuerda que fuimos creadas para cumplir propósitos eternos, no para perseguir modas pasajeras. Existe una belleza infinitamente más importante en la cual invertir: una que no caduca cuando cambia la moda ni desaparece cuando termina la juventud. 

Por eso, cultivemos una belleza que no encuentre su valor en ser admirada, sino en reflejar cada vez más el carácter de Cristo.

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