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Me cuesta perdonar a las personas que me han hecho daño. ¿Puedes ayudarme?

R: Vivimos en un mundo roto, así que las heridas son inevitables. Habrá personas que te lastimen y, en algún momento, tú también lastimarás a otras. Eso significa que a lo largo de tu vida tendrás muchas oportunidades para perdonar y también para pedir perdón.

Pero seamos claras: hay heridas que duelen tanto que perdonar puede parecer imposible.

Muchas personas conocen de cerca el daño que producen el resentimiento y la falta de perdón. Puede suceder en la familia, entre amigas, en una relación de noviazgo, en la universidad, en las redes sociales e incluso dentro de la iglesia. Tal vez alguien traicionó tu confianza, habló de ti, te abandonó cuando más lo necesitabas o utilizó su autoridad para hacerte daño.

Cuando no perdonamos, el resentimiento termina convirtiéndose en amargura. Y aunque la amargura sea común, no significa que deba tener un lugar en la vida de alguien que sigue a Cristo. La amargura va endureciendo nuestro corazón y nos impide disfrutar y reflejar la gracia que Dios nos ha mostrado.

En Mateo 6:15, Jesús advierte: «Pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre les perdonará a ustedes sus transgresiones».

Jesús no está enseñando que ganamos el perdón de Dios perdonando a otros. Está mostrando que haber recibido Su gracia produce en nosotras una disposición a extenderla. Una negativa persistente a perdonar debe llevarnos a examinar si realmente hemos comprendido el evangelio.

¿Cómo puedes saber si la amargura está comenzando a ocupar espacio en tu corazón? Piensa si te identificas con alguna de estas afirmaciones:

  • Vuelvo una y otra vez en mi mente a lo que pasó y a cómo me lastimaron.
  • Cuando pienso en esa persona o situación, todavía siento enojo.
  • Hago todo lo posible por no pensar en la persona o situación que me causó tanto dolor.
  • En secreto, quisiera que esa persona pagara por lo que me hizo.
  • En el fondo, no me molestaría que algo malo le sucediera a quien me lastimó.
  • Suelo contarles a otras personas una y otra vez cómo me lastimó.
  • Muchas de mis conversaciones terminan girando alrededor de lo que pasó.
  • Cuando alguien menciona su nombre, me resulta mucho más fácil decir algo negativo que algo positivo sobre esa persona.

Si al leer esta lista reconoces resentimiento o amargura en tu corazón, no es algo que debas ignorar. Hay una obra importante que Dios quiere hacer en ti, como señala Nancy en su libro Escoge perdonar.

La mayoría sabemos por experiencia que cuando dejamos que el pecado encuentre un lugar cómodo en nuestro corazón, no se queda ahí. Si no lo confesamos ni nos arrepentimos, poco a poco comienza a afectar otras áreas: nuestras emociones, nuestra manera de reaccionar, nuestras relaciones e incluso nuestra forma de ver la vida.

Con la falta de perdón pasa lo mismo. Cuando no enfrentamos nuestras heridas a la manera de Dios y dejamos crecer el resentimiento, la amargura comienza a extenderse como una infección. Con el tiempo, podemos terminar viendo todo a través del filtro de nuestro dolor: lo que hacen los demás, lo que dicen y hasta lo que nos sucede.

¿Cuál es mi motivación?

Perdonar de verdad no es algo que puedas lograr simplemente echándole más ganas. Necesitas la gracia de Dios. Necesitas que Él te dé el poder, la capacidad e incluso el deseo de hacer lo correcto.

El perdón tampoco es un sentimiento; es una decisión, un acto de nuestra voluntad. El perdón no depende de que desaparezca el dolor. Comienza con una decisión de obedecer a Dios y entregar en Sus manos nuestro deseo de cobrar la deuda. Si esperamos hasta tener ganas de perdonar, quizá nunca lo hagamos. No tenemos que esperar a que nuestras emociones cambien para obedecer a Dios.

Dios nos llama a perdonar, sin importar cómo nos sintamos o lo que nos hayan hecho.

«Y cuando estén orando, perdonen si tienen algo contra alguien, para que también su Padre que está en los cielos les perdone a ustedes sus transgresiones» (Mc. 11:25).

La Biblia también nos recuerda que el perdón no depende de lo que nosotras consideremos justo. No perdonamos porque la otra persona ya se arrepintió, porque se ganó nuestro perdón o porque tenemos la seguridad de que nunca volverá a lastimarnos. Perdonamos porque Dios nos ha perdonado.

«Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo» (Ef. 4:32).

El perdón de Dios es tan radical que Él envió voluntariamente a Su Hijo Jesús para dar Su vida para que tú pudieras ser perdonada. Salmo 103:12 dice: «Como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones».

Dios no nos trata como nuestros pecados merecen. Él nos perdona y nos muestra misericordia y bondad. Su misericordia es infinita, incondicional, completa e inmerecida. Y Él llama a Sus hijos a tratar a los demás de esa misma manera.

Piensa en el perdón como presionar la tecla de borrar una deuda. Perdonar no significa negar lo que sucedió, minimizar el dolor ni justificar el pecado. Puedes perdonar y, al mismo tiempo, establecer límites sabios. Si sufriste abuso, violencia, acoso o algún delito, buscar ayuda y acudir a las autoridades correspondientes no contradice el perdón. Dios ha establecido autoridades para restringir el mal y hacer justicia. Perdonar significa renunciar a la venganza personal y confiarle a Dios el juicio; no significa impedir que existan consecuencias.

Y cuando respondemos de la manera en que Dios nos llama a hacerlo, Él puede hacer cosas que parecen imposibles.

Nancy escribe:

«He visto a Dios hacer lo increíble cuando Sus hijos han estado dispuestos no solo a perdonar a quienes los han ofendido, sino también a dar un paso más y devolver bien por mal […].

A menudo aconsejo a las mujeres: “Aunque te cueste creerlo, si se lo permites, ¡Dios realmente puede llenar tu corazón de un profundo amor y compasión por esa persona a la que has odiado durante años!”. Y he visto a Dios hacer precisamente eso.

Sí, es un milagro de la gracia de Dios. Es un milagro que tú también puedes experimentar, no solo una vez, sino una y otra vez, a medida que cultivas un corazón perdonador: perdonando a los demás como Él te ha perdonado a ti».

Busca respuestas en la Palabra de Dios

  • Mateo 6:14

  • Lucas 6:37
  • Marcos 11:25
  • Colosenses 3:13

Preguntas

  • ¿Por qué es importante perdonar a los demás?
  • Piensa en cómo Dios te ha perdonado. ¿Cómo cambia eso la manera en que ves a quienes te han lastimado?
  • ¿Hay alguien a quien necesitas perdonar?
  • ¿Hay alguien a quien necesitas pedirle perdón?

¿Quieres recordar estas verdades durante la semana? Descarga la tarjeta con las preguntas y respuestas. Puedes imprimirla o guardarla en tu teléfono para volver a ella cuando lo necesites.

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