Ansiedad que no te deja dormir.
Pensamientos que no se apagan aunque apagues el celular.
Medicamentos, pastillas para dormir, café para aguantar el día...
Un cuerpo cansado y un corazón sobrecargado.
Tal vez nadie lo nota. Tal vez sigues yendo a la iglesia, sirviendo, sonriendo, pero por dentro te sientes agotada, inquieta, sin paz. Déjame preguntarte algo: ¿y si lo que estás viviendo no es solo cansancio mental, sino un asunto del corazón?
Como cristianas no estamos exentas del dolor, la angustia ni las lágrimas. Dios no espera que seamos robots sin emociones. Pero sí nos advierte algo; cuando la ansiedad se vuelve un patrón de vida, algo más profundo está pasando. Poco a poco comenzamos a vivir como si Dios estuviera lejos... aunque Él nunca se haya ido.
Desde el principio, Dios dejó claro que Su deseo siempre ha sido estar cerca de Su pueblo. Aun después de la caída, no nos abandonó. Hizo pactos, habitó en medio de Israel en el tabernáculo, luego en el templo, y finalmente se encarnó para vivir entre nosotros. Hoy, por medio de Su Espíritu Santo, Dios habita en Sus hijos.
¿Te das cuenta, querida joven?
Dios no es distante. Nunca lo ha sido.
Por eso, en medio de nuestra lucha con la ansiedad, hay una verdad firme que no cambia: «El Señor está cerca» (Flp. 4:5b).
Si eres hija de Dios, Su presencia no es una idea abstracta; es una realidad viva. El Dios que gobierna el universo, el soberano sobre todo lo visible e invisible, está cerca de ti. Quienes no conocen a Dios no tienen esta esperanza. Pero tú sí. Tú tienes a un Padre que escucha, que cuida, que está atento día y noche.
- La Escritura lo afirma una y otra vez:
- Dios cuida de Su creación (Sal. 104).
- Él es omnipresente y omnisciente (Sal. 139).
- A los pecadores los llama a acercarse a Él, a limpiar sus manos y purificar sus corazones (Stg. 4:8).
- Dios está cercano a los quebrantados de corazón (Sal. 34:18).
- Sus hijos hemos sido hechos cercanos a Dios (Ef. 2).
- Puedes acercarte confiadamente a Su trono para recibir ayuda oportuna (He. 4:16).
- En el futuro también disfrutaremos de la presencia de Dios (Ap. 21:2-3, 22:3-5).
Sin embargo, cuando enfrentamos pruebas, es fácil olvidarlo. Nos enfocamos tanto en la situación que perdemos de vista quién es Dios. La ansiedad comienza a dominar el corazón y empezamos a vivir como si Dios no fuera suficiente.
Eso es lo que Pablo quiso corregir en los filipenses, y también en nosotras, cuando escribió:
«Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará sus corazones y sus mentes en Cristo Jesús» (vv. 6-7).
La preocupación constante nos roba la paz, el descanso y el gozo. Nos hace dudar del carácter de Dios, distorsiona nuestra visión de quién es Él y poco a poco nos lleva al punto de quiebre.
¡Pero el Señor está cerca!
La invitación no es a confiar más en nosotras mismas, sino a volver a fijar nuestra mirada en Dios. A llenarnos de Sus promesas, a recordar que Él no falla, que no abandona, que no rompe Sus pactos.
Así que, querida joven:
- No dejes que la ansiedad defina tu identidad.
- No permitas que la preocupación tome el lugar que solo Dios merece.
- Descansa en que Él suple conforme a Su perfecta voluntad.
- Conócelo más, no solo de oídas, sino de verdad.
Escribe estas verdades y recuérdalas cuando tu mente se acelere:
- Tu fe está fundada en Cristo, la Roca inconmovible.
- Dios sigue llevando el timón del universo… y de tu vida.
- Si Dios es por ti, nadie puede estar contra ti (Ro. 8:31).
- En Cristo, Dios siempre te guía en victoria (2 Co. 2:14).
Ora. Habla con Él. Dile exactamente cómo te sientes.
Y hazlo con gratitud, porque Él está cerca y promete guardar tu corazón y tu mente.
Un día a la vez.
Una carga a la vez.
Una oración a la vez.
No estás sola. Nunca lo has estado.
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