Vive el evangelio en tu soltería

Ya que hemos sido compradas con la sangre del Cordero que fue inmolado por nosotras, como resultado, le pertenecemos completamente a nuestro Salvador. Y este es el regalo más enorme que hemos podido recibir: el evangelio; esto es, la vida y muerte del Salvador a nuestro favor. Y como bien sabemos, y tanto debemos recordárnoslo todos los días, el Evangelio es las buenas nuevas de vida que hemos recibido porque Cristo vivió una vida perfecta, aquella que nosotras jamás podremos vivir, y murió la muerte que nosotras merecíamos para darnos Su vida, una preciosa e inmerecida dádiva de gracia por medio de la fe en Cristo Jesús. «Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios» (Efesios 2:8).

El evangelio es la verdad que lo cambia todo, que nos transforma por dentro, y que nos trae de muerte a vida, de oscuridad a luz, de perdición a esperanza. El Evangelio es la verdad que nos hace nuevas en Cristo (2 Cor. 5:17), que nos da nuevos corazones (Ezequiel 36:26), que nos capacita para amar, perdonar y servir a otros (Gálatas 6:9). De igual manera, el evangelio nos equipa para vivir y nos permite disfrutar el poder de Dios en nosotras.

Vive

Pero en un mundo de caos como el nuestro, con todas nuestras pruebas y luchas contra el pecado, es fácil sentirnos y vernos como meras sobrevivientes. Sin embargo, en realidad no fuimos creadas meramente para sobrevivir, sino para vivir, porque en Cristo podemos vivir una vida plena. Cristo mismo nos ha dicho que Él ha venido para que tengamos vida, y vida en abundancia (Juan 10:10). Esto es, una vida llena de gozo en medio del caos que nos rodea, ya que nuestro gozo no proviene de nuestras circunstancias externas, sino de nuestra posición delante del Señor. Pablo fue un excelente ejemplo de que las circunstancias no tienen por qué dictar nuestro gozo (Filipenses 4:11).

Entender que Cristo nos ha dado una posición de perfección delante del Padre, nos lleva a considerar una realidad aún más profunda: reconocer que la vida de Cristo nos ha sido imputada. Gálatas 2:20 nos dice: «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí». Es Cristo en nosotras, es Su gracia y Su poder a través de Su Espíritu Santos en nuestras vidas, capacitándonos para vivir conforme a la posición que ya se nos ha dado. 

Y con la gracia y el poder que se nos ha concedido (2 Pedro 1:3), es nuestra responsabilidad vivir en conformidad a esa posición, creciendo en Cristo. Debido a que todavía vivimos luchando contra nuestro pecado, disfrutamos en parte la vida plena que el Señor compró para nosotras, pero a medida que nos exponemos a los medios de gracia, el Señor nos transforma «en la misma imagen de gloria en gloria» (2 Corintios 3:18). 

Así pues, la única manera en que podemos vivir reflejando la belleza de nuestro Salvador es cuando lo contemplamos. No vivimos espiritualmente cuando hacemos, claro que es importante lo que hagamos en nuestra soltería, pero no es más importante de lo que somos delante del Señor. Porque tenemos un Salvador que es Suficiente y nos suple de Su gracia para nuestro diario andar es que podemos ser y hacer lo que es agradable delante de Él (Hebreos 13:21).

Soltería

Si bien somos llamadas a vivir como esclavas de Cristo en cada etapa de nuestra vida, la soltería es una etapa única e irrepetible para crecer en nuestro andar con Cristo y profundizar nuestra relación con Él. Si no aprendemos a desarrollar una devoción completa a Cristo en esta etapa, será mucho más difícil hacerlo después. Además, no sabemos si el llamado del Señor para nosotras es permanecer solteras durante los años de vida que Él nos dé. Nuestro llamado más grande en esta vida, amada, no es el matrimonio, alcanzar algún tipo de grandeza, la carrera de tus sueños o tener todos nuestros anhelos cumplidos, sino seguir a Cristo. 

Seguir a Cristo implica caminar con Él, disfrutando de Su presencia en nuestra vida diaria. Si hemos de honrar y glorificar a Cristo, seguirle es la única manera de hacerlo, y a decir verdad, Cristo, quien es nuestra vida, demanda todo de nosotras. Y, ¿cómo no lo haría si Él es el tesoro más valioso? Seguir a Cristo es nuestro llamado sublime y supremo. Cristo demanda y merece toda nuestra atención, todo nuestro amor, todos nuestros afectos, toda nuestra devoción.

No desperdicies tu vida

Sin darnos cuenta podemos llegar a un punto en que nos sentamos y esperamos a que el príncipe azul llegue para que nuestra vida tome rumbo o significado, pero, ¿es esto realmente lo que el Señor espera de nosotras después de habernos dado la vida de Su propio Hijo? ¿Es este el deseo y diseño que Él tiene? ¡Por supuesto que no! Nuestra vida ya tiene rumbo y significado, dado que en Cristo estamos completas (Col 2:10) y el evangelio nos ha dado una nueva vida. Y como lo mencioné previamente, nuestro llamado más grande es: seguir a Cristo. El evangelio es un llamado a negarnos a nosotras mismas, tomar nuestra cruz, y seguirle, amándole con todo nuestro corazón, alma, y mente (Mateo 16:24; 22:37). No podemos desperdiciar nuestra vida, siguiendo la corriente de este mundo, escogiendo lo más cómodo para nosotras. 

Así que, quiero animarte a vivir el evangelio en esta etapa en la que te encuentras. Niégate a ti misma cada día, comienza con las cosas más pequeñas y que parecen tan ordinarias de tu día a día.

Invierte en tu iglesia local, discípula a jóvenes más chicas que tú. Ama y sirve a otros, pasando tiempo conociéndolos, prestando un oído atento al que necesita ser escuchado, teniendo ojos solícitos para reconocer sus necesidades.

También es importante que lleves el evangelio a aquellos con los que cruzas pasos cada día sin conocer de Cristo. Pero por sobre todas las cosas, busca a Cristo de una manera única, con toda tu atención, con toda tu fuerza, con todos tus deseos y afectos, para que puedas seguirle con una devoción completa.

Disfruta este tiempo para conocer a Cristo de manera que en verdad Él sea tu mayor anhelo, tu más preciado tesoro, y tu más íntimo amigo. Y que puedas decir como el salmista: «Oh Dios, tú eres mi Dios; te buscaré con afán. Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela cual tierra seca y árida donde no hay agua» (Salmo 63:1).

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Sobre el autor

Vania Verboonen

Vania Verboonen

Vania es originaria de Tlaxcala, México, pero actualmente reside en California, donde está próxima a graduarse en Estudios Teológicos en la Universidad The Masters.

Su más grande pasión es compartir el evangelio y ayudar a los creyentes a equiparse para compartir su fe, así como enseñar a otros las verdades de la Escritura. 

Le gusta pintar al óleo, leer y escribir. Disfruta también de un buen café y pláticas acerca de la vida y de las luchas del día a día por ver los destellos de la gracia de Dios en medio de las circunstancias difíciles.

Su deseo más grande es vivir disfrutando la suficiencia del Salvador y animar a otros a buscar disfrutar de la misma. 

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