Vuelve a tu primer amor

¿Recuerdas cuando recién conociste a Cristo? Nada ni nadie podía cambiar el deseo de tu corazón de estar cerca de Él. No tenían que preguntarte ni tú misma tratar de convencerte de que el Salvador era tu primer amor, pues era más que evidente. Tus acciones y prioridades mostraban quién era Él para ti. Tu obediencia y fidelidad no estaban marcadas por deberes, sino deleites; la motivación de tu corazón era palpable. Cristo era tu más grande tesoro. Pero, ¿lo sigue siendo?

Muchos contrastan el primer amor de un creyente con la etapa de enamoramiento de una pareja cuando lo único que hacen es hablar el uno del otro, de sus cualidades, de todo aquello que los hace únicos y especiales. ¡Y quieren estar juntos todo el tiempo! 

También podemos contrastarlo con nuestras amistades más cercanas. Tan solo piensa en el día en el que conociste a tu mejor amiga y cómo ella era todo lo que habías soñado. Cómo querías hablar por teléfono con ella todo el tiempo y esperabas con ansias llamarle al instante de cada suceso porque querías que ella se enterara, simplemente porque ella era parte de tu vida. 

Sin embargo, sabemos que Cristo es mejor que cualquiera de los amores y las más profundas amistades que podamos tener. Solamente Su amor basta, solo Él es suficiente, y solo Él satisface. Él es el mayor de los tesoros y deleites. ¡Lo sabemos! Pero, ¿en realidad lo seguimos experimentando en carne propia? 

Al pasar de los años, nuestra relación con Cristo puede volverse rutinaria, fría y apática, de tal forma que estas verdades pueden ser afirmadas en nuestra mente, pero verse completamente ausentes en nuestra vida. 

Nunca deja de sorprenderme cuán frecuentemente encontramos la palabra «recuerda» en las Escrituras. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento hallamos esta palabra que pudiera parecer a simple vista una acción pasiva. Sin embargo, el diccionario de Oxford define recordar como: «traer a la memoria algo percibido, aprendido o conocido», mostrándonos que recordar es una acción activa que implica un esfuerzo mental. Hoy me encantaría poder dirigir nuestra atención a un texto que conocemos, pero frecuentemente olvidamos: Apocalipsis 2:2-5a.

«Yo conozco tus obras, tu fatiga y tu perseverancia, y que no puedes soportar a los malos, y has sometido a prueba a los que se dicen ser apóstoles y no lo son, y los has hallado mentirosos. Tienes perseverancia, y has sufrido por Mi nombre y no has desmayado. Pero tengo esto contra ti: que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído y arrepiéntete, y haz las obras que hiciste al principio…».

Por cuarenta años, la iglesia de Éfeso había permanecido fiel al Señor y a Su Palabra en medio de las dificultades y la persecución. Y el Señor comienza reconociendo y elogiando sus fortalezas: su fatiga, su perseverancia, su discernimiento y repudio a aquellos que no eran apóstoles (sino mentirosos que no daban honra a Cristo), su sufrimiento y su decisión de hacer el bien incansablemente. Más bien habían prevalecido fieles en medio de todo esto. 

Aunque ellos cumplían con estas características (que, por cierto, no son poca cosa), la iglesia de Éfeso había abandonado su primer amor. Ese amor que había sido la motivación para todas aquellas fieles marcas distintivas ya no estaba presente. Y el Señor, que es un Dios celoso, estaba al tanto de eso. 

De igual manera en nuestras vidas, cuando nuestro primer amor está ausente, Él lo sabe. No importa cuánto tratemos de aparentar delante de otros, el Señor es quien en realidad lo ve y lo conoce todo, porque «no hay cosa creada oculta a Su vista, sino que todas las cosas están al descubierto y desnudas ante los ojos de Aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Hebreos 4:13).

«Recuerda por tanto, de dónde has caído y arrepiéntete, y haz las obras que hiciste al principio…» (Ap. 2:5a). El Señor manda a la iglesia primero a recordar de dónde ha caído. Segundo, a arrepentirse. Y tercero, a hacer las obras que acompañaron su fe al principio. 

Lo contrario a recordar es olvidar, y tristemente es algo que no nos resulta muy difícil. De hecho, la mayoría de las veces la puerta para la caída o decadencia espiritual es resultado de olvidar la gracia del Señor y al Dios de la gracia. Olvidar Sus misericordias de cada mañana y olvidar Su fidelidad (Lamentaciones 3:22-23). Olvidar de dónde nos ha rescatado el Salvador y el precio pagado por nuestro rescate en la cruz. Cuando olvidamos, damos por sentado y menospreciamos las riquezas de la gracia del Salvador.

Por lo tanto, el Señor nos manda a recordar,  pero, ¿qué es lo que debemos recordar? Recordarlo a Él en Su amor y gracia rescatándonos de nuestro pecado, redimiéndonos y trayéndonos a Él. Y, ¿cómo hacemos esto? Viviendo mirando a la cruz cada día, y al Salvador que murió ahí por nosotros. 

Así que, amada, te animo a dedicar un tiempo donde puedas estar a solas con Jesús y recordar cómo era tu vida antes de conocerle. Haz una lista de la gracia de Dios a través del tiempo para traerte a Él, tu mayor bien. Dedica un tiempo a agradecer al Señor por Sus bondades en tu vida, y Su obra de salvación y santificación. 

También te animo a leer los siguientes pasajes y meditar en la gracia del Señor a través de ellos: Salmos 107; Isaías 1; Jeremías 2; Apocalipsis 2:2-5; estos textos nos ayudan a recordar nuestro pecado. 

Y por último, te animo a compartir con otros lo que el Señor ha hecho y está haciendo en ti para traerte a Él. ¡No dejes de compartir y preguntar a otros qué es lo que el Señor está haciendo en sus corazones también!

Podemos tener un recorrido de varios años como hijas de Dios, podemos estar bajo enseñanza sólida de la Escritura y servir en una gran cantidad de ministerios, pero eso jamás podrá reemplazar nuestro amor y devoción a Cristo, así como el hecho de que Él demanda todo de nosotras porque Él lo merece todo, no hay punto medio. 

No importa la cantidad y calidad de nuestro servicio al Señor si Él no ocupa la preeminencia en nuestros corazones. De cierta manera, tampoco importa la profundidad de tu teología si Cristo no tiene tu corazón, si Él no es tu primer amor. 

Amada, si tu corazón está siguiendo a Cristo con toda potencia, sigue adelante, luchando incansablemente contra el pecado, mostrando la misma solicitud hasta el fin. Si tienes dudas de donde estás parada en lo que se refiere a tu amor por el Señor, visita el artículo de Nancy donde ella nos comparte algunas evidencias para saber si hemos perdido nuestro primer amor o no. 

Pero si tú reconoces que has dejado tu primer amor; recuerda, arrepiéntete y vuelve a las primeras obras. Aquellas caracterizadas y motivadas por el puro amor al Salvador. Recuerda el amor que te atrajo primero a la cruz del calvario, donde contemplaste a Jesús, sangrando en tu lugar y pagando por tu culpa para llevarte a Dios. Recuerda al Salvador que de carne se vistió para darte salvación y hacerte acepta delante del Padre. 

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Sobre el autor

Vania Verboonen

Vania Verboonen

Vania es originaria de Tlaxcala, México, pero actualmente reside en California, donde está próxima a graduarse en Estudios Teológicos en la Universidad The Masters.

Su más grande pasión es compartir el evangelio y ayudar a los creyentes a equiparse para compartir su fe, así como enseñar a otros las verdades de la Escritura. 

Le gusta pintar al óleo, leer y escribir. Disfruta también de un buen café y pláticas acerca de la vida y de las luchas del día a día por ver los destellos de la gracia de Dios en medio de las circunstancias difíciles.

Su deseo más grande es vivir disfrutando la suficiencia del Salvador y animar a otros a buscar disfrutar de la misma. 

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