Salomón nos recuerda que los resultados de nuestro trabajo —incluyendo nuestra riqueza, nuestras posesiones e incluso la capacidad de disfrutarlas— son todos dones de Dios. Nos anima a encontrar contentamiento en lo que Él provee, en lugar de perseguir sin descanso la riqueza.
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Reflexión
¿De qué maneras te encuentras persiguiendo la riqueza o el éxito por sí mismos, en lugar de recibirlos como una bendición para disfrutar y compartir?
Devocional
Continuamos con Eclesiastés. ¿Estás tan emocionada como yo de leerlo?
¿Notaste que el predicador, en el capítulo 5, exhorta a no tomar con ligereza nuestra relación con el Dios de los cielos? Te hace pensar en cómo podemos caer en la ligereza:
- Asistiendo a Su casa y orando de forma mecánica o ritualista.
- Siendo apresuradas, sin pensar antes cómo hemos de orar a Dios, y tardas en oír Su voz.
- Haciendo compromisos a favor de Sus intereses y no cumplirlos.
Hermana, ¿qué piensas de estas maneras en tu propia vida?
Al final del capítulo 5 y al inicio del capítulo 6, se nos habla de la vanidad de las riquezas. Todo, absolutamente todo lo que Dios nos da, es para promover Su gloria y procurar el bien del prójimo, empezando por nuestra familia y luego la familia de la fe. Cuando amamos el dinero, caemos en una trampa porque el dinero nunca satisface, solo lleva a desear más y más. Es cierto que Dios nos provee de cosas materiales para que las disfrutemos y las compartamos. Sin embargo, de la misma manera espera que seamos administradoras sabias. Pero, al final de cuentas, lo que tiene verdadero valor es lo que invertimos en la eternidad. ¿Dónde están tus tesoros? ¿Están en los cielos?
En los capítulos 7 y 8, Salomón contrasta la sabiduría y la insensatez. Sabio es quien teme a Dios, ve Su mano en todo acontecimiento, y anda a la luz del conocimiento de Su voluntad. Aunque vivimos entre el «ahora, pero todavía no», procuremos el equilibrio en todo quehacer. Disfrutemos de la prosperidad, pero recordemos que la adversidad llegará y ante ella reflexionemos.
La sabiduría nos conduce a ser radiantes, pues nuestro descanso está en Él; nos conduce a respetar la autoridad, a reconocer que Dios tiene un tiempo y modo de actuar porque es soberano. Y a reconocer que las ironías e injusticias son parte de la vida, pues «Dios creó al hombre recto, pero él buscó muchas artimañas». Por último, nos lleva a recordar que el pecador no se saldrá con la suya y que el justo finalmente gozará del verdadero y eterno bien.
Vivimos en «una creación que gime y está sujeta a vanidad». Por lo tanto, ¿procuras vivir con sabiduría?
«A veces las consecuencias de nuestro pecado no se ven sino hasta meses o años después; a veces no aparecen sino hasta la próxima generación; y algunas consecuencias se retrasarán hasta que estemos delante de Dios en el tribunal».
(Mentiras que las mujeres creen, editorial Portavoz) —Nancy DeMoss Wolgemuth1
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