¿Cómo hablar con prudencia a los que sufren?

Acompañar a una hermana que está en pleno dolor puede ser como intentar abrazar a un puercoespín. Requiere de gran precaución y cierta habilidad. El contenido, el momento y hasta el tono de voz son elementos que un consolador debe tomar en cuenta. Y seamos realistas, este ministerio de consuelo tiene una alta tasa de fracasos incluso entre los cristianos de más experiencia. 

Aunque han pasado cinco años desde que enterré a mi amado, cualquier día se siente como si fuera ayer. Como viuda, he llegado a aceptar la terrible realidad de que mis heridas nunca sanarán por completo, al menos no de este lado del cielo. 

A pesar del terrible dolor de esta viuda susceptible, mi iglesia se atrevió a acercarse. Días e incluso semanas después de la muerte de Jim, el cuerpo de Cristo me trajo comida, me dejó dulces mensajes y llenó mi buzón de notas de bondad. Sin embargo, inevitablemente, a medida que pasaba el tiempo, la mayoría de los amigos pensaban menos en mi dolor. Hablando humanamente, debe ser así, porque ningún amigo, por muy devoto que sea, puede llevar el dolor de otro para siempre. Solo Cristo soporta tales heridas con fuerza inquebrantable.

Palabras imprudentes ante la pérdida

Cuando el dolor de alguien está directamente frente a nosotras, como cuando estamos junto a la tumba o en la habitación del hospital, elegimos nuestras palabras con mucho cuidado. Y, sin embargo, son una pequeña porción de todo lo que podríamos decirle a una hermana que está herida en los meses siguientes. 

Las palabras que le decimos más adelante a una hermana viuda pueden ser tan vivificantes (o no) como las que se pronuncian el primer día de su pérdida. Por lo tanto, si bien es importante saber qué decirle a una hermana en su momento de pérdida, es igualmente importante tener en cuenta lo que podrías decirle involuntariamente meses o incluso años después. Por ejemplo...

Un año después de la muerte de Jim, me senté con unas hermanas. Juntas habíamos decorado, orado y planeado un evento para mujeres. Una hermana miró su reloj y agarró su bolso. «Será mejor que me vaya para poder preparar la cena a tiempo». Mientras se iba acercando a la puerta decidió regresar para decirme: «¿Sabes? Tienes mucha suerte, no tienes que poner comida en la mesa».

Mi hermana no tenía idea de que me había partido en dos pedazos cuando ya iba saliendo por la puerta. ¿Honestamente? Antes de que mi esposo falleciera, me había quejado más de una vez sobre la preparación de las comidas. ¿Ahora? Daría cualquier cosa por tener que correr a casa para preparar la cena para mi marido.

Las Escrituras dicen que rendiremos cuenta de cada palabra sin cuidado que decimos (Mateo 12:36). Entonces, ¿cómo evitamos las palabras imprudentes, especialmente a quienes sufren? Algunas cosas me vienen a la mente.

4 maneras de evitar decir palabras imprudentes

  1. Sé lenta para hablar de las circunstancias de otros.

Mi hermana en la iglesia nunca ha conocido la experiencia de volver a una casa vacía noche tras noche durante años. No se dio cuenta de que estaba viendo mis circunstancias a través del lente distorsionado de su propia experiencia. Del mismo modo, yo no tenía una comprensión real de lo que era ser viuda hasta que me convertí en una. Esto me ha enseñado a hacer más preguntas a mis amigos o hermanos que están pasando por momentos difíciles antes de hablar sobre su situación.

  1. Ora con frecuencia sobre tus palabras.

Adopta el hábito de orar con regularidad acerca de tus palabras, de todas ellas. Recordemos orar antes de hacer visitas intencionales a un amigo, ya sea para consolarlo, aconsejarlo o confrontarlo. Pero nuestras palabras en encuentros ordinarios y no planificados son a menudo lo que nuestros oyentes nunca olvidan. Varias veces a la semana, busco orar: «Señor, pon guarda a mi boca; vigila la puerta de mis labios» (Salmo 141: 3).

  1. Ten en cuenta que no puedes solucionarlo todo.

Las mujeres somos reparadoras por naturaleza, ya sea al vendar la rodilla lastimada de nuestro hijo o al abrazar a una buena hermana en su dolor; pero somos malas salvadoras. Cuando una hermana está herida, las soluciones rápidas, las trivialidades o incluso los versículos de la Biblia pueden parecer superficiales si se ofrecen de inmediato. Esto puede parecer que minimizamos su dolor y hacerla sentir tonta por no poder reconocer respuestas obvias.

  1. Mantén cuentas cortas.

Invariablemente le diremos algo incorrecto a alguien en el peor momento posible. Pero el Espíritu Santo puede intervenir. Cuando lo haga, respondamos rápidamente. Una semana después de que mi amiga hablara de mi estilo de vida libre de cenas, me llamó. «He estado pensando en lo que dije antes y…» No queda una forma más dulce de revertir lo último que se dijo si no es con una palabra de disculpa.

Una palabra a las viudas

Sería negligente si no hablara también a ustedes, compañeras viudas, y les ofreciera una pequeña confesión. Necesitamos reconocer que nuestras palabras también pueden dañar. Al igual que el puercoespín, podemos hacer que sea imposible para nuestras amistades ofrecernos consuelo. Durante la enfermedad de mi esposo y su posterior fallecimiento, la angustia que sentí a veces formuló palabras que hirieron a mi familia y amigos. Mientras buscaba dar gracia a los amigos por sus palabras, necesitaba ser consciente de que yo también necesitaba el perdón.

El pastor Dave Furman sabe mucho del sufrimiento. En su extremadamente útil libro Being There (Estando allí en español), narra su viaje en una enfermedad debilitante y ofrece teología práctica sobre cómo ser un gran amigo para un alma que sufre. Habló a menudo de la resistencia de su esposa como consoladora y le dio una palabra, una convicción:

«Da gracia a las personas que no te ayudarán y a las personas que dicen todas las cosas incorrectas. No sé cuánto tiempo perdí haciendo rabietas sobre la gente en lugar de alabar a Dios. He criticado la ayuda que otros me han brindado más de lo que he meditado sobre lo que Jesús ha hecho por mí1».

Amén y amén. Cristo es el máximo consolador. Tanto el amigo como el que sufre harían bien en tenerlo en cuenta. Necesito llevar todas mis expectativas de consuelo a Aquel que lleva todo mi sufrimiento y todas mis penas. Qué pensamiento tan glorioso para la viuda: todos mis días continuará haciéndolo, hasta el Gran Día en el que personalmente secará cada lágrima de mis ojos.

1 Dave Furman,Being There: How to Love Those Who Are Hurting (Wheaton: Crossway, 2016), 152.

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Sobre el autor

Gaye Clark

Gaye Clark

Gaye Clark trabaja como enfermera cardíaca en Augusta, Georgia, es corresponsal a tiempo parcial de la revista WORLD y directora de iniciativas femeninas de Servants of Grace. También es voluntaria en iCare, una organización cristiana que provee ayuda para víctimas de tráfico. En su tiempo libre escribe sobre tráfico sexual, la vida cristiana y ministerio laico. Ha escrito para Gospel Coalition, Servants of Grace, y otros ministerios de comunicación en línea. Tiene dos hijos adultos, Anna y Nathan.

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