Creo que estarás de acuerdo conmigo en que una de las debilidades de nosotras las mujeres es la sujeción. La rebeldía que yace en nuestro corazón es como una bomba de tiempo cuando nos dicen «no» o cuando no nos piden nuestra opinión o cuando no somos escuchadas, y al final lo sentimos como un «gracias por participar». La respuesta natural es la misma que el feminismo: no nos dejaremos gobernar. Nosotras merecemos más porque somos más capaces. Nosotras podemos. 

Y aunque quizá exageró con mis aseveraciones, y quizá a alguna mujer se le haga más fácil el tema de la sujeción, todas luchamos con ello en una medida u otra. La primera mujer, estando en el Edén sin haber pecado, a la primera tentación cedió ante la misma por un ofrecimiento barato porque no era Dios, no sabía lo que le convenía; pero Dios sí, por eso dijo: «Pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás» (Gn. 2:17).

Siglos y siglos después, henos aquí. Muchas maestras de ministerios, ya sea de niños, de mujeres, de servicio o de hospitalidad, o de cualquier otro, somos llamadas a someternos a nuestras autoridades eclesiales, es decir, a nuestros pastores. Y la mejor manera de honrarlos es precisamente lo que Dios usa para santificarnos: orando por ellos, obedeciéndolos, haciéndolos parte, y velando junto con ellos por la pureza de nuestra iglesia local.

Ora por ellos

La Biblia nos enseña que Pablo pedía oraciones por ellos: «Perseveren en la oración, velando en ella con acción de gracias. Oren al mismo tiempo por nosotros, para que Dios nos abra una puerta para la palabra a fin de dar a conocer el misterio de Cristo» (Col. 4:2-3). Nota que Pablo no dice que agreguen la oración para ellos, sino que, en su perseverancia individual y congregacional de la oración, no se olviden de orar por la labor pastoral, de cuidado y enseñanza que ellos tienen. Y si tienen reuniones de grupo con los pastores, todo el equipo puede compartir que están orando por ellos. 

Consulta e informa

Es una realidad que las mujeres somos mayoría en una iglesia e incluso las más dispuestas a servir a otras, ya que Dios nos ha capacitado con un corazón compasivo y maternal. Sin embargo, también somos propensas a decidir solas. Nuestro pragmatismo nos engaña cuando excusamos nuestras decisiones de asistir a una conferencia, del material que se enseña en los grupos pequeños o en un evento, o de las situaciones que enfrentan nuestras hermanas bajo la sombrilla de «yo puedo con esto», que básicamente es decir: «yo sé mejor». 

Nunca está de más consultar e informar. Aunque llevemos tiempo en el ministerio y conozcamos a nuestros pastores, otras nos están observando. No es lo mismo decir: «Hermanas, vamos a tomar este curso que unas amigas de otro país me dijeron, vamos a estudiar este recurso que encontré en internet de una influencer reconocida»; a decir: «Hermanas, vamos a estudiar este libro de la Biblia bajo este método que nuestros pastores recomendaron o aprobaron. O vamos a tomar este curso que nuestros pastores están de acuerdo porque apunta a los valores y enseñanzas que recibimos de ellos». ¿Ves la diferencia? Hay bendición cuando les consultamos el material que queremos estudiar y es un cuidado para nosotras y nuestras hermanas; en esto los honramos.

La actitud del corazón

Ahora bien, vamos un poco más profundo. Si mientras vas leyendo este blog ya hay alguna objeción —no presumo saber que todas sean inválidas—, quizá es una respuesta de tu corazón a esa molestia de tener que consultar y depender de autorización para el ministerio donde tus pastores te han colocado. Toda iglesia y todo pastor es diferente; ninguna es perfecta, y eso no depende enteramente de ti, pero sí rindes cuentas a Dios cuando antepones el bien de la iglesia ante tus deseos y buenas intenciones.

La Biblia dice: «Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Cor. 10:31). Todo lo que haces proviene de tu corazón. La pregunta es: ¿de qué está lleno tu corazón? ¿De enojo, de envidia, de orgullo? Y específicamente contra los pastores o la sujeción. Nuestra actitud debe ser humilde como la de Cristo frente a las decisiones de nuestros líderes, a llevar todo en oración, y a buscar sabiduría en Su Palabra. Honramos a nuestros pastores no siendo una carga, sino aliadas en el bien de la iglesia.

El ministerio no es tu ministerio

Lentamente, ya sea por estar encargada del ministerio por muchos años o por los dones y capacidades que claramente Dios te ha dado, podemos pensar que solo nosotras sabemos lo que es mejor y solo nosotras tenemos las respuestas, argumentando: «Nosotras somos las que conocemos más a nuestras mujeres». En un sentido, sí; pero, Dios ha colocado pastores como nuestra autoridad, y porque Dios lo ha hecho, nosotras debemos obedecerlos; de esta manera, honramos a Dios.

El ministerio no es nuestro, es del Señor, que está a cargo de nuestros pastores. Dios les pedirá cuenta a ellos, pero también a nosotras en cómo respondemos, actuamos y servimos. A veces consideramos que Dios ha puesto en nuestro corazón una iniciativa, y quizá ellos no la aprueban en ese momento; sigue orando, si es del Señor, Él lo permitirá en Su tiempo. Otras veces, quizá no te aprueben todo el plan o a las personas con las que quieres trabajar. Confía en que Dios es soberano y Él sabe mejor. 

Invítalos 

Una de las maneras en las que honramos a nuestros pastores es invitándolos a nuestras reuniones, ya sea las que son en casa o en los eventos grandes. Si ellos no lo sugieren, tú hazlo. Es una bendición trabajar juntos en el reino de Dios cuando todos nos colocamos bajo el señorío de Cristo y la iglesia es la que más se beneficia en esto (Ti. 1:5; 2:2-10).

Recuerdo que cuando tuve a mi cargo el ministerio de mujeres, fue de enorme bendición tener siempre a alguno de mis pastores presentes en las reuniones. A veces andamos buscando que nos «aprueben» otros, pero para mí, el hecho de que ellos estuvieran allí, me dieran su retroalimentación y oraran por mí y el equipo, era sentir su abrazo alrededor de nosotras. Además, era un ejemplo para mujeres nuevas del gozo que encontramos en el orden ministerial que Dios ha dicho y que es bueno para todos.

Guárdate de las «novedades» de las redes sociales

Las plataformas actuales de influencers que invitan a las mujeres a adquirir sus recursos, aun cuando sean muy buenos, necesitan pasar por la supervisión de nuestros pastores. Hermana, porque el ministerio no es tuyo, tú no eres la única encargada de evaluar y decidir sobre el alimento que deseas compartir con otras mujeres.

Más bien, si algún material, curso o evento te parece que puede servir a las hermanas, consúltalo con tus pastores. Compárteles el link, la razón por la que lo ves como un buen recurso que edificará a tus hermanas y haz la averiguación correspondiente de la fuente. No todo lo que aparece como novedad será de edificación a largo plazo. Así que, ora, discierne y consulta. 

Guarda tu corazón y tu boca

Y por último, considero que una de las maneras más hermosas en las que podemos honrar a nuestros pastores es guardando nuestro corazón y nuestra boca. Hay una conexión especial entre lo que hablamos y lo que hay en nuestro corazón, así lo enseñó Jesús: «El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno; y el hombre malo, del mal tesoro saca lo que es malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca» (Lc. 6:45).

Seguramente, como en toda relación, habrá desacuerdos, molestias, fallas y pecado. En algunas, seremos nosotras y en otras ellos, pero en todo, guardemos nuestro corazón del rencor, la amargura, la soberbia y la falta de perdón. De lo contrario, de nuestra boca saldrá queja, chisme y murmuración que, inevitablemente, al no rendirlas a Dios, las rendiremos a nuestras hermanas. Lejos de honrarlos, los deshonramos. 

«Mantén una humilde conciencia de tus propias faltas, y eso hará que seas compasivo con otros». —Richard Baxter

El ministerio es solo una forma de servir a otras, pero no es nuestra identidad ni es nuestro mayor ministerio. Además, recuerda que servimos a Dios y vivimos Coram Deo; eso es lo que más debemos tener en mente. Lo que es nuestra responsabilidad, tanto en carácter como en práctica, debemos hacerlo para la gloria de Dios y la edificación de la iglesia; y lo que no es, debemos confiar en que Dios ve, sabe y obrará según Su sabiduría y soberanía. 

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Sobre el autor

Susana de Cano

Susana vive en la Ciudad de Guatemala. Es esposa de Sergio Cano con quien tiene tres hijos, Sergio Alejandro, Daniela y Susi, quien recientemente esta casada con Esteban. Es apasionada por enseñar la Palabra de Dios a otras mujeres para … leer más …


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