Por muchos años he participado en el ministerio de intercesión de mi iglesia. Estoy convencida de que Dios ha puesto esa dulce carga que con gusto acepto. La oración no necesita condecoraciones ni reconocimientos; se realiza en lo secreto muchas veces y luego el Señor lo expande como Él quiere. Pero también es de enorme bendición cuando el cuerpo de Cristo ora juntos con un mismo sentir y una misma misión: que Dios sea glorificado en todo.
Así que hoy te invito a considerar el lugar del ministerio de intercesión en tu comunidad de mujeres. Quizá puedas decir que, al fin y al cabo, Dios hace Su voluntad y Su voluntad es buena, es suficiente y es perfecta. Sin embargo, Él nos llama a interceder por otros. Entonces, ¿en qué radica la importancia?
La importancia de interceder por otros
La intercesión es un ministerio importante porque Dios ha escogido obrar a través de las oraciones de Su pueblo. Así que todos tenemos una parte en el rol de orar unos por otros.
No sé si estarás de acuerdo conmigo, amada mía, pero creo que en Su Palabra se nos muestra que la importancia de este ministerio está arraigada en que:
- Dios Padre lo pide (Ez. 22:29-31).
- Dios Hijo es nuestro intercesor y nos modeló cómo orar (Jn. 17:15-21).
- Dios Espíritu Santo se dedica a la intercesión (Ro. 8:26).
La oración nos mueve a cultivar un fecundo amor por Dios; sofoca nuestro egocentrismo. Interceder con integridad por otros nos humilla ante Dios; nos impulsa a amar al prójimo como hemos sido amadas por Dios. Cuando oramos, somos despojadas de nuestros deseos para enfocarnos en los deseos de Dios y eso nos va transformando al carácter dependiente y obediente que Jesús nos modeló cuando caminó en esta tierra.
Llamados a la oración
En el principio, Dios plantó en el Edén a una pareja completamente suplida de todo lo que necesitaban. No conocían el temor ni el mal y vivían en paz con Dios. En este estado, ¿necesitaban orar? La Biblia no nos lo revela.
En la escena de la caída no los vemos intercediendo el uno por el otro delante de Dios. Sus voluntades se descarrilaron sutilmente, pues estaban descansando en la voluntad de Dios y, al siguiente instante, tras una engañosa conversación y una mordida, se encontraron en su autosuficiencia. Por primera vez, habían puesto a Dios en segundo plano. No tenían idea de la transformación que habían sufrido ni de sus implicaciones y terminaron acusándose mutuamente; no hubo ni un ápice de condescendencia entre ellos.
Las consecuencias de haberse apartado de Dios empezaron a doler en los siguientes capítulos de la historia de redención. En este sentido, podemos decir que la intercesión es un medio de gracia de Dios para acercarnos a Él y a otros a Él.
Ejemplos de intercesión
Con la partida de Abel, asumo, cómo no habría de surgir la necesidad imperiosa de interceder por los demás; de clamar a Dios por consuelo, socorro, protección, ayuda y provisión. Porque quien intercede clama por el retorno al disfrute de la persona de Dios, de Sus designios, de Su voluntad y Sus obras.
Tras el nacimiento de Set, el hijo que Dios le dio a Eva en lugar de Abel, Dios trajo al mundo a Enós y por ese tiempo los hombres empezaron a invocar el Nombre del Señor (Gn. 4:26). Los pobres en espíritu empiezan a poblar la tierra, los que reconocen su ruina espiritual y su consecuente profunda necesidad de Dios.
De la descendencia de Sem nace Abraham. Es el primer hombre del que la Biblia nos habla explícitamente de su intercesión. Lo hallamos intercediendo por Lot, su familia y los justos que pudieran hallarse en las ciudades de Sodoma y Gomorra, ante su inminente destrucción por parte de Dios (Gn. 18:23-32). Intercede por Abimelec, rey de Gerar, para que Dios le devolviera la salud al rey y la fertilidad a su esposa y a sus siervas (Gn. 20:17). Dios ordenó y usó la intercesión de Abraham como el medio para salvar a Lot, a Abimelec y preservar la descendencia del rey.
Luego vemos que Isaac intercedió por su amada Rebeca (Gn. 25:21), pues ella era estéril, y Dios le concedió descendencia. Jacob, temeroso por la amenaza de Esaú, intercedió fervientemente delante de Dios por su propia vida y la de su familia, y Dios le respondió con el derramamiento abundante de Su gracia y Esaú recibió a Jacob en paz.
En la travesía por el desierto, Moisés envió hombres a inspeccionar la tierra prometida. Al regreso de los espías, diez hombres dieron un mal reporte, y el pueblo se rebeló contra los planes de Dios e intentaron apedrear a Josué y a Caleb. Entonces, Dios intervino: Decretó la destrucción de Su pueblo. ¿Y qué hizo Moisés? Él se puso en la brecha entre el Dios Altísimo y el pueblo. Intercedió, clamó por ellos para preservar la fama del buen nombre de Dios (Nm. 14:15-19). Dios lo escuchó y justificó la preservación del pueblo por la intercesión de Moisés (Sal. 106:23).
Y vemos en la historia de Job que es Dios mismo quien le pide a Job orar por sus amigos, a Elifaz, Bildad y Zofar (Job 42:8), lo que trae restauración a esta relación.
En contraste, el Señor nos pone a todas luces la importancia del ministerio de la intercesión al narrarnos Su búsqueda de un intercesor que clamara por Jerusalén en los tiempos de Ezequiel y no lo halló, dijo el Señor (Ez. 22:29-31). La destrucción fue un hecho y Dios derramó Su indignación sobre ellos.
Sin embargo, el mayor ejemplo es nuestro intercesor Jesús. La Biblia dice que, después de su ascenso al cielo, a sentarse a la diestra del Padre, Él intercede por nosotras todos los días (Ro. 8:34). ¿Por qué lo hace? Para que nuestra fe no desfallezca. Si nuestro Salvador y Señor intercede todos los días, ¿cuánto más nosotras?
La oración es un servicio importante
¿Lo ves, amada hermana? Cuando intercedemos, no estamos haciendo el favor de orar por otros; estamos comunicándonos con Dios para que Él obre según Su voluntad. Es decir, nos estamos alineando con la voluntad del Señor.
Además, intercedemos por otros porque Dios lo estableció así. Orar promueve la aceptación de nuestra ruina espiritual, aniquila nuestra autosuficiencia y nos lleva a la madurez del amor a Dios y al prójimo.
La importancia de un grupo de intercesión a favor de las necesidades de nuestra iglesia y de otros ha sido reemplazada por otras actividades que, aun cuando son de edificación, también necesitan de oración. Este hermoso ministerio no siempre es visible, pero es tan necesario para ver el poder de Dios obrar en medio de una congregación.
Así que, amada maestra, reúnete con tus hermanas para interceder por tu iglesia, por las necesidades de otros, por los pastores, por tu comunidad, por las iniciativas de tu iglesia, por tu país, por todo lo que Dios les vaya guiando. Estoy segura de que verán la mano de Dios obrar y responder a sus peticiones de la sabia forma que solo Él lo puede hacer.
Nuestro rol en el servicio de orar es importante porque, quién sabe si hay ciertas cosas que Dios ha predeterminado que hará mediante nuestro clamor, según Su voluntad. Pidamos: ¡Santo Espíritu, guíanos! ¡Amén!
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