¿Cuánto de ti está dirigiendo el ministerio? ¿Qué pasaría si alguien te dijera que no puede ver a Jesús porque hay demasiado de ti y muy poco de Él? Sé valiente conmigo, hermana. ¡Las dos necesitamos esta conversación!

Para tener el valor de enfrentar estas preguntas tan penetrantes, conoce a una sierva de Dios de corazón entero que poseía un compromiso y una fortaleza inquebrantables. Si aún no la conoces, Helen Roseveare fue una doctora misionera inglesa en el Congo (más adelante conocido como Zaire). Ella creía que la santidad era la única búsqueda que realmente valía la pena perseguir. A lo largo de su trayectoria, tanto dentro como fuera del campo misionero, Helen fue honesta acerca de la obra santificadora de Dios en su vida. Nunca fingió ser alguien que no era.

Para quienes servimos en el ministerio, Helen nos muestra cómo un Dios personal ama abundantemente y disciplina a Sus siervos preciados.

El gran enemigo del yo

La Dra. Roseveare comenzó como misionera con grandes expectativas, tenacidad y un profundo deseo de cumplir su llamado. Aunque no le faltaban devoción ni determinación, necesitó aprender una lección difícil tras servir durante cuatro años en el Congo. Para ese momento, Helen había llegado a un punto de quiebre, con una carga de trabajo imposible, con tareas y responsabilidades interminables.

En su libro LivingHoliness, describió sentirse abrumada por el cansancio y atormentada por actitudes pecaminosas, de irritabilidad, la impaciencia y un temperamento explosivo. Sabía que no era digna del título de misionera y «se sentía aplastada por su propia miseria y sus repetidos fracasos».¹ Algo tenía que cambiar si Helen iba a perseverar en el campo misionero.

¿Pero qué era? ¿Qué estaba pasando por alto?

Helen acudió al pastor Ndugu, un sabio anciano africano de la iglesia, para pedirle consejo. Sentados junto al fuego con él y su esposa, el pastor leyó Gálatas 2:20:

«Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí». 

El pastor explicó el significado del versículo trazando una línea vertical recta sobre el suelo de tierra y diciendo: «Yo, con la Y mayúscula en nuestras vidas, el Yo, es el gran enemigo».² Luego dijo una verdad difícil acerca de Helen: «El problema contigo es que vemos tanto a Helen que no podemos ver a Jesús».³ Las lágrimas se le llenaron los ojos.

Para esta sierva fiel, debió sentirse como si una lanza hubiera atravesado directamente el centro de su ser. Aunque fueron palabras dolorosas de escuchar, la verdad transformó su vida. Helen escogió abrazar la cruz. La cruz era la respuesta que Helen buscaba. También es la respuesta que tú necesitas.

Como solía orar un predicador de generaciones pasadas antes de subir al púlpito: «Señor, escóndeme detrás de la cruz». La sierva crucificada ora para que las personas vean a Jesús y sean atraídas hacia Él, no hacia sí misma. Pero, ¿cómo? 

Jesús, el portador del pecado crucificado

Una vez salvos, algunos cristianos encuentran poco uso para la cruz. Pierden de vista su enorme necesidad de Su preciosa sangre limpiadora día tras día. Dirigen y sirven desde el yo, esforzándose cada vez más por tener éxito. Siguen intentando evitar morir.

Jesús no huyó de la cruz. La abrazó amorosa y voluntariamente para redimir a personas pecadoras para Sí mismo. Filipenses 2:5–8 describe cómo Cristo descendió más bajo, más bajo y aun más bajo antes de ser exaltado: «Tengan esta actitud en ustedes que también hubo en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a lo que aferrarse. Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz».

Jesús descendió desde la altura más alta hasta la profundidad más baja. Primero, Dios Hijo eligió no ejercer Sus derechos y privilegios divinos. Veló Su gloria celestial para descender a un mundo pecaminoso. Jesús no se aferró a los privilegios que legítimamente le correspondían como Dios, sino que se humilló voluntariamente y tomó forma de siervo. Sin dejar de ser plenamente Dios, descendió hasta nuestra condición humana y se hizo obediente hasta la muerte de cruz.

Cristo el Señor podría haber venido legítimamente a la tierra como Rey, con riquezas infinitas, poder y una multitud de siervos. Pero en lugar de eso, Jesús descendió aun más para convertirse Él mismo en siervo. La palabra «siervo» en Filipenses 2:7 literalmente significa «esclavo». 

Ser crucificadas con Cristo implica caminar el camino del Calvario hasta que termine en la cruz. Siguiendo a Jesús, descendemos, más abajo, más abajo y más abajo al… humillarnos. Morir a nuestra carne. Rendir nuestros derechos. Vaciar el yo. Convertirnos en siervas. Jesús nunca nos pedirá descender más de lo que Él ya descendió. Su cuerpo fue quebrantado por ti. ¿Estás dispuesta a ser quebrantada por Él?

La muerte libera vida

La vida que surge de la muerte está en el corazón del evangelio. Mientras más experimentamos Su muerte, más Su vida abundante se manifiesta a través de nosotras. «Pues de Su plenitud todos hemos recibido, y gracia sobre gracia» (Jn. 1:16).

Cuando somos quebrantadas, no solo Su gracia proveerá poder divino y unción para el ministerio, sino que Su gozo y Su paz llegarán a ser nuestros mientras crucificamos el pecado y el yo.

El apóstol Pablo habló de la madurez cristiana como ser llenos hasta la medida completa de Cristo mismo (Ef. 4:13). Cuando estamos dispuestas a entregar nuestras vidas y morir por otros, ellos experimentarán la vida palpitante de Cristo a través de nosotras.

Hay un dulce perfume que da vida, proveniente de Su presencia, que bendice a otros dondequiera que vayamos. «Pero gracias a Dios, que en Cristo siempre nos lleva en triunfo, y que por medio de nosotros manifiesta la fragancia de Su conocimiento en todo lugar» (2 Cor. 2:14).

Amigas, cada una de nosotras estará llena de algo. La elección es nuestra. Si el yo continúa gobernando nuestros deseos y motivaciones, Cristo será cada vez menos visible en nuestro servicio. ¡Oh, que nos aferremos a la cruz!

Llenas de Cristo

Dios usa a diferentes mujeres. No existe un tipo que sobresalga por encima de los demás. Dios quiere usar al máximo todas nuestras personalidades santificadas, temperamentos y dones espirituales. Pero si no somos vaciadas del enemigo del yo y llenas del Espíritu de Cristo vivo, nuestro vaso tendrá poco para derramar que sea verdaderamente útil.

Desde el día en que Dios usó al pastor Ndugu para convencer a Helen acerca de la vida centrada en sí misma, ella «buscó, aunque imperfecta y vacilantemente, seguir la “regla sencilla de vida” de aquel pastor piadoso, permitiendo que el Maestro Alfarero hiciera Su voluntad, deshaciendo y rehaciendo el vaso».⁴

Nadie podría acusar a Helen Roseveare de bloquear la luz de Cristo cuando murió en 2016 a los noventa y un años. A lo largo de su vida, Jesús creció cada vez más; Helen se hizo cada vez más pequeña. Mientras más nos despojemos del yo, más prosperaremos en el ministerio con el poder continuo que fluye del Espíritu Santo.

Cuando dejemos de vivir para nosotras mismas, por elogios, por seguidores o por una plataforma digna de envidia, seguiremos gozosamente a Cristo dondequiera que quiera llevarnos, especialmente a la cruz, que trae honra y gloria al Padre.

Allí encontramos el final del camino del Calvario: cuando Jesús es grande y nosotras somos pequeñas. Cuando Él es todo y nosotras no somos nada. Que ellos vean a Jesús. «Pero jamás acontezca que yo me gloríe, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo ha sido crucificado para mí y yo para él» (Gál. 6:14).

¹ Helen Roseveare, Living Holiness (Gran Bretaña, Christian Focus Publications: 2008), 75.

² Roseveare, Living Holiness.

³ Roseveare, Living Holiness.

⁴ Roseveare, Living Holiness.

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Sobre el autor

Leslie Bennett

Leslie Bennett se desempeñó como Directora de Ministerios de la Mujer durante doce años antes de unirse a Revive Our Hearts en las iniciativas del ministerio de mujeres. También es la administradora de contenido del blog Revive Our Hearts 'Leader … leer más …


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