Hay una razón por la que nos escondemos en las recámaras de nuestra mente y por la que tememos ser realmente conocidas: vivimos esclavas de algo que no hemos entregado. Una coordinadora de ministerio o esposa de pastor puede sentirse constantemente preocupada por lo que otros piensan de ella y por cómo la perciben. 

Conocí a una amada esposa de un pastor que, con pesar, me compartió: «Yo soy la única miembro de la iglesia que no puede pecar». No quería decir que deseara pecar, sino que sentía que vivía continuamente bajo observación, presa del temor al qué dirán. Ante esa presión suelen surgir dos respuestas: (1) Por lo tanto, algunas se esmeran en su comportamiento más que en el estado de su corazón. (2) Por lo tanto, algunas se vuelven tan duras que no se les puede confrontar. ¿Cuál de estas dos te representa?

Me cubro o Cristo me cubre

Después de que Adán y Eva cayeron en pecado —y con ellos toda la humanidad— hicieron lo que naturalmente brota de un corazón que se esconde de Dios: intentaron cubrirse por sí mismos. Moisés nos relata que: «conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales» (Gn. 3:7). La palabra «delantales» en el idioma original únicamente aparece en este versículo, y significa: cinto y, como verbo, fajarse. 

En lugar de acudir a Dios, recurrieron a sus propios recursos para ocultar la vergüenza y mitigar las consecuencias de su pecado. Pero, ¿realmente era la solución? Dios, que todo lo sabe, se acerca a Adán y le pregunta: «¿Dónde estás?». El hombre responde: «Te oí en el huerto, tuve miedo porque estaba desnudo y me escondí». ¿Por qué tenía miedo de Dios? Porque estaba desnudo. Adán afirmó que había tenido miedo porque estaba desnudo. Sin embargo, detrás de aquella desnudez física había una realidad más profunda: la culpa y la vergüenza producidas por el pecado que lo llevaron a esconderse de Dios en vez de correr hacia Él para recibir Su ayuda.

Aquel miedo no era simple incomodidad; nacía de la culpa y la vergüenza por su pecado, pues delante de Dios nada permanece oculto. Adán y Eva tomaron hojas de higuera para vestirse y cubrir su desnudez. Este acto representa las obras que hacemos para ocultar nuestro pecado y las que realizamos después de ser descubiertas. Seguramente, es cansado vivir de apariencias, vivir con el cuidado de que nadie sepa quién realmente eres en casa y en lo privado.

Hermana, si estás en esta situación, corre a arrepentirte delante del Señor. Deja de cubrirte con tus propias fuerzas y ríndete a la realidad de que, como todas, eres una obra de Dios en construcción. Dios proveyó a Adán y Eva vestiduras de piel (Gn. 3:21). Las vestiduras que Dios proveyó eran infinitamente mejores que el intento de Adán y Eva de cubrirse. De igual manera, solo Dios puede responder de manera verdadera y definitiva al problema de nuestro pecado. Y lo hace en Cristo: «Porque todos los que fueron bautizados en Cristo, de Cristo se han revestido» (Gal. 3:27).

Por la fe estás vestida de Cristo y cubierta por Su justicia. Entonces, ¿por qué volver a los harapos de la autosuficiencia, a las excusas y a las apariencias? Te imaginas la locura de ponerte un pantalón sucio y una playera rota y maloliente sobre un vestido de gala. Así nos vemos cuando queremos encubrir nuestro pecado. 

Ahora bien, quizá sabes esto, entonces, ¿por qué sigues aferrándote a tus obras para cubrirte? Pues porque hay un corazón orgulloso y temor al hombre. Mientras no reconozcas el orgullo y el temor al hombre que hay en tu corazón, continuarás preocupándote más por corregir tu comportamiento exterior que por permitir que Dios transforme tu interior.

¿Arrepentimiento o pesar de conciencia?

Otras responden endureciéndose hasta volverse poco enseñables y resistentes a la confrontación. Esto me recuerda a una historia en 1 Samuel 15, en la que Saúl es rechazado por el Señor debido a su desobediencia en la batalla contra los amalecitas. El profeta Samuel ya lo había confrontado por su desobediencia (1 Sam. 13:8–14). Sin embargo, Saúl volvió a actuar conforme a sus propios deseos, en lugar de obedecer la palabra del Señor.

Saúl parece arrepentido porque dice: «En verdad he quebrantado el mandamiento del Señor y tus palabras, porque temí al pueblo y escuché su voz» (v. 24). Hasta aquí pensaríamos que todo está bien, Saúl está viendo su pecado y reconoce qué pasó. Sin embargo, luego de que Samuel le dice que ha sido desechado por el Señor, lee cuál fue su respuesta: «He pecado, pero te ruego que me honres ahora delante de los ancianos de mi pueblo y delante de Israel y que regreses conmigo para que yo adore al Señor tu Dios» (vv. 30-31).

¡Oh, Saúl! Realmente, no te arrepentiste. Nosotras obramos igual cuando nos importan más nuestra reputación, nuestro nombre y nuestra apariencia que temer a Dios, que todo lo ve, conoce y sabe. Saúl no dijo esto por ignorancia; él sí sabía lo que había hecho mal, pero aun así se prefirió a sí mismo por encima de la gloria de Dios. El arrepentimiento genuino glorifica a Dios porque reconoce que Su juicio es verdadero y exalta la gracia con la que Él perdona y transforma a quienes se vuelven a Él.

Cuando amamos nuestra reputación más que la santidad y nos resistimos a que otras conozcan nuestras luchas, dejamos de caminar en la luz a la que Dios nos ha llamado. Y cuando somos confrontadas por haber pecado, rápidamente nos cubriremos con esas ropas sucias y desearemos que nadie más se entere, para no luchar con la vergüenza y la murmuración.

Un mejor camino

Hermana, tu nueva identidad en Cristo te ha libertado para que ya no vivas esclavizada por el pecado ni por la necesidad de esconderlo. Ya no hay vergüenza en confesar que has pecado, sino gratitud cuando una hermana o un pastor te confronta con tu pecado. Ya no hay necesidad de esconderte en las hojas de higuera, sino que, por tu nueva vestidura, puedes compartir y decir como Pablo: «No es que ya lo haya alcanzado o que ya haya llegado a ser perfecto, sino que sigo adelante a fin de poder alcanzar aquello para lo cual también fui alcanzado por Cristo Jesús». (Flp. 3:12).

Una amada amiga, esposa de mi pastor, con quien serví durante varios años, me enseñó la belleza de ser oveja; me enseñó que señalar, con verdad y amor, el pecado que veía en mí era una expresión del amor de Cristo hacia mí. Ella me enseñó que no hay razón para esconderse si Dios lo sabe y a Él es a quien nos debemos. Ella me enseñó que el mejor camino es el amor que dice la verdad (Ef. 4:15) y la verdad que se habla con amor (Ef. 4:16). 

Mientras dirigía el ministerio de mujeres de mi iglesia, fui confrontada tantas veces como Dios consideró necesario. En muchos de nuestros contextos latinos no hemos cultivado lo suficiente el cuidado espiritual que nos mueve a confrontar con amor a una hermana, en lugar de dejarla seguir en su pecado. Lamentablemente, quienes son confrontadas, lo toman personal. Y quienes deben confrontar piensan: «Mejor que Dios se lo muestre»

No crecemos espiritualmente cuando somos aduladas, escondemos nuestro pecado o construimos una fachada. Crecemos cuando nos rendimos humildemente al Señor y permitimos que Él transforme primero nuestro corazón. Entonces nuestras acciones comenzarán a reflejar Su obra, y otras podrán verlo y alabarlo. 

Amada, coordinadora de ministerio o esposa de pastor, ¿te cubres para no lidiar con tu pecado o, al estar vestida de Cristo, lidias con él? ¿Temes al hombre o a Dios? ¿Te arrepientes sinceramente o tranquilizas tu conciencia con excusas que minimizan la santidad de Dios? Vive en la libertad de traer tu pecado a Dios, de ser confrontada para arrepentirte de todo corazón y de escoger el mejor camino de la santidad y la transparencia. 

No temas que las hermanas sepan que luchas con orgullo; más bien, que ello te ayude a pedir ayuda, a pedir oración, y no a esconderte. No temas lo que otras puedan pensar; Dios es quien juzga, pesa corazones y ve. Y cuando seas confrontada, no huyas, no te alejes. Recibe la exhortación como el resultado de la gracia de Dios para ti. 

Escoge dos o tres mujeres maduras en la fe con quienes compartir tu vida, ante quienes puedas rendir cuentas. No camines sola. En Cristo, lo natural debiese ser confesar el pecado, no ocultarlo. Crezcamos juntas en la práctica de confesar nuestro pecado, de acudir al trono de la gracia para alcanzar misericordia y de descansar en el perdón que hemos recibido en Cristo para que no haya dualidad entre quienes somos en secreto y en público.
 

Ayúdanos a llegar a otras

Como ministerio nos esforzamos por hacer publicaciones de calidad que te ayuden a caminar con Cristo. Si hoy la autora te ha ayudado o motivado, ¿considerarías hacer una donación para apoyar nuestro blog de Maestra Verdadera?

Donar $3

Sobre el autor

Susana de Cano

Susana vive en la Ciudad de Guatemala. Es esposa de Sergio Cano con quien tiene tres hijos, Sergio Alejandro, Daniela y Susi, quien recientemente esta casada con Esteban. Es apasionada por enseñar la Palabra de Dios a otras mujeres para … leer más …


Únete a la conversación