En medio de expectativas demandantes, del crecimiento de la iglesia y amistades que se desmoronan, con frecuencia nos preguntamos por qué hacemos lo que hacemos, es decir, cuál es la razón. Como esposas de pastores, una cosa es ser menospreciadas por el mundo que nos rodea, pero es algo completamente distinto ser heridas e incluso abandonadas por aquellas personas por quienes hemos derramado nuestra vida; de hecho, por aquellas mismas que nos pidieron venir a servir entre ellas. Entonces, ¿por qué hacemos esto? ¿Por qué elegimos absorber la vergüenza y el desaliento que pueden acompañar al ministerio, y aun así seguir adelante?

Tomamos esta decisión porque Cristo nos ha escogido, ¡y ahora lo amamos! Seguimos a Aquel que fue traicionado y abandonado por Sus amigos más cercanos. Parte de esa vergüenza se derramará sobre nuestros ministerios mientras seguimos Sus pasos. ¿Qué debemos hacer cuando anhelamos ser dignas de tan grande privilegio, pero retrocedemos ante lo que esto requiere? ¿Qué significa para mí (no para aquella otra esposa de ministerio que parece tenerlo mucho más fácil), sino para mí, tomar mi propia cruz y seguir a Cristo? ¿Cómo se ve perder mi vida por causa de Él, como dice Mateo 10:38–39?

Elisabeth Elliot es una de mis heroínas. Por favor, no te pierdas la profundidad de su fe tal como se ve en sus libros. En su libro «Sufrir nunca es en vano» escribe:

«¿Parecen extraños los caminos de Dios para quienes sinceramente buscan solamente ser siervos buenos y fieles? Hay vientos fuertes, años silenciosos de tensión, muertes que deben atravesarse. Aquel a quien servimos no nos ha dejado sin información interna acerca del porqué. Todos los que quieran llevar almas a Dios deben hacerlo mediante rendición y sacrificio. Esto es lo que significa amar a Dios: una entrega continua, una disposición pura para darse a uno mismo, una obediencia gozosa. No existe la pregunta: “¿Pero qué hay de mí?”, porque toda la motivación es amor. Todos los intereses, todos los impulsos, todas las energías son sometidos a esa pasión suprema».

Ese amor nace de nuestra fe. Este tipo de fe va profundo y espera por mucho tiempo, aun en medio del dolor. Nuestra fe no resuelve nuestro dolor; vive con él, perseverando pacientemente mediante el poder de Su fuerza (Col. 1:11). Entonces, a la manera de Dios, Él recibe la gloria y nosotros recibimos el gozo.

¿Por qué deberíamos seguir adelante?

No sé cuál sea la ola particular de dificultad que está rompiendo sobre ti en este momento, pero sí sé que Dios la está permitiendo y que Él es digno de confianza.

Él ve esta tormenta en la que estás, donde avanzar resulta tan doloroso por todo lo que está en tu contra. Él está usando precisamente esta tormenta para ayudar a completar la gran obra que comenzó en ti hace muchos años (Fil. 1:6). Aférrate y deja que esta tormenta te arrastre más profundamente hacia los brazos de tu Padre. Solo quienes lo necesitan se acercan a Su corazón. Sigue mirándolo. Sigue clamando. Sigue confiando en que Su Palabra es verdad para ti, porque lo es.

Si estás débil, si estás triste, si estás desanimada, piensa… Dios se entrega aún más a quienes lo necesitan. Tu desánimo no es un problema para Él. Él no se burla de tu necesidad. Tu debilidad es una de Sus estrategias para atraerte a una comunión cada vez más profunda y significativa con Él: el único que realmente puede comprender y satisfacer tus anhelos.

Aquí hay cuatro cosas que me digo a mí misma cuando soy tentada a dejar que el desaliento reine en mi corazón.

  1. Yo elegí casarme con este pastor.

¡Nadie me obligó! De hecho, incluso le pedí al Señor que hiciera que Ray se enamorara de mí. (Estoy segura de que al menos algunas de ustedes pueden identificarse). Entonces, ¿qué haré con la respuesta del Señor que dice: «Sí, hija mía. Daré a Mi siervo para ti como esposo, y te daré a ti para él como ayuda. Tú eres Mi favor para Ray Ortlund Jr.» (Prov. 18:22)? ¿Cómo seguiré respondiendo a la respuesta que Dios dio a mi oración?

  1. No te sorprendas de que el ministerio sea difícil.

Me tomó tiempo aceptar esto. Yo pensaba que la vida, y especialmente mi vida en el ministerio, sería más fácil de lo que ha sido. Pero incluso las dificultades más duras se han vuelto preciosas para mí mientras Dios ha cuidado de mí. Él ve (Gn. 16:13). Él conoce (Jn. 10:14). Él cuida (1 Pe. 5:7). Y recompensa a quienes lo buscan (Heb. 11:6).

La vida es difícil, pero Dios sigue siendo bueno. Su bondad supera la dureza en cada punto del camino. Cuanto más difícil es mi vida, más lo necesito, y esa es la bendición más maravillosa de toda la vida: ¡más de Jesús!

  1. Recuerda la cruz.

Jesús entiende mis días solitarios. Él comprende lo que se siente ser calumniado. Él sabe lo que significa trabajar arduamente. Experimentó sufrimientos mucho mayores que las pequeñas pruebas que yo enfrento. Yo soy Su sierva. Toda mi vida es una ofrenda.

Por lo tanto, puedo sostenerla con ligereza, con un amor de manos abiertas. Si no baso mi felicidad en mis esperanzas y sueños, tengo menos que perder cuando estos no se cumplen según mis expectativas. «El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?» (Ro. 8:32).

  1. Este no es el final de mi historia.

Mi vida terrenal tuvo un comienzo y tendrá un final. Mi vida en Cristo también tuvo un comienzo, pero nunca tendrá fin. Él se reveló a mí con amor irresistible, me adoptó como Su hija y ha cuidado de mí cada día de mi vida. Él fue delante de mí y está preparando un lugar para mí cuando termine mi vida terrenal. ¿Cómo podría abandonarme en este puente hacia ese lugar?

Cuando la oscuridad parece cubrir mi corazón y el camino delante de mí, voy a Su Palabra y encuentro una promesa a la cual aferrarme como lámpara a mis pies y luz para mi camino (Sal. 119:105). ¿Por qué deberíamos seguir adelante? ¡Porque Jesús lo vale!

El Salmo 84:11 sigue siendo verdad. El Señor Dios será tanto tu guía como tu protector. Él te dará favor y honra. ¡No te rindas demasiado pronto! Nunca negará ningún bien a Sus justos. Ahora deja que Él te lo demuestre a ti y a ese pastor con quien estás casada. Que Dios te bendiga más y más en tu matrimonio de ministerio. Un día pronto nos encontraremos y serviremos juntas a nuestro Señor para siempre.

¡No puedo esperar!

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