Siento una gran admiración por las mujeres que conozco que siempre están atentas a las necesidades de otras personas, especialmente de aquellas que no conocen al Señor. Las he visto anotar en una pequeña libreta, que siempre llevan consigo, todo aquello que pudiera ser motivo de oración por una persona necesitada. Y he visto cómo esto ha sido, en muchas ocasiones, una puerta de entrada a sus corazones.

También he observado cómo otras hermanas llegan a un lugar y, aun en pocos minutos, no desperdician la oportunidad de testificar de Cristo. Te confieso que anhelo tener esa misma naturalidad y confianza para hablar.

Y pienso que no soy la única, porque algo que he escuchado muchas veces entre mujeres creyentes y, si soy sincera, también lo he sentido en mi propio corazón, especialmente en mis primeros años en la fe, son pensamientos como estos:

—«Quiero hablar de Jesús, pero no sé cómo».

—«Tengo miedo de que me rechacen».

—«No quiero parecer insistente».

—Y, sobre todo: «¿Y si me hacen preguntas que no sé responder?».

Amada hermana, vivimos en una sociedad donde hablar de cualquier tema espiritual puede resultar muy incómodo. En muchos ambientes, la fe se considera algo estrictamente privado y personal. Incluso puede interpretarse como una invasión a la intimidad o a las preferencias de cada persona. Algunas muestran indiferencia o incredulidad hacia el cristianismo, mientras que otras cargan heridas relacionadas con experiencias religiosas pasadas.

Como resultado, podemos sentirnos intimidadas y optar por guardar silencio, refugiándonos en el temor. Pero Jesús conocía todo esto cuando nos envió a hacer discípulos y, para ello, debemos compartir lo que creemos (Mt. 28:19-20). 

Por lo tanto, necesitamos aprender a compartir nuestra fe con quienes nos rodean, entendiendo que Dios nunca llamó a Sus hijos a anunciar el evangelio desde la autosuficiencia; siempre nos ha llamado a hacerlo desde la dependencia del Espíritu Santo. Como tú, yo también he experimentado:

  • Temor al rechazo.
  • Temor a ser malinterpretada.
  • Temor a incomodar.
  • Temor a no hacerlo perfectamente.

Sin embargo, el evangelio nunca avanzó gracias a personas perfectas. Avanzó a través de personas comunes llenas del Espíritu Santo. Nuestro llamado es a estar dispuestas a confiar en Aquel que sí es perfecto. Dios nos ha llamado a ser Sus testigos, como dijo Pablo en Hechos 1:8: «Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos…». Es con Su poder y con Su gracia que llevamos a cabo esta tarea, pero nuestra obediencia también juega un papel vital.

Quiero compartir contigo algo que me ha ayudado muchísimo, especialmente viviendo en una sociedad poscristiana, en un país aconfesional y rodeada de personas procedentes de diferentes culturas y religiones orientales.

  1. Interésate primero por las personas y luego busca oportunidades para hablarles de Cristo.

¿Cómo llegarás al corazón de alguien que no conoces? ¿Cómo compartirá contigo sus luchas diarias si no existe una relación previa? Cuando una persona abre su corazón, puedes llevarla a Aquel que tiene todas las respuestas para su alma y que puede saciar su sed espiritual.

  1. Ora por oportunidades.

Pide al Señor encuentros providenciales, conversaciones significativas y, sobre todo, la gracia necesaria para compartir Su Palabra.

  1. Recuerda que eres testigo del poder de Dios, pero la salvación le pertenece a Él.

Nuestra responsabilidad es sembrar y testificar; el resultado está en Sus manos.

  1. No te preocupes más por lo que vas a decir que por la oportunidad que Dios te ha regalado.

A veces, compartir el versículo con el que Dios habló a tu corazón esa mañana puede ser suficiente. O simplemente preguntar: «¿Puedo orar por ti? ¿Tu examen médico, tu hijo o tu familia?». Esas pequeñas muestras de amor suelen quedar grabadas profundamente en el corazón de las personas.

  1. Si has orado por oportunidades, ahora búscalas intencionalmente.

Esta es la parte que requiere diligencia de nosotras. He aprendido que frecuentar la misma farmacia, el mismo supermercado (e incluso la misma cajera) o los mismos restaurantes puede brindarnos oportunidades valiosas para conocer personas, invitarlas a un estudio bíblico o compartirles el evangelio. Muchas veces, cuando atraviesan dificultades, son ellas quienes terminan buscándote.

Primero observan tu vida y el testimonio de Cristo en ti, y luego desean conocer la esperanza que tienes. Permíteme compartir algo personal. Mi esposo y yo solemos ir a un pequeño restaurante asiático frente a nuestra casa. Durante los últimos dos años me he hecho amiga de la dueña, una dulce y joven mujer china.

A pesar de las limitaciones de su español, hemos conversado sobre sus hermosas plantas y sobre muchos otros temas. La última vez se acercó para contarnos algunos problemas familiares que le preocupan. ¡Fue toda una sorpresa! Pero también fue la respuesta a aquello por lo que había estado orando y esperando: una oportunidad para compartirle de Cristo.

Por eso debemos mostrar un interés genuino por las personas, tal como lo hacía Jesús con quienes lo rodeaban. Comparte las verdades sencillas del evangelio: somos pecadores y estamos enemistados con Dios a causa de nuestro pecado, porque Él es santo. Solo Cristo podía reconciliarnos con Dios, siendo plenamente hombre y plenamente Dios. Él pagó la deuda que nosotros jamás podríamos haber pagado (2 Cor. 5:21).

Cuando venimos a Él en arrepentimiento y fe, somos completamente perdonadas y salvadas, no por nuestras obras, sino por Su gracia. Muchas veces complicamos la sencillez del mensaje de salvación, cuando en realidad es una verdad que cualquier persona puede comprender. Explícale que, al creer en Cristo, el Espíritu Santo viene a morar en ella y la guía a toda verdad para vivir diferente a como ha vivido. Además, de un gozo indescriptible de que jamás estará sola.

Ora por esa persona y hazle saber que estás orando por ella. Mantente disponible cuando necesite hablar contigo. Vivimos en un mundo centrado en sí mismo, y al mostrar este tipo de amor y cuidado, marcamos una diferencia difícil de ignorar. Y ora por tu corazón para que todo lo que hagas sea para Su gloria; pídele un amor genuino por tu prójimo. No se trata de cumplir una tarea, se trata de vivir como colaboradoras de la misión redentora de Dios.

Por último, y esto es lo más importante, recuerda que eres una enviada del Señor y que Él ha prometido estar contigo siempre. Dondequiera que Él te coloque, desea que brilles para Su gloria, compartiendo la vida eterna que solo Él puede dar. Justo como Jesús dijo: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Jn. 3:16).

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Sobre el autor

Elba Ordeix de Reyes

Esposa de Roby y madre de tres hijos adultos: Gabriel, Anna Gabriela y Andrés. Abuela de Noël, Lucas, Olivia, Vera y Julia Ann.

Anhela vivir una vida Coram Deo o en Su presencia cada día. Tiene pasión porque las … leer más …


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