Por muchos años, Luisa diligentemente leía la Palabra por las mañanas. Seguía un plan de lectura, escribía sus oraciones y luego se levantaba para continuar sus actividades. Ella estaba leyendo Génesis por milésima vez, cuando su amiga Ana le compartió lo que había leído en la Biblia esa mañana sobre el llamado de Dios a la mujer. En ese momento fue que Luisa comprendió que la Biblia no se hizo solo para leerla bien, sino para vivirla bien.

Ana preguntó: —¿Sabes cómo Dios llamó a la primera mujer? 

—Pues, Eva —respondió Luisa con un tono sarcástico ante la emoción de su amiga.

Ana le dijo: —No, Dios la llamó «Ayuda Idónea». Y lo que más agradezco al Señor, continuó diciendo con gran entusiasmo, es el gozo que me dio de comprender que Dios mismo me ha llamado así. Por semanas estuve pensando en ello; preguntando, orando y leyendo en otras versiones, hasta que el Espíritu Santo trajo una convicción de lo leído con el fruto del gozo. Entonces concluí: Si Dios lo dice, no solo es muy bueno, sino que es verdad. Así que, en vez de quejarme o de ver mi rol como inferior frente a una cultura que no lo aplaude, ahora puedo encontrar en Su Palabra las maneras de vivir según Dios me ha llamado a ser.

Luisa había leído miles de veces esos pasajes, ¿cómo es que no notó eso?, pensó. «Quizá por eso se me ha dificultado vivir con gozo el llamado de ser ayuda idónea», afirmó Luisa.

¿Alguna vez te ha pasado?

No se trata de únicamente observar con más detenimiento el pasaje, pues Ana no solo se encontró con una verdad, sino que la masticó por varios días, sin prisa, pero con fe en que el Espíritu Santo hablaría a su corazón para vivir esa verdad.

¡Eso es meditar!

Entonces, ¿qué une la lectura de la Biblia con practicarla u obedecerla? La meditación. Y aunque es una práctica individual, en nuestros grupos pequeños podemos habituarnos a hacerlo.

¿Qué es la meditación?

El puritano Edmund Calamy dice que la meditación es: «Pensar de forma personal, práctica, seria y sincera en cómo debe ser la verdad de la Palabra de Dios en la vida»1. Así que, si creías que la meditación es un concepto de la Nueva Era o un invento de la cultura, te equivocas. Meditar es el ejercicio de pensar profundamente sobre algo. Los cristianos meditamos en la Palabra de Dios, que actúa como la medicina del alma, porque el Espíritu de Dios siempre utiliza el bálsamo de Su verdad para proporcionar verdad, sabiduría, consuelo y dirección.

Por eso la Biblia dice: «¡Cuánto amo Tu ley! Todo el día es ella mi meditación» (Sal. 119:97).

El propósito de meditar

Ahora bien, hay un propósito en meditar Su Palabra. Dios le dice a Josué que la prosperidad de su llamado no se basaría en su sabiduría, ni en estrategias militares, ni en su poder, ni siquiera en su obediencia, sino en meditar de día y de noche en la Palabra (Jos. 1:8).

El propósito de meditar es la obediencia a la Palabra, es la fe en Sus promesas y es cultivar un estilo de vida que cada día exalte el carácter de Cristo en nosotras. La obediencia es fruto de la meditación. David fue llamado un hombre según el corazón de Dios porque meditaba, y los salmos lo confirman. Nota que meditar no significa una vida perfecta; más bien, pensar profundamente en la Palabra de Dios es lo que convencía su alma a regresar al Señor. 

Bendiciones de meditar

Muchas veces buscamos métodos o pasos para evitar el pecado o hacer cambios tangibles. Sin embargo, la Biblia es más sencilla en sus instrucciones que nuestras geniales ideas. La Biblia dice: «En mi corazón he atesorado Tu palabra, para no pecar contra Ti» (Sal. 119:11). ¿Lo ves? Algunas de las bendiciones que recibimos son:

  • Sabiduría para hablar: «Mi boca hablará sabiduría, y la meditación de mi corazón será entendimiento» (Sal. 49:3)
  • Discernimiento: «Tengo más discernimiento que todos mis maestros, porque tus testimonios son mi meditación» (Sal. 119:99).
  • Sabiduría para tomar decisiones: «Meditaré en Tus preceptos, y consideraré Tus caminos» (Sal. 119:15).
  • Renovación de la mente: «Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable y perfecto» (Ro. 12:2).
  • Paz al corazón ansioso: «Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto mediten. Lo que también han aprendido y recibido y oído y visto en mí, esto practiquen, y el Dios de paz estará con ustedes» (Fil. 4:8-9).
  • El hábito de la reflexión para no olvidar lo que Dios ha hecho: «Meditaré en toda Tu obra, y reflexionaré en Tus hechos» (Sal. 77:12).
  • Adquirir entendimiento: «Hazme entender el camino de Tus preceptos, y meditaré en Tus maravillas» (Sal. 119:27).

Hay muchas bendiciones que recibimos al meditar en la Palabra. Thomas Watson escribió: «La Escritura es una carta de amor… No debemos leerla de prisa, sino meditarla. La necesidad de la meditación aparece porque sin ella nunca podremos ser cristianos piadosos. Es como un soldado sin armas. Sin la meditación, las verdades que conocemos nunca afectarán a nuestros corazones».2

Los enemigos de la meditación

En un mundo que se ha tornado irreflexivo, superficial, individualista y que corre con una prisa necia, meditar no parece necesario para ser productivos, exitosos o incluso piadosos. El apuro de correr con todo, de buscar maneras para que las tareas se terminen o de hacer y hacer para obtener algo que recompense lo que hacemos, es distintivo del ser humano que no desea parar y reflexionar.

Y esto no solamente afecta las rutinas de nuestros hogares, la crianza, sino también el discipulado, las actividades de la iglesia, porque siempre andamos buscando maneras de simplificar todo. Y el fruto de ello es impaciencia, poca tolerancia con el ritmo de nuestras hermanas, orgullo porque no hacen las cosas como deseamos o bien expectativas impuestas que no pueden cumplir. 

Algunos enemigos de este hábito espiritual son:

  • La prisa
  • La autosuficiencia
  • La apatía
  • Las preocupaciones de la vida
  • Las distracciones de lo más importante
  • Tener nuestras prioridades equivocadas
  • Venganza o auto justicia

Todos meditamos en algo. Toma un momento para recordar en qué es lo que tu mente más se detiene. Sobre qué hace historias, planifica escenarios, se angustia o se goza… Eso que te toma tanto tiempo te controla, y lo que tanto piensas es meditar. El mayor enemigo es que meditamos en las cosas erróneas. Puedes saber en qué tanto piensas por cómo hablas y de lo que más hablas. Como encargada de grupos pequeños, presta atención a qué meditan tus hermanas, al escuchar de lo que más hablan o piden oración.

Enseña a meditar

Como ves, todos meditamos. La cuestión no es si lo hacemos, sino en qué meditamos. Somos responsables de nuestros pensamientos descarriados o pecaminosos que nos alejan de la fuente de la verdad y la paz. Así que ayuda a tus hermanas a examinar en qué han estado meditando:

  • Puedes pedirles que escriban en un cuaderno aquellas cosas que dominan sus pensamientos cuando se están bañando, cuando van manejando, regularmente cuando están solas. 
  • Si es una preocupación, si es una razón para seguir enojada, si es un escenario de algo que aún no ha ocurrido, si es la respuesta de un diagnóstico médico, sea lo que sea, pídele que se haga la pregunta: «¿Y qué dice la Biblia al respecto? 
  • Si ha pecado, que traiga su pecado a Dios para recibir de Él perdón. 
  • Busquen juntas una verdad de quién es Dios o una promesa de Dios para vivirla.

Si están leyendo un libro de la Biblia o un estudio bíblico, aunque el estudio no lo diga, pídeles que en la siguiente reunión escojan y compartan un versículo sobre lo hablado, que expongan todo lo que han pensado sobre ese pasaje: acerca de Dios, acerca de ellas y su situación actual. 

Muchas de nosotras meditamos juntas casi sin darnos cuenta cuando contamos con detalle lo que nos pasó o lo que nos dijeron, y al hablarlo, muchas veces entendemos más lo que ha sucedido y, al recibir consejo o retroalimentación de lo que compartimos, estamos meditando juntas. Como hermanas en Cristo, lo que compartimos no debe ser meramente el detalle de lo sucedido, sino lo que la Biblia dice para aconsejarnos, consolarnos y hacernos más a la imagen de Cristo. Al final, ese es el objetivo.

1 Edmund Calamy, El Arte de la Meditación Divina (Londres, 1680), 59.

2 Watson, Christian on the Mount, 65-67.

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Sobre el autor

Susana de Cano

Susana vive en la Ciudad de Guatemala. Es esposa de Sergio Cano con quien tiene tres hijos, Sergio Alejandro, Daniela y Susi, quien recientemente esta casada con Esteban. Es apasionada por enseñar la Palabra de Dios a otras mujeres para … leer más …


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