La autopromoción: un pecado respetable

«Un buen perfume no necesita anunciarse».

— C. H. Spurgeon

Vivimos en una cultura que celebra la autopromoción. Lo vemos por todas partes: en libros, en redes sociales, en programas televisivos y, lamentablemente, aún dentro de la iglesia, entre nosotras, hijas de Dios.

Podríamos llamarlo un pecado respetable, socialmente aceptado, porque quien habla de sí misma parece estar simplemente diciendo «la verdad». Este impulso se introduce de manera sutil en nuestras conversaciones, casi sin que lo notemos.

Una mirada interior al problema de la autopromoción

¿Cuál es el origen de este afán de hablar de lo que hacemos, de nuestras familias, de nuestros logros? La respuesta bíblica es clara: el orgullo y su hija, la jactancia. Y muchas veces, en nuestros grupos pequeños, solemos hablar más de lo que hacemos que de la Palabra de Dios.

En el fondo, si somos honestas, se trata de un deseo intenso de ser alabadas, una esclavitud al veredicto del otro sobre ti. Queremos destacar, ser vistas y, más aún, impresionar, aun a costa de disminuir a los demás. La mirada deja de estar en Dios y se vuelve al «yo».

No es casual que el Señor Jesús denunciara precisamente este problema en los fariseos:

  • Aman el orar de pie para ser vistos (Mt. 6:5).
  • «Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no hacer ver a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt. 6:17-18).

Más adelante, el Señor Jesucristo pone el dedo sobre la llaga al revelar el verdadero problema del corazón: «Porque amaban más el reconocimiento de los hombres que el reconocimiento de Dios» (Jn. 12:43).

La gloria de los hombres es una recompensa inmediata; tenemos esta necesidad imperiosa de ser validadas por las personas. Este sentimiento pecaminoso nos lleva a olvidarnos del propósito esencial de nuestra vida: glorificar a Dios y gozar de Él por siempre.1

El problema del corazón caído es que tiene una sed que nunca se sacia. Hoy recibimos un halago y mañana necesitamos otro. La alabanza humana es pasajera y frágil: hoy podemos estar en un pedestal y mañana caer en el olvido.

La Escritura redirige nuestro corazón al recordarnos que solo Dios, que nos creó, nos conoce plenamente y nos acepta en Cristo. Él sabe nuestros defectos y virtudes, y reconoce los dones que Él mismo nos ha dado. Entonces, ¿de qué podríamos gloriarnos? (1 Cor. 4:7). La verdadera evaluación, y la única que importa, viene de Él. De Dios procede la alabanza que realmente vale.

Cuando nos autopromovemos, en realidad revelamos cuán satisfechas estamos de nosotras mismas. Como bien señala Tim Keller, este pecado siempre está muy ocupado en tres cosas:

  1. Llamando la atención hacia sí mismo.
  2. Jactándose de lo que hace o posee.
  3. Comparándose constantemente con los demás.

S. Lewis observó que el orgullo es, por naturaleza, competitivo.2 Consiste en el placer de tener más que el otro: más reconocimiento, más capacidad, más servicio, más «piedad».

Hablando del apóstol Pablo, Tim Keller señala que su identidad y su valor personal no estaban atados al veredicto de los demás. De hecho, ni siquiera dependía de su propia evaluación (1 Cor. 3:21–4:7).3

Ese pasaje nos conduce al punto decisivo: cuando el Señor venga, sacará a la luz lo oculto y revelará las intenciones de los corazones. «Entonces cada uno recibirá de parte de Dios la que le corresponda» (1 Cor. 4:5).

Mi hermana, ¿no te asombra que el Creador de los cielos y de la tierra tendrá una alabanza para ti? No busques la alabanza de los hombres. Dice la Escritura: «Que te alabe el extraño, y no tu boca» (Prov. 27:2).

Sin embargo, cuando la alabanza no llega sola, podemos ser tentadas a hacer el intento sutil de provocarla, con frases como:

«En realidad, no canté tan bien…».

«Esta comida no salió tan buena…».

«Habría querido tener más tiempo para prepararme mejor…».

Puede que suene humilde, pero, en el fondo, estamos atrayendo la mirada hacia nosotras, buscando con astucia el elogio que no llegó espontáneamente. Y cuando no aparece, sentimos una tristeza difícil de explicar. Es el corazón sediento por un halago más. Es su comida favorita, ¡como el azúcar para un niño! Es mejor decir: «¿Me puedes dar retroalimentación para crecer?».

Discerniendo el corazón

¿Cómo puedo identificar estos movimientos del corazón?

  • Antes que nada, orando para que el Espíritu Santo nos ayude a ver este punto ciego que difícilmente percibimos en nuestros propios corazones.
  • Observando lo que realmente pensamos de nosotras mismas, lo cual se refleja en nuestras palabras y en la constante referencia al yo.
  • Notando cómo nos hace sentir la admiración secreta por nuestro desempeño espiritual, familiar o ministerial.
  • Detectando la comparación con otros y la satisfacción cuando creemos superarlos.
  • Preguntándonos con honestidad si nos entristece que otros reciban reconocimiento.

Estas señales revelan cuánto dependemos aún de la aprobación humana y, en última instancia, la profundidad del pecado que aún mora en nuestro corazón.

El remedio de la gracia

La Escritura no solo diagnostica el problema; también nos muestra el remedio.

Primero, debemos recordar el evangelio: Cristo pagó por nuestros pecados y nos vistió con Su justicia. Estamos unidas a Él. De modo que todo lo que somos y tenemos viene de lo alto (Stg. 1:17).

Segundo, debemos mirar a Cristo mismo. Siendo Dios, tenía toda razón para exaltarse; sin embargo, se humilló hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp. 2:5-8). Tristemente, la palabra «humildad» es tan común entre creyentes que puede llegar a perder su significado. Pero el Señor le da a la humildad un valor supremo y nos ordena imitarlo a Él en esto.

«Aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón» (Mt. 11:29). ¿Cómo podemos aprender de Jesús a ser humildes? Filipenses 2:3–11 nos da la respuesta:

  • No hacer nada por vanagloria.
  • Estimar a los demás como superiores a nosotros mismos.
  • Adoptar la mente humilde de Cristo.
  • Recordar que quien se humilló fue finalmente exaltado por Dios.

El Hijo cubrió Su gloria divina en un cuerpo humano, ¡oh, qué amor sin límites! Y, precisamente por eso, el Padre lo exaltó hasta lo sumo y le dio un nombre que está por encima de todo nombre.

Cuando aprendemos la humildad de Cristo, llega una paz más profunda y un gozo más limpio. El corazón deja de correr tras la aprobación humana y comienza, por fin, a descansar.

Descansa de la comparación.

Descansa de la necesidad de impresionar.

Descansa de la búsqueda interminable de alabanza.

Porque ha encontrado algo infinitamente mejor: la sonrisa de Dios. ¡Esa es la alabanza excelente!

Tercero, debemos llenar nuestro corazón de Su Palabra (Col. 3:16). Dice la Escritura que «de la abundancia del corazón habla su boca» (Lc. 6:45). Un corazón lleno de Cristo hablará de Cristo. Un corazón lleno de sí mismo… hablará de sí mismo.

Caminando en humildad: la cualidad esencial del reino de Dios

La humildad también se cultiva en lo cotidiano:

  • Interesándonos sinceramente por nuestras hermanas y sus cargas.
  • Agradeciendo a Dios por permitirnos reflejar algo de Su carácter.
  • Confesando nuestro pecado de robarle la gloria y pidiéndole perdón por centrarnos en nosotras y no en Él, que es el único que merece toda la alabanza.

Si al leer estas líneas te sentiste convicta de pecado, lo mismo que yo al escribirlas, recuerda Su promesa: que el Señor es bueno y perdonador, «Abundante en misericordia para con todos los que te invocan» (Sal. 86:5). Y modélalo a tus hermanas para crear una cultura de humildad, amor y adoración genuina al Señor.

  1. Catecismo Menor de Westminster, pregunta No. 1.
  2. Tim Keller; La libertad de olvidarse de uno mismo; p. 28.
  3. Idem; p. 42.

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Sobre el autor

Gloria de Michelén

Gloria de Michelén, esta casada con el pastor Sugel Michelén desde 1981, ha enseñado a mujeres, tanto en su propia iglesia -Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo- en Santo Domingo, República Dominicana, así como en Cuba, España, Colombia , Venezuela y … leer más …


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