La empresa Gallup —que se dedica a hacer análisis globales, encuestas y consultoría— realizó una encuesta en 2022 en los Estados Unidos acerca de cuántos consideran que la Biblia es literalmente la Palabra de Dios. Los resultados que te muestro a continuación son las respuestas de las personas encuestadas que se identifican a sí mismas como cristianas:
El 25 % dijo que la Biblia es verdaderamente la Palabra de Dios.
El 58 % dijo que la Biblia es la Palabra inspirada de Dios.
El 16 % dijo que es un libro antiguo que contiene fábulas.1
Lo más significativo es que los encuestados afirman ser cristianos; sin embargo, menos de la mitad cree que la Biblia es realmente la Palabra de Dios, y poco más de esa cantidad cree que es inspirada por Dios. De manera que, cuando como maestras nos presentamos ante un grupo de mujeres, es importante que tengamos estos datos en cuenta.
Eso significa que quizá muchas de nuestras oyentes pueden no estar convencidas de la naturaleza del libro que están estudiando. ¿Cómo podemos ayudarlas, entonces, a ver la Escritura como lo que realmente es, la Palabra inspirada, infalible e inerrante de Dios?
En la segunda carta del apóstol Pablo al joven Timoteo podemos encontrar ayuda. Cuando Pablo escribió esta carta, estaba llegando al final de su vida y lo sabía. No porque estuviera enfermo, sino porque estaba convencido de que sería ejecutado. Timoteo, por su parte, estaba ministrando en un lugar difícil, Éfeso, una ciudad muy idólatra, plagada por la inmoralidad. A eso se añadían falsos maestros que venían a atacar la iglesia. Todos estos factores podían fácilmente contribuir al desánimo o a desviarse del camino de la verdad.
Pablo quería que Timoteo fuera diferente de esos otros maestros, para que no se desviara, para que no perdiera de vista el camino. ¡Quería que Timoteo se mantuviera firme en la verdad! Por cierto, una verdad que había aprendido primero de su madre y su abuela.
Es en esta carta donde se encuentra un pasaje de la Escritura con el que de seguro estás muy familiarizada: «Toda Escritura es inspirada por Dios» (2 Ti. 3:16a).
Esto significa que lo que tenemos en nuestras manos no es producto de mentes humanas brillantes. ¡No! La idea es que Dios mismo exhaló, sopló estas palabras. ¡No hay otro libro que tenga a Dios como autor! No obstante, la Biblia tiene una doble dimensión, humana y divina. Es decir, contiene las palabras exactas que Dios quiso que en ella estuvieran, pero usó autores humanos, con sus propios estilos, en sus contextos.
Dios no les dictó palabra por palabra, por decirlo de alguna manera, sino que sobrenaturalmente, mediante el Espíritu Santo, inspiró las palabras que ellos escribieron. Esa es la razón por la que la autoridad y el poder de este libro están en su origen, en Dios que lo inspiró.
No pasemos por alto que el versículo dice toda la Escritura. Eso significa que desde Génesis 1 hasta Apocalipsis 22, ¡todo fue inspirado por Dios, vino de Él! Aunque en el momento en que Pablo escribió esta carta el Nuevo Testamento no existía todavía como lo tenemos hoy, sí sabemos que algunos de los textos que circulaban ya se consideraban como Escrituras, entre ellos, cartas del mismo Pablo (ver 2 Pedro 3:15-16).
El propio Jesús nos dejó clara su confianza en la autoridad de las Escrituras como la Palabra de
Dios:
- Resistió al diablo citando las Escrituras: «Pero Jesús le respondió: “Escrito está: ‘No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’”» (Mt 4:4).
- Afirmó que Él es el centro de las Escrituras: «Comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras» (Lc. 24:27).
- Para hablar del matrimonio, hizo referencia a las Escrituras (ver Mateo 19).
- Cuando habló de cómo agradar a Dios y obtener vida eterna, regresó a lo que dicen las Escrituras: «Ustedes examinan las Escrituras porque piensan tener en ellas la vida eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio de Mí!... Porque si creyeran a Moisés, me creerían a Mí, porque de Mí escribió él» (Jn. 5:39).
- Cuando enseñó que Él es el cumplimiento de la ley (ver Mateo 5 y 6).
Para Jesús no había otra autoridad que la que hoy nosotras encontramos en la Palabra de Dios, porque viene de Dios mismo.
Sin embargo, quisiera que no olvidáramos esto: llegar al convencimiento de que la Escritura es inspirada por Dios lo hace Dios mismo. Es Él quien abre nuestros ojos para que podamos ver las maravillas de Su ley (Sal 119:18). Aunque podemos presentar argumentos históricos, literarios y demás, la convicción de que la Biblia es la Palabra misma de Dios —y por tanto tiene toda autoridad— solo nos la da Él. Es parte de la experiencia de fe que vivimos. Y nuestra labor es afirmar a nuestras hermanas lo que Él dice de Su Palabra.
La función de la Palabra de Dios no es darnos conocimiento intelectual, no es tampoco contarnos historias lindas, ni es un libro de historia en el sentido más estricto, aunque sí contiene hechos históricos y nos narra la historia del pueblo de Israel. Pero ese no es su propósito principal. Su propósito principal es mostrarnos quién es Dios, revelarnos a Dios y Su plan redentor para la humanidad… ¡Mostrarnos el camino de la salvación!
Todo lo que necesitamos saber sobre Dios está en la Biblia. Todo lo que realmente necesitamos para vivir en Su diseño está en la Biblia. Lo que necesitamos conocer sobre nuestro futuro está en la Biblia. Todo lo que Dios quiere que entendamos sobre nosotras mismas está en la Biblia. Nuestra fuente de sabiduría, alegría, verdad, claridad, ¡está en la Biblia! Porque Sus palabras son vida.
Lo que tenemos en nuestras manos es un tesoro porque, literalmente, es la Palabra de Dios. Y esa verdad es lo que le confiere autoridad en nuestras vidas. Por eso Pablo exhorta a Timoteo de esta manera, y nos exhorta a nosotras también. No hay otra enseñanza ni otra Escritura en la que podamos permanecer, que nos mantenga ancladas en la verdad.
Hermana, si esta Palabra es inspirada, exhalada por Dios mismo, entonces Sus verdades no caducan, no expiran, no pasan de moda. Resistirán la prueba del tiempo. Este mensaje nunca cambiará porque Dios no cambia; Él es inmutable. Y si Él no cambia, Su Palabra tampoco. Lo que creemos acerca de Dios impacta también lo que creemos sobre Su Palabra. Si Dios es veraz, entonces Su Palabra también lo es. Y lo será siempre. Entonces, maestra de la Palabra, ¡puedes enseñarla con la certeza de que la Biblia es la Palabra de Dios! Y puedes animar a tus hermanas a examinarla para encontrarte con tu Salvador y de esa manera afirmar que la Biblia es verdaderamente la Palabra de Dios.
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