Maestra, enseña la moda del reino

Hablar de la modestia en nuestros días suena como si retrocediéramos en el tiempo a la época medieval o victoriana, cuando las mujeres se cubrían el cuerpo de pies a cabeza, procurando así no llamar la atención, y mucho menos provocar a hombre alguno. Pero lo cierto es que el llamado a la modestia no es un asunto retrógrado, sino que es un llamado bíblico, y la Biblia con todas Sus enseñanzas no caduca ni pasa de moda. Es la norma para toda mujer que dice ser cristiana, y es un tema que debemos tratar dentro de la Iglesia.

Como maestras del bien a cargo de un grupo pequeño, tenemos la responsabilidad de hacer que las que lo componen entiendan el significado y el alcance de lo que significa ser mujeres modestas. Dios es quien nos ha colocado en medio de ellas y debemos hablar donde Dios habla y callar donde Él ha callado. Así que empecemos primero por lo primero: definir la palabra modestia.

La palabra griega para modestia es sophrosune y significa «templanza, buen juicio, cordura de mente y autocontrol». Esta palabra deriva a su vez de otra palabra griega, sophron, la cual alude al respeto por los límites establecidos por Dios, incluyendo también significados como sobriedad, sencillez, sensatez, pudor, recato y decoro. Lo contrario a esto es presunción, ostentación, inmodestia, altanería, vanagloria y vanidad. ¡Líbranos, Señor, de estas cosas!

La instrucción divina de vestirnos con modestia la encontramos en 1 Timoteo 2:9:

«Asimismo, que las mujeres se vistan [se adornen] con ropa decorosa, con pudor y modestia, no con peinado ostentoso, no con oro, o perlas, o vestidos costosos, 10 sino con buenas obras, como corresponde a las mujeres que profesan la piedad».

Aunque dicho mandato se encuentra en el contexto de la adoración congregacional, lo cierto es que la piedad, es decir, la devoción y reverencia a Dios de corazón que se manifiesta a través de una vida consecuente y consagrada a Su voluntad, no solo se vive cuando nos congregamos, sino en cada momento de nuestro diario vivir. Por lo tanto, ser modestas es un llamado a un estilo de vida.

En el pasaje expuesto no se nos dice que andemos desaliñadas, sino, por el contrario, que andemos adornadas. La palabra adornada proviene de la palabra griega kosmeo, de donde se deriva la palabra «cosmético», eso que usamos todos los días para embellecernos y acicalarnos. Vemos cómo la Biblia nos dice que Sara, Rebeca y Raquel eran de hermoso parecer y lindo semblante. Nosotras somos el reflejo de Dios y Él es un Dios de belleza y hermosura. 

La mujer de Proverbios 31 vestía de lino fino y púrpura; las vestiduras sacerdotales junto al efod y el pectoral nos dicen que daban al sacerdote honra y hermosura; así que, quitemos de nuestra mente el asociar modestia con descuido o desarreglo o con usar poca ropa o solo lucir ropa elegante. No nos vestimos para nosotras, sino para reflejar al Rey Santo.

¿Pero qué significa realmente andar con modestia? ¿Tiene que ver esto con el largo de la falda, el usar o no pantalones, andar sin mangas o con mangas cortas? ¿Hay una indumentaria específica para la mujer cristiana? ¿Hay una lista de reglas por la cual regirnos?

Si diéramos una lista de qué usar o no usar, caeríamos en el legalismo, y lejos de nosotras esté tal cosa. Pero si pasáramos por alto los principios bíblicos, estaríamos ofendiendo al Dios que nos creó y nos dice la manera en que Él desea que Sus hijas se vistan. Así que, en esto tenemos que ser balanceadas y nada dogmáticas.

En Proverbios 7 nos encontramos con una mujer adúltera que se vestía de forma provocativa y hablaba con zalamería, y en Isaías 3:16 las mujeres israelitas se ensoberbecieron, andando con cuello erguido, mostrando sus exuberantes joyas y, cuando caminaban, hacían son con los pies, lo que indica un caminar llamativo y seductor.

Entonces, como nuestros cuerpos y lo que usamos también reflejan una imagen de lo que somos en nuestro yo interior, lo primero que deberíamos preguntarnos es: ¿Quién es el tesoro de mi corazón? ¿Dios o yo? ¿Para quién nos vestimos? ¿Para agradar a Dios o a los demás? Si tuviéramos en mente continuamente lo que nos enseña 1 Corintios 6:20: «Porque han sido comprados por un precio. Por tanto, glorifiquen a Dios en su cuerpo y en su espíritu, los cuales son de Dios»; creo que pensaríamos dos veces qué cosas usar o desechar de nuestro ropero.

Según este versículo, aunque está en el contexto de evitar la inmoralidad sexual, su alcance va más allá. Sabemos que una inmoralidad no surge de la noche a la mañana, sino que es algo que sucede sutilmente, como un barco que lentamente se aleja de la orilla y termina en medio de un mar profundo. Descuidar o no valorar debidamente el precepto bíblico de vestir decorosamente hace que poco a poco esto nos vaya pareciendo menos dañino o como algo exagerado, pero como nuestra carne es débil, no sabemos hasta dónde esta actitud nos podría llevar.

Por lo tanto, es comprometiéndonos a glorificar a Dios en todo lo que hacemos que seremos libradas de ese espíritu mundano, sensual y desvergonzado que hace que hoy la desnudez o la poca ropa se vea como algo normal o como una expresión de autenticidad que no corresponde a una mujer del Señor.

Nos vestimos y conducimos modestamente porque amamos a Dios, y en vez de llamar la atención sobre nosotras a través de la apariencia, deseamos que esa apariencia refleje algo de Él y el evangelio que creemos. No tomar en cuenta esto al vestirnos podría conducirnos a vanidad, orgullo, presunción y desdén por aquellas mujeres que tienen estilos sencillos. Cada una de nosotras tiene cuerpos diferentes y gustos diferentes. Una mujer puede ser delgada y otra más rellenita. Una más alta y otra baja. A algunas les gustan los estampados y a otras las rayas.

Así de diversas nos creó el Señor, y eso es hermoso. Pero aun así la norma sigue siendo la misma: debemos mostrar recato, pudor y modestia en cada ambiente en el cual nos desenvolvemos, pues cada uno tiene un protocolo a seguir. A una boda no iremos en pantalones de mezclilla, como tampoco iremos a ver a un presidente o a una cita de trabajo de manera informal y descuidada. Si eso es en asuntos terrenales, ¡cuánto más lo será ante un Dios santo, a quien pertenecemos no solo por diseño, sino porque nos compró para hacernos reyes y sacerdotes para Él!

Así que, nuestra recomendación sería que estudiemos nuestros cuerpos y veamos qué los hace lucir armónicos, modestos y reflejos de la santidad de nuestro Señor, pues no toda ropa nos asienta por igual a todas. Para esto debemos preguntarnos: ¿Es apropiado, es decir, va con la ocasión? ¿Es decente, o enseña partes de nuestro cuerpo que deben estar cubiertas? ¿Llama mucho la atención o se ve moderado? ¿Nos vestimos para impresionar a los demás y así ser admiradas? ¿Deseamos levantar celos en otras? ¿Deseamos incitar a los hombres? ¿Seguimos nuestras emociones para vestirnos? ¿Creemos la mentira de la cultura de que seamos lo que queremos ser?

Lo que vestimos es un reflejo de lo que hay en nuestros corazones. Por eso debemos evaluarnos constantemente, ya que la mundanalidad nos pisa los talones. Tampoco deberíamos dejarnos impresionar por lo que la industria de la moda impone como tendencia o por las marcas que promueven. Detrás de muchas de esas empresas, lo que se procura es sobredimensionar el impacto, no de la feminidad, sino de la sensualidad de la mujer y de un llamado a un empoderamiento sexualizado y libertino, pues mientras más se expone el cuerpo, más atractiva una mujer es.

Seamos fieles al Señor definiendo nuestro estilo de una manera bíblica y de acuerdo con el llamamiento de esparcir el grato olor de Jesucristo dondequiera que vayamos, sin irnos a los extremos de la ostentación o el desaliño. ¿Algunos nos llamarán anticuadas y puritanas? Pudiera ser, pero esto no debe importarnos, pues lo que deseamos es Su sonrisa y no la aprobación de las personas.

Si en algún momento nos sentimos inseguras en cuanto a la vestimenta, miremos a las mujeres piadosas que nos rodean. Precisamente, eso es lo que animamos en nuestro grupo pequeño, que puedan preguntar y abrir su corazón en estos asuntos, para preguntar qué ropa nos favorece o desfavorece. Nunca está de más pedir un consejo. Como maestras del bien, nosotras modelamos a nuestras hermanas cómo se ve lo que estamos enseñando, pero enseñémoslo con gracia, evitando el legalismo. Todas necesitamos a una hermana mayor, a una anciana que nos guíe en amor.

Decidamos hoy ser mujeres que desde la cabeza hasta los pies reflejen al mundo que somos creyentes, que no solo proclamamos el evangelio, sino que somos reflejo de Sus instrucciones, y que, al mirarnos, digan: «Eso que dice creer lo vive en verdad hasta el más mínimo precepto». Y, cada vez que nos vistamos, tengamos esto en mente: 

«Ya sea que coman, que beban o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios». —1 Corintios 10:31

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Sobre el autor

Margarita de Michelén

Mejor conocida por Maggie, recibió por la gracia de Dios a Jesucristo como su Señor y Salvador en el año 1980. Está casada con Eric Michelén desde 1981. Ambos desde su juventud han servido en Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo. … leer más …


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