La mentira: un mal común

Recuerdo que a mis 8 años, cuando el personaje de Hello Kitty estaba de moda, yo quería tener todo lo que llevaba su imagen. Ya estaba en el colegio, así que, imitando a mis compañeras, quería el lapicero, los marcadores y hasta el borrador de Hello Kitty. Pero mis padres no pensaron lo mismo. A ellos no les importaba si estaba de moda o no; sencillamente ya tenía un perfecto borrador blanc y unos buenos marcadores que aún tenían tinta, así que no había necesidad de más.

Un día fuimos de compras al supermercado, ¿y qué creen? Me encontré con todos los útiles escolares de Hello Kitty que me decían: «Llévame contigo». Mis ojos se hicieron grandes al ver los hermosos borradores. Por supuesto que mis padres no respondieron a mi capricho. Pero el deseo de mi corazón me nubló, y tomé el borrador, lo guardé en mi bolsa y me lo llevé.

Mi mamá, que siempre revisaba mi bolsa, me preguntó: «¿Y este borrador?». Yo respondí con un reflejo casi automático y sin pena alguna: «Me lo regalaron en el colegio». Mi mamá no quedó muy convencida, pero lo dejó pasar. La siguiente noche tuve una de las pesadillas más horribles de esa etapa. Yo aún no era creyente, pero crecí en un hogar donde me inculcaron la existencia de Dios, pero de un Dios que estaba sentado en Su trono esperando a que me equivocara para castigarme o que me portara bien para premiarme.

En la mañana le confesé a mi mamá que había mentido sobre la procedencia del borrador porque en realidad me lo había robado. Mi mamá me hizo ir al supermercado a pagar por él y me dijo: Aunque tú creas que nos puedes engañar, a Dios nadie lo engaña. Él lo ve todo. Y luego me dijo: No te acostumbres a mentir porque se vuelve costumbre para responder ante toda situación con la que no quieres lidiar con la verdad.

Quizá te produzca risa mi fechoría infantil. Y creo que justo eso es lo que pasa con pecados como la mentira, el egoísmo, la glotonería, etc., que fácilmente se pueden «dejar pasar» porque hay alguna manera de justificarlos «santamente». En mis siguientes años, y ya como cristiana por la gracia de Dios, sirviendo en discipulado en la iglesia, me encontré con que la mentira es un mal común. La hemos visto de maneras tan románticas que perdemos el asombro de que, en efecto, Dios ve, Dios sabe, y a Sus hijas Dios las disciplina para que amemos la verdad. De esta situación aprendí dos verdades: (1) Dios es juez, pero también es gracia. (2) La verdad siempre es mejor porque nos hace libres del engaño al que estamos propensas a caer.

El problema de la mentira es un problema del corazón

Aunque la mentira es socialmente aceptable, sigue siendo pecado. Piénsalo de esta manera. ¿Te tomarías el agua pura de un vaso que no fue lavado, sino solo medio limpiado? Claro que no. Entonces, ¿por qué consideramos que una pequeña mentira no hace daño? El problema no es solo moral, es espiritual porque la necesidad de mentir procede de un corazón que aún peca.

Pablo, en el contexto de la vida cristiana y la identidad de un creyente, dijo a los de Colosas: «Dejen de mentirse los unos a los otros, puesto que han desechado al viejo hombre con sus malos hábitos, y se han vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de Aquel que lo creó» (Col. 3:9-10). 

Despojarse de esos malos hábitos no es solo en cuanto a conducta, porque el pasaje paralelo a Colosenses que se encuentra en Efesios 4 dice que se despojen «del viejo hombre, que se corrompe según los deseos engañosos» (Ef. 4:22). Notemos los adjetivos: «deseos engañosos». Eso es precisamente lo que sucede en la mente de una persona que se ha habituado a mentir. Confía en sus deseos, que son engañosos, pues para cubrir una mentira necesitas otra mentira… y la cadena se vuelve interminable. 

La realidad es que todos hemos recurrido a la mentira en algún momento de nuestra vida como una forma de lidiar con lo que no queremos enfrentar, decir y admitir. Y ese deseo nace del corazón que no está amando la verdad, que es la que verdaderamente trae reconciliación y honra al Señor.

Algunas maneras en las que justificamos el mentir:

  • Para que no sufra
  • Porque me da pena
  • Porque se volverá más grande
  • Mejor se lo dejo a Dios
  • Todo el mundo lo hace 

¿Qué abarca la mentira?

  • Engañar
  • Exagerar
  • Minimizar
  • Esconder
  • Quitar
  • Poner

La mentira es todo aquello que no se conforma con la verdad. Una media verdad es mentira. Es lo que vemos en el jardín del Edén. ¿Y quién es el padre de la mentira? Satanás (Jn. 8:44). Dios aborrece la mentira (Prov. 6:16-17, 19). Pero, como con todo pecado, en Su gracia, Él ha provisto la salida.

El evangelio es la respuesta

La buena noticia es que, si el problema de la mentira es un problema del corazón, Cristo es la solución. En la cruz, Cristo lidió con nuestros pecados, incluyendo la mentira. Nos justificó, es decir, no más deuda por nuestros pecados. Nos santificó; ahora vivimos para servir a Dios y crecer en santidad al mirar a Cristo. Lastimosamente, aún vivimos en un cuerpo mortal, sufriendo las consecuencias del pecado original, que es la inclinación a pecar, a pesar de haber sido rescatadas de esa vieja manera de operar.

Cristo nos dio un nuevo corazón. No solo remendó el que teníamos, nos da a Su Espíritu para vivir en la verdad porque Él es la verdad. Entonces, no se trata de esforzarnos más, se trata de rendirnos, de descansar y confiar en Su bendita obra en nuestro lugar. No se trata solo de mentir menos, se trata de mortificar esa perversa motivación de engañar para honrar al Salvador que decimos amar. Y la buena noticia es que Él nos ayuda. No nos deja solas (Flp. 2:12-13).

A veces obra a través de exponer nuestro pecado y sufrir las consecuencias, pero Su promesa es que nos disciplina por amor para que participemos de Su santidad (Heb. 12:10). Y Su gracia es nuestra fortaleza. Recordemos que siempre nos podemos acercar a Él con nuestro pecado, recibir Su perdón y Su limpieza a nuestro corazón; es la buena noticia en la que descansamos.

¿Cómo confrontar a alguien que está habituado a mentir?

La Biblia dice: «Por tanto, dejando a un lado la falsedad, hablen verdad cada cual con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros». (Ef. 4:25).

  • Habla la verdad en amor (Ef. 4:15). No confrontes imponiendo más cargas. Por ejemplo: «¿Cómo es posible que tú hayas mentido de esa manera? Me decepcionaste». O peor aún: «¡¿Qué van a decir de nuestro grupo o la iglesia?!». 
  • Más bien, haz preguntas, como: «¿Reconoces que tienes un problema con la mentira? ¿Por qué crees que mientes? ¿Qué ganas o buscas en hacerlo? Y escúchala. Luego, permite que ella te comente qué hay en su corazón, e incluso si hay un historial de que esto ha ocurrido en otras ocasiones. O si solo fue esta vez (Col. 3:16).
  • Y luego, llévala al arrepentimiento (Stg. 5:19-20). Y confía en la convicción que trae el Espíritu Santo (Jn. 16:8-9). Recuérdale que no puede cambiar sola ni mejorarse a sí misma; necesita la ayuda del Señor, rendirse a Él una y otra vez.
  • Ofrécele acompañarla con un plan de lectura y oración (Ef. 4:1-3).

Una nota para ti, maestra

Muchas veces, como encargadas de grupo y ministerio, las mujeres nos confían sus luchas o somos intermediarias de una situación. Guarda las luchas de tus hermanas; no andes contando lo que tus hermanas te han confiado. A menos que, como enseña Mateo 18, no haya arrepentimiento y necesites llevarlo a los pastores. Especialmente si esa hermana tiene un papel de servicio dentro del ministerio, busca a tus pastores para sabiduría. 

Recuerda que no eres juez de nadie. Y, porque amas la verdad, más que el asombro de un pecado, ora y no dejes pasar aquello que puede traer división, una convivencia de hipocresía o la tolerancia de un pecado que le hará daño a tu hermana. La mentira es parte de las ideologías de este mundo que están trastornando vidas, familias e iglesias. No participemos de las artimañas de Satanás. Guardemos nuestro corazón, el de nuestras hermanas y nuestras iglesias porque somos fácilmente engañadas, y descansemos en el Señor.

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Sobre el autor

Susana de Cano

Susana vive en la Ciudad de Guatemala. Es esposa de Sergio Cano con quien tiene tres hijos, Sergio Alejandro, Daniela y Susi, quien recientemente esta casada con Esteban. Es apasionada por enseñar la Palabra de Dios a otras mujeres para … leer más …


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