Maestras como canales de vida

Hace un tiempo tuve el privilegio de asistir a un taller intensivo para mujeres sobre el estudio y la enseñanza de la Palabra de Dios. Durante dos días y medio, 60 mujeres estudiamos un libro corto de la Biblia en grupos pequeños y sesiones generales. Fuimos instruidas sobre varios temas relacionados con el uso fiel de la Palabra, y sobre cómo formular una enseñanza que refleje de manera acertada el contenido del pasaje. Regresé a casa con el corazón lleno y con mi cerebro haciendo corto circuito por sobrecarga. 

Sin embargo, mi corazón y mi cerebro no estaban llenos de métodos, ni herramientas para estudiar la Biblia, ni técnicas para desarrollar un ministerio de mujeres. Esas cosas son útiles y necesarias, pero hubo algo más básico, fundamental y más importante con lo cual Dios llenó mi corazón ese fin de semana.

No hay nada sobre la faz de la tierra que merezca más mi atención, tiempo, prioridad y amor que la santa Palabra de Dios. Por lo tanto, no hay nada mejor que yo pueda modelar u ofrecer a las mujeres que enseño que la pura y preciosa Palabra de Dios.

Si eres una maestra bien intencionada, como yo me consideraba, quizá estés pensando: «¡Amén, hermana! Así es. Así pienso y vivo yo también». De hecho, antes de asistir a este taller, yo también me veía como alguien que ama y prioriza la Palabra, que la trata con cuidado y debida atención, y que se acerca a ella con humildad. Incluso, había enseñado a otras mujeres sobre la importancia de estas cosas y, hasta cierta medida, pensaba que las había practicado. 

Pero Dios me humilló y reveló mi dura realidad. Me mostró que frecuentemente tengo una perspectiva hombre-céntrica en la enseñanza; y me dio convicción sobre tres áreas. Espero que tú también puedas ser moldeada para un mayor uso en las manos del Espíritu Santo. 

1. Las maestras reconocen que solo la Palabra de Dios produce vida y transformación. La debida respuesta es confianza completa. 

Cuando comienzas a enseñar la Palabra a otras mujeres es fácil perderse en la tarea de preparación o en el desarrollo de técnicas favorables de comunicación. Es más, es posible pasar horas y horas preparándote, y perder por completo el punto principal. Ni mi bosquejo, ni mis ilustraciones, ni mis aplicaciones, ni mis chistes, ni mi comprensión astuta del pasaje tendrá un impacto sobre otros. La única fuente de vida espiritual y transformación espiritual es la misma Palabra de vida. En ella reside el poder y la vida. 

Encuentro que puedo afirmar estas palabras con mi boca (o con mis dedos en este caso), y al mismo tiempo estarlas inconscientemente negando en la práctica. Puedo abrir mi Biblia, prender mi computadora, sacar los comentarios, juntar las Biblias de estudio que están en la casa y sentarme a trabajar con esa actitud de: «Veamos qué puedo sacar hoy de aquí para ayudar a las mujeres de mi iglesia a cambiar». ¡No reconocería mi actitud autosuficiente si me sacara de mi silla y se sentara en mi lugar! Si estudio y no «encuentro» mucho, me siento desanimada y frustrada por mi falta de inteligencia y astucia. O quizá mi autoconfianza no es tan sutil, y afirmo: «yo puedo hacer esto, soy una buena maestra». En cualquiera de los dos casos, mi confianza está depositada de lleno sobre mí misma. 

La única respuesta apropiada a la Palabra de Dios cada vez que la abro es confianza completa en la Palabra. Ella es viva, poderosa y eficaz. Jesús dijo que Él es la Palabra. Este Libro no es solo un libro, hace una obra activa en sus lectores y oidores que yo jamás podré hacer. Cuando estudio y medito en sus verdades para poder compartirlas con otros, estoy simplemente descubriendo el poder vivificante que ahí se revela y levantándolo a la luz para que otros lo vean. La Palabra merece mi máxima confianza. 

2. Las maestras solo son un canal. La debida respuesta es humildad. 

Algunas veces lucho con saber cómo debo ver mi rol como maestra, sabiendo que la Palabra misma tiene tanto poder y no me «necesita» para hacer su obra en otros. Un concepto que me ha ayudado es entender que como maestras de la Palabra solo somos un canal. ¿Qué hace un canal? Piensa en ciudades que no tienen acceso a agua limpia y por medio de un sistema de canales se les bombea el agua que necesitan. El canal no hace que el agua sea de más alta calidad, ni más limpia, tampoco hace que esa agua dé más vida de la que ya ofrece para las personas que la necesitan; pero el canal se encarga de impedir contaminación y asegurar que el agua llegue hasta donde debe llegar.

De una manera parecida, las maestras podemos servir como canales de las verdades vivificadoras y transformadoras que la pura y poderosa Palabra ofrece a las mujeres. Esto debe motivarnos a estudiarla cuidadosamente y a comunicarla acertadamente; pero también debe producir en nosotras una profunda humildad. 

Ninguna parte de la obra que Dios hace por medio de su Palabra se puede atribuir a nuestros esfuerzos o habilidades humanas. Así que, compararme con otra maestra no tiene sentido porque ¡nosotras no somos el punto! Somos simples canales. La preciosa Palabra puede llegar a las mujeres por muchos canales diferentes, en cantidades y tiempos variados.

3. Las maestras nunca dejan de aprender y crecer. La debida respuesta es perseverancia fiel. 

El mismo espíritu de humildad que me hace reconocer que solo soy un canal para que la Palabra viva y eficaz llegue a otras personas, también me llevará a reconocer que me falta mucho por aprender. En el taller al que asistí había varias mujeres que llevan años asistiendo. Quedé impactada por su actitud. No hubo rastro de una actitud tipo «aquí estoy para impartir mi gran sabiduría a ustedes las novatas». Al contrario, yo describiría la disposición de las instructoras y líderes de grupo como hambrientas. Querían seguir aprendiendo y creciendo. La humildad había producido hambre en ellas, y yo quería esa hambre. Su seriedad comunicó un sincero deseo de crecer constantemente en su comprensión y uso de la Palabra porque reconocen lo vital que es en la vida de cada mujer. 

Curiosamente, cuando reconocemos cuánto nos falta por aprender y qué tan lejos estamos de la meta, ¡no hay ninguna razón para desanimarnos! La tarea de aprender y crecer en la Palabra es diferente a cualquier otra tarea que emprendemos en casa o en el trabajo. Es una tarea perpetua para esta vida, inconclusa en ciertos sentidos, pero está bien porque la meta no es terminarla. La meta de nuestro estudio y enseñanza de la Palabra nunca es llegar a la perfección y «terminar el proyecto».

La meta y el privilegio de enseñar

La meta del estudio y la enseñanza de la Biblia es perseverar hacia un mayor deleite en Dios y su Palabra, y llevar a otras hacia lo mismo. Mi motivación para ser fiel no pueden ser los resultados cuantificables que veo, o no veo, en las mujeres a las que enseño. Dios se encarga de los resultados, porque es su Palabra la que hace la obra en corazones humanos. Mi motivación para perseverar fielmente en el estudio y enseñanza de la Palabra es la gloria del Autor y el deleite que puedo experimentar en Él. 

Si tienes el increíble privilegio de enseñar la Biblia a otras mujeres, confío en que Dios te dará la convicción firme de que la transformación de vida solo viene por la Palabra viva de Dios. Mi petición es que todas seamos canales humildes de esa Palabra y estemos dispuestas a perseverar en nuestra búsqueda de Dios. Démosles a las mujeres nada menos que la pura y preciosa Palabra de Dios. 

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Sobre el autor

Susi Bixby

Susi Bixby

Tiene 21 años de casada con Mateo, y ama a sus tres regalos de Dios: Aaron, Ana y David.

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