Escritora invitada: Ashley Gibson

Solo necesitaba desahogarme.

No podría decirte cuántas veces he murmurado esta frase a mi esposo, a mi mamá y a mis amigas durante los últimos meses. Pero mientras he leído el libro de Números, viendo cómo el pueblo de Dios se quejaba continuamente, y observando cómo Su ira se encendía contra ellos cuando lo hacían, el Espíritu Santo me ha impulsado suavemente a mirarme más de cerca. Me gustaría invitarte a acompañarme en este recorrido también.

¿Qué significa desahogarse?

La palabra desahogarse puede ser difícil de definir. Es uno de esos términos camaleónicos que cambia de significado dependiendo de la situación y de quién lo esté usando. La mayoría del tiempo, si tú o yo somos quienes nos estamos desahogando, lo presentaríamos bajo una luz positiva: diríamos que simplemente estamos expresando nuestra opinión, soltando frustración o hablando sobre algo que nos molestó.

Pero cuando otros se desahogan con nosotras, con mayor facilidad etiquetamos sus palabras como queja, chisme o expresión de amargura. Esta es la sutileza de nuestros corazones centrados en nosotros mismos. Tendemos a suavizar el lenguaje que rodea nuestro propio pecado, pero no tenemos problema en llamarlo por su nombre en la vida de otros.

El Señor nos creó para vivir en comunidad y se nos ordena llevar las cargas los unos de los otros (Gál. 6:2). Debemos confesar nuestros pecados unos a otros (Stg. 5:16), orar unos por otros (Stg. 5:16) y buscar consejo sabio de otros creyentes (Prov. 11:14).

Pero me preocupa que algunas veces podamos usar estas gracias dadas por Dios como una justificación para pecar. Entonces, ¿dónde está la línea? ¿Cuál es la diferencia entre un desahogo inocente y un desahogo pecaminoso? La diferencia involucra tanto las palabras que dices como la postura de tu corazón.

Desahogo y contentamiento

Para ayudarnos a encontrar esa línea, el pastor John Piper plantea dos preguntas útiles. Primero, pregunta: «¿Existe una fe profunda y establecida en la providencia totalmente sabia y totalmente buena de Dios que te da un contentamiento inquebrantable en Él debajo de todas tus insatisfacciones?».¹

Muchas veces, cuando nos desahogamos, sin darnos cuenta estamos atacando el carácter de Dios al decir que no estamos satisfechas con Sus decisiones y provisiones para nuestra vida.² Fue Charles Spurgeon quien una vez dijo: «Si alguna otra condición hubiera sido mejor para ti que aquella en la que estás, el amor divino te habría puesto allí. Has sido colocada por Dios en las circunstancias más apropiadas».³

El apóstol Pablo escribió desde la prisión: «He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación» (Fil. 4:11). José fue vendido como esclavo, acusado falsamente y encarcelado; aun así dijo: «Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo encaminó para bien» (Gn. 50:20). ¿Cuál es nuestra actitud cuando enfrentamos circunstancias frustrantes o dolorosas?

Esto no significa que debamos permanecer en situaciones abusivas, ignorar el pecado o dejar de intentar mejorar nuestras circunstancias en la medida de nuestras posibilidades. Lo que sí significa, sin embargo, es que incluso cuando nos desahogamos, nuestros corazones y nuestras palabras deben estar empapados de un contentamiento y una seguridad inquebrantables, fundamentados en confiar en la bondad y providencia de Dios.

Como dice Piper: «Nuestra respuesta más profunda a nuestras circunstancias debería ser: “Dios, mi Padre bueno, amoroso, sabio y fuerte, me ha dado… esta mano difícil. Estas circunstancias dolorosas y complicadas vienen, en última instancia, de la providencia sabia, fuerte y soberana de mi Padre: de Su mano. Él busca mi bien. Inclino mi corazón delante de Él y digo con María: ‘Soy Tu sierva. Haz conmigo como Tú consideres mejor’” (Lucas 1:38)».⁴

Si nuestro desahogo no está sostenido por esta verdad, entonces hay un problema.

¿Dios y otros? ¿O nosotras mismas?

Esto nos lleva a la segunda pregunta que Piper nos invita a considerar: «Cuando expresamos nuestras insatisfacciones, ¿lo hacemos por odio al pecado (lo cual es bueno), por celo por la gloria de Dios y por amor a las personas? ¿O simplemente estamos envueltas en nosotras mismas?».⁵

No está mal que el pecado y la injusticia nos molesten. La Escritura deja espacio para que podamos «sentir y expresar gran insatisfacción frente a circunstancias dañinas y, al mismo tiempo, señalar a la persona culpable que las está causando».⁶

Pablo hace esto en Tito 1:10–13. Y aun así debemos tener cuidado. Necesitamos preguntarnos si nuestro corazón realmente está enfocado en corregir una conducta pecaminosa y buscar la gloria de Dios o si simplemente estamos buscando validación para nuestra miseria, evitando guía sabia, corrección o soluciones al problema.

Y luego está el asunto del segundo gran mandamiento: «Ama a tu prójimo como a ti misma» (Mt. 22:39). Esta no es una tarea pequeña. Todas tenemos personas en nuestra vida sobre quienes es más fácil desahogarnos que amarlas, y aun así amarlas es el mandato. ¿Por qué?

Porque todos los seres humanos fueron creados a imagen de Dios y, por lo tanto, tienen valor inherente (Gn. 1:27). Porque Cristo dice que el mundo sabrá que somos Sus discípulos por cómo amamos (Jn. 13:35). Porque si no tenemos amor, no tenemos al Padre (1 Jn. 4:8). Porque somos personas que primero fuimos amadas por Dios (1 Jn. 4:19), quien se entregó por nosotras cuando todavía éramos Sus enemigas (Ro. 5:8–10).

Cuando nos desahogamos, nuestra preocupación principal suele ser nosotras mismas y nuestra comodidad, pero todo lo que hacemos como creyentes debería estar motivado primero por nuestro amor por Dios y luego por nuestro amor por otros. Si no podemos decir que el amor es lo que motiva nuestro desahogo, probablemente es una señal de que hemos cruzado la línea entre la inocencia y el pecado.

Antes de desahogarte

No siempre es fácil discernir si nuestros corazones están fluyendo desde el contentamiento en Dios y el amor hacia otros o si están arraigados en el egoísmo, la amargura o el descontento. Debido a que la línea puede sentirse tan delgada, podríamos sentirnos tentadas a movernos al extremo opuesto: no decir nada en absoluto. La santidad a la que somos llamadas como creyentes (1 Pe. 1:15–16) es un estándar alto, imposible de alcanzar por nosotras mismas.

Sin embargo, la santidad no requiere silencio. Sigue siendo posible pedir oración, buscar consejo sabio y hablar con creyentes de confianza sobre las cosas que están sucediendo en tu vida. La misma Escritura nos invita a este tipo de dependencia humilde y ánimo mutuo. Para ayudarnos a aterrizar esto de manera práctica, aquí hay algunas preguntas que puedes hacerte antes de hablar:

  • ¿Hablar de esto despierta comportamientos pecaminosos en mí, como chisme, deshonestidad u hostilidad; o actitudes pecaminosas del corazón como celos, descontento o amargura?
  • ¿Estoy honrando a Dios tanto con mi actitud como con mis palabras como representante de Su reino?
  • Si una persona no creyente me escuchara decir esto, ¿vería claramente una diferencia evidente entre mí y el mundo?
  • ¿Estoy sacando este tema porque realmente quiero procesarlo y aprender a responder de una manera sabia y que honre a Dios?
  • ¿He hablado directamente con la persona cuyo comportamiento me está molestando?
  • ¿Estoy amando al Señor y a mi prójimo al tener esta conversación?
  • ¿Estoy reviviendo una situación antigua porque sigue sin resolverse en mi corazón y se ha convertido en una raíz de amargura?

Aunque esta lista no es exhaustiva, puede ayudarnos a traer conciencia a nuestros corazones antes de involucrar nuestras palabras y a nuestros vecinos. Si en algún momento estas preguntas empiezan a revelar que estás cruzando la línea hacia un desahogo pecaminoso, detente un momento.

Ora al Señor. Pídele que cambie tu corazón y te ayude a poner freno a tu lengua. Y si logras detener tus palabras, pero todavía te descubres pensando: Necesito contárselo a alguien; te animo con ternura a ir al Señor. Hay un himno conocido que ha estado dando vueltas en mi mente mientras reflexionaba sobre esto durante las últimas semanas: ¡Oh, qué amigo nos es Cristo!

La tercera estrofa dice:

¿Habrá otro amigo tan fiel

que comparta nuestro afán?

Jesucristo sabe todo;

lleva todo a Él en oración.⁷

Querida amiga, no hay nadie más fiel, más compasivo ni más digno de confianza para derramar tu corazón que Él.

Mejor que un plan de respaldo

En un reciente tiempo de oración del equipo de Aviva Nuestros Corazones, la integrante del equipo Kim Zolman compartió esta reflexión de Dark Clouds, Deep Mercy de Mark Vroegop: «Cualquiera puede llorar, refunfuñar y quejarse; pero solo los justos ofrecen sus lágrimas, sus quejas y sus lamentos como oraciones al Dios vivo».⁸

¡Qué gozo y qué alivio! ¿Quién más que nuestro Dios tiene sabiduría infinita? ¿Quién más conoce cada detalle de la situación? ¿Quién más conoce íntimamente cada rincón de tu corazón? ¿Quién más tiene todo el poder para producir cambios en tus circunstancias?

Llevar tus dificultades delante del Señor no es un plan alternativo para cuando no puedes desahogarte correctamente con una amiga; es un privilegio muchísimo mayor. Con frecuencia no lo vemos así porque no entendemos correctamente al Señor ni valoramos la relación que tenemos con Él. Como hijas adoptadas de nuestro Padre celestial, tenemos acceso a Su oído. Él no nos dará una piedra cuando pidamos pan.

Nuestro Dios no nos está pidiendo que reprimamos nuestros sentimientos ni que ignoremos las dificultades en nuestra vida. No. Nos está ofreciendo algo muchísimo mejor. El Rey del universo se inclina para escucharnos y ofrecernos gracia diseñada específicamente para cada situación, cada día.

1 John Piper, “Is Venting the Same as Complaining?,” Desiring God, March 17, 2023, https://www.desiringgod.org/interviews/is-venting-the-same-as-complaining.

2 Nancy DeMoss Wolgemuth (@nancydemoss). 2026. “Is your heart dissatisfied or discontent today?” Instagram, February 13, 2026, https://www.instagram.com/reel/DUs834TjtMR/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=MzRlODBiNWFlZA==.

3 Charles H. Spurgeon, Morning and Evening: Daily Readings (Crossway, 2003), November 11, Evening.

4 John Piper, “Is Venting the Same as Complaining?,” Desiring God, March 17, 2023, https://www.desiringgod.org/interviews/is-venting-the-same-as-complaining.

5 Piper, “Is Venting the Same as Complaining?”

6 Piper, “Is Venting the Same as Complaining?”

7 Joseph Medlicott Scriven, “What a Friend We Have in Jesus,” 1855.

8 Kim Zolman, Revive Our Hearts Staff Prayer, adapted from Dark Clouds Deep Mercy by Mark Vroegop (Crossway, 2019).

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