El 10 de enero del 2026, Robert Wolgemuth, amado y querido esposo de Nancy DeMoss Wolgemuth, partió de su cuerpo terrenal y de este mundo quebrantado, y entró en la gloria de la eternidad con Cristo.
En memoria de Robert, queremos compartir el primer capítulo de «Confía en Dios para escribir tu historia», el libro que él y Nancy escribieron juntos, el cual captura su historia personal. Al leerlo, esperamos que seas consolada y fortalecida por la misma confianza que marcó la vida y el testimonio de Robert: «El Autor de nuestras historias es fiel hasta el final».
No hace mucho tiempo fuimos invitados a una cena de trabajo en un hermoso restaurante en el centro de Grand Rapids, Michigan.
Cuando llegamos, le dimos al maître el nombre de nuestro grupo. De inmediato nos acompañó a un salón privado, donde nuestro mesero nos recibió cordialmente. Una vez sentados, nos entregó a cada uno un menú encuadernado en piel, con el nombre del restaurante grabado en la portada. Muy elegante.
Luego, al abrir los menús, nos sorprendió encontrar la más reciente tecnología de pantallas táctiles. Fue genial.
Tomaron nuestra orden y luego nos pusimos cómodos y tuvimos una conversación agradable, y sin interrupciones. En el tiempo perfecto, nuestro mesero regresó primero con los aperitivos y, un poco después, con las ensaladas; pero cuando volvió la siguiente vez, venía acompañado de tres meseros más, quienes traían nuestros platos fuertes. Era la primera vez que veíamos a esos otros tres, pero parecían saber exactamente quién había pedido qué. Esto era especialmente impresionante porque los platos que sostenían estaban cubiertos con brillantes domos cromados.
Al colocar nuestras cenas frente a nosotros, los cuatro meseros se miraron entre sí en espera de una señal, entonces, exactamente al mismo tiempo, levantaron las cubiertas plateadas… seguidas por un coro de exclamaciones de admiración.
Los platos fuertes que aparecieron ante nosotros tras la gran revelación eran exactamente lo que habíamos pedido. Muy bien hecho.
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El problema es que, cuando se trata de la vida real, lo que hay en nuestros platos bajo esos domos cromados a menudo es algo que no pedimos y que quizá ni siquiera queremos. Y como la selección en los platos de los demás es claramente visible, podemos sentirnos tentados a comparar el nuestro con el de ellos.
«Eso no es justo», podemos protestar. «Esto no es lo que yo quería. ¿Por qué no me tocó aquel platillo en lugar de este?».
Para empeorar las cosas, puede ser que ni siquiera hayamos tenido la oportunidad de «ordenar» nada.
Lo que preferiríamos sería elegir lo que nos parece atractivo —nuestras esperanzas y sueños de «una mejor vida ahora»— y luego que el mesero regresara, levantara el domo plateado y… ¡Voilà! ¡Exactamente lo que queríamos! En ocasiones ese puede ser el caso, pero a veces no lo es. A menudo no lo es. La soberanía divinamente asignada de Dios suele ser una sorpresa para nosotros los mortales.
Entonces, ¿por qué confiaríamos en un Dios que no nos da lo que queremos?
De hecho, ¿por qué un Dios bueno y amoroso nos serviría porciones poco apetecibles?
Gracias, pero paso. Puedes quedarte con tu cáncer.
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Este libro trata sobre confiar en Dios para que Él escriba tu historia, pero como ya hemos dicho, en realidad se trata de la historia de Dios, Sus caminos, Su atento cuidado sobre Su creación, Su providencia.
Providencia no es una palabra que se escuche mucho en la conversación cotidiana, de hecho, una búsqueda en Google Books muestra que el uso de esta palabra en textos impresos ha disminuido de manera constante desde el año 1800, pero es una palabra y un concepto increíblemente importantes.
Dentro de esta palabra de cuatro sílabas se encuentra una palabra más corta «proveer», que combina el latín «videre», que significa ver (piensa en «video»), con el prefijo «pro», que significa antes. Pro-videre, «ver antes», eso está en el corazón de la providencia de Dios.
Dios va delante de nosotros, Él ve y conoce todo antes de que siquiera suceda y Él provee todo lo que necesitaremos en ese momento.
Detente y piensa en eso por un instante. Imagina la paz, el consuelo y la esperanza que tendríamos si realmente creyéramos que Él conoce y ve todo lo que está delante de nosotros antes de que ocurra, y que ya ha provisto todo lo que necesitaremos cuando lleguemos allí. ¡Qué libertad del temor, la ansiedad y el miedo debería darnos eso!
Por eso yo (Nancy) suelo decir: «¡Me encanta vivir bajo la providencia!». Qué regalo tan maravilloso es esto para nosotros.
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Si pudiéramos sentarnos con Jesús y conversar sobre la providencia, tal vez Él la explicaría con una sencilla ilustración, tal como lo hizo hace mucho tiempo en una colina de Galilea:
«Miren las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No son ustedes de mucho más valor que ellas?¿Quién de ustedes, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?Y por la ropa, ¿por qué se preocupan? Observen cómo crecen los lirios del campo; no trabajan, ni hilan. Pero les digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos». -Mateo 6:26–29
Aves, flores silvestres, seres humanos; en Su providencia, Dios sostiene, viste y cuida a toda Su creación.
Cuando Jesús quiso ayudar a las personas a entender y confiar en la providencia de Dios, les recordó que Dios hace un trabajo más que suficiente alimentando a las aves y vistiendo a las flores. Entonces, ¿qué significa eso para ti? Significa que tienes un Dios que se interesa profundamente por ti y que suplirá tus necesidades. Él no solo observa a las aves comer ni se limita a tomar fotos de flores blancas. Él está personalmente involucrado en alimentarlas y vestirlas. Y lo que Él hace por ellas, lo hará por ti.
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Pero eso no es todo lo que implica la providencia de Dios. Esta palabra también habla de Su gobierno sabio y soberano sobre cada detalle de Su creación.
¿Dónde estaríamos sin el conocimiento seguro de que «Él tiene al mundo entero en Sus manos» y que cada detalle de nuestras vidas y de nuestros días está ordenado por nuestro Dios sabio, omnisciente y amoroso? Lejos de ser una carga aplastante o de disminuir nuestro valor, la providencia de Dios es un regalo grande y precioso. Ser víctimas indefensas del azar, sacudidas por las tormentas de la vida, sería algo permanentemente desconcertante y trágico. Gracias a Dios, no es así.
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El libro del Éxodo en el Antiguo Testamento incluye muchos momentos providenciales. Uno de los más dramáticos ocurrió cuando los israelitas finalmente fueron liberados de sus captores egipcios. Huían hacia el oriente, pero había un problema. Llegaron a un enorme cuerpo de agua, sin forma de cruzarlo ni rodearlo, y sin botes ni chalecos salvavidas. Además, un ejército feroz venía tras ellos, moviendo sus espadas y cargado de hostilidad.
En las siguientes horas, la providencia de Dios se manifestaría de una manera que haría que alimentar aves y vestir flores pareciera un juego de niños, pero Su pueblo no confió en que eso sucedería. A pesar de la fidelidad constante de Dios hasta ese momento, a pesar de haber visto a Yahvé realizar un milagro espectacular tras otro a su favor, temieron por sus vidas y regresaron a su respuesta característica: la queja. «¿Acaso no había sepulcros en Egipto para que nos sacaras a morir en el desierto?», reclamaron a Moisés mientras estaban de pie a la orilla del mar Rojo (ver Ex. 14:11–12).
Sin dejarse intimidar, Moisés tenía otro plan. Él confió en Dios. Demostrando así que era el hombre indicado para la tarea, y anunció a la multitud inquieta y temerosa:
«No teman; estén firmes y vean la salvación que el Señor hará hoy por ustedes… El Señor peleará por ustedes mientras ustedes se quedan callados» (Éxodo 14:13–14).
Y Él respondió. No solo proveyó un camino a través del agua y ahogó al ejército perseguidor, sino que luego guió a aquel grupo desorganizado de israelitas por el desierto, proveyéndoles alimento, agua, protección y mucho más, hasta que finalmente llegaron a la tierra que Él les había prometido.
Es como una sombra ver a Dios alimentar a las aves o de contemplar con asombro las pequeñas flores blancas esparcidas en el bosque.
Nuestro Padre celestial mira nuestras circunstancias, nuestras preocupaciones y nuestros temores ansiosos, y dice: «Ánimo, hijo mío. Yo me encargo de esto».
Es posible que en este momento no puedas ver Sus propósitos o Su plan, pero por Su gracia puedes descansar en Su Providencia, confiando en que…
Él es bueno.
Él es fiel.
Y puedes confiar en Él para que escriba tu historia.
Este extracto fue adaptado del libro «Confía en Dios para escribir tu historia», escrito por Nancy DeMoss Wolgemuth y Robert Wolgemuth, (Chicago: Moody, 2019). Usado con permiso.
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