Cuando el día de las madres es gris

Mi madre murió el día de las madres. Suena paradójico, ¿no? Ocurrió hace 6 años. Para ese momento yo tenía 35 años y mi mamá 62.

Justo ayer se celebró el «Día de las madres» en mi país, la República Dominicana. Este año en particular coincide con la misma fecha, en la que mi madre fue a celebrar en la presencia de Su Salvador.

Para mí, en lugar de ser una jornada de festejo, es un día gris, con muchas emociones mezcladas entre recordarla y el dolor que trae consigo el evocar ese día. También hay una paz en medio de todo al saber que ¡Dios es BUENO! Y que aún, en medio de este dolor, su amor nunca me ha dejado, ni me dejará.

Entre tantas cosas que he aprendido durante estos 6 años de ausencia es, en primer lugar, que no está mal expresar mi dolor porque la extraño. Hay tantos momentos en los que he querido compartir y celebrar con ella. Todavía lloro cuando la recuerdo, porque me hace mucha falta. Quisiera poder abrazarla una vez más y decirle cuanto la amo. Nada de eso está mal.

También he aprendido lo más valioso: Dios no es ajeno a mi dolor. Que el evangelio es la esperanza que realmente nos sostiene. Su bondad ha estado conmigo en todos y cada uno de los dos mil doscientos veintidós días que he pasado sin mi madre. He podido palpar lo que nos dice en su Palabra:

«Bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios.»

2 Corintios 1:3-4

Esto me ha enseñado que, si bien es cierto que vendrán situaciones a nuestras vidas que nos harán sufrir, llorar y que traerán dolor; estas no son razones para quedarnos en esa situación sino, más bien, para que las veamos como oportunidades de mostrar a Cristo. Esa misma consolación, que Dios en su gracia me otorgó, es para que yo pueda, de la misma manera, acompañar a otras personas que llegan a mi vida, y decirles con certeza: «Yo te entiendo, y sé por lo que estás pasando»… pero no solo eso, sino apuntar a Aquel que es capaz de calmar el dolor. Aquel que puede consolar como nadie más puede, Aquel que puede entender el dolor por el cual estás pasando, más que yo misma, Aquel que sanó mi dolor, Aquel que todavía hoy, sigue secando mis lágrimas cada día de las madres.

Pensaba que no iba a llorar hoy o cada vez que la recuerde, pero al final, vuelvo a sollozar. Sin embargo, no son gotas de amargura, ni lamentos por cuestionamientos. No. Tampoco puedo decir que es un día que disfruto, sería mentir, aun así, trato de ver a las mujeres que Dios ha puesto en mi vida, aquellas que de una manera u otra, han sido como madres para mí y doy gracias por ellas porque, el hecho de tenerlas en mi vida es una muestra más del amor y el cuidado de Dios.

Otros dos versículos que traen paz y agradecimiento a Dios son: Salmos 146:9 y Deuteronomio 10:18, donde dice que «él guarda y protege al extranjero y al huérfano», y en mi caso en este momento soy las dos cosas. Dios ha sido fiel sin yo merecerlo, a Él le ha placido que esa sea mi condición y de una forma u otra es una manera clara de dejarme saber que Él sigue sentado en su trono y que Él reina.

Mi intención no es quitar la importancia a tu dolor si al igual que yo, para ti el día de las madres es gris. Si en tu caso no quieres ni celebrarlo, sino todo lo contrario, mi deseo es decirte, a ti que sufres hoy, que Dios es un Dios cercano, que no es ajeno a tu aflicción y que Él es el único que puede cambiar tu dolor en gozo. Me gustaría recordarte el salmo que me sostuvo en las horas más oscuras y que, todavía hoy, me sostiene cuando llegan días como estos:

Oh, Dios, Tú eres mi Dios; Te buscaré con afán.

Mi alma tiene sed de Ti, mi carne Te anhela

Cual tierra seca y árida donde no hay agua.

2 Así Te contemplaba en el santuario,

Para ver Tu poder y Tu gloria.

3 Porque Tu misericordia es mejor que la vida,

Mis labios Te alabarán.

4 Así Te bendecirán mientras viva,

En Tu nombre alzaré mis manos.

5 Como con médula y grasa está saciada mi alma;

Y con labios jubilosos Te alaba mi boca.

6 Cuando en mi lecho me acuerdo de Ti,

En Ti medito durante las vigilias de la noche.

7 Porque Tú has sido mi ayuda,

Y a la sombra de Tus alas canto gozoso.

8 A Ti se aferra mi alma;

Tu diestra me sostiene.

9 Pero los que buscan mi vida para destruirla,

Caerán a las profundidades de la tierra.

10 Serán entregados al poder de la espada;

Presa serán de las zorras.

11 Pero el rey se regocijará en Dios;

Y todo el que por Él jura se gloriará,

Porque la boca de los que dicen mentiras será cerrada.

Salmos 63

Solo en Dios podremos encontrar el consuelo que tanto anhela nuestra alma. Solo Dios puede llenar cualquier vacío que exista en tu corazón.

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Sobre el autor

Yamell Jaramillo

Yamell Jaramillo

Yamell es originaria de la República Dominicana, actualmente vive en la ciudad de Bogotá, Colombia. Ama la palabra de Dios, es firme en sus convicciones y vive apasionadamente la vida cristiana. Procura la prudencia, la sobriedad y la modestia, anhelando ser como la mujer de Proverbios 31.

Tiene un especial cuidado por aquellos a su alrededor y, por la gracia de Dios, su corazón está siempre presto a discipular y aconsejar a las mujeres de su entorno. Junto a su esposo Omar, estudia la Palabra, vive el señorío de Cristo, enseña el sabio consejo de Dios a otros y disfruta las bondades de la vida.
Forma parte del ministerio Aviva Nuestros Corazones, como encargada de contenido y administrando los blogs Mujer Verdadera y Maestra Verdadera.

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