Cuando un líder te falla

Es una realidad que a lo largo de nuestro caminar como hijas de Dios, nos encontremos con creyentes y líderes espirituales que nos fallan o, incluso, que pueden llegar a lastimarnos. 

Es una tendencia natural y completamente humana poner nuestros ojos en seres finitos y pecadores. ¡Lo entiendo perfectamente! Son personas que podemos ver y con quienes podemos hablar. Los admiramos y los tenemos como ejemplo a seguir por la forma en que andan en los caminos de Dios. 

Aunque sabemos que no fuimos llamadas a poner nuestros ojos en ellos, sino más bien en Jesús, lo hacemos. Y tarde o temprano ellos nos fallan. ¿Por qué? Porque son hombres pecadores que, al igual que nosotras, necesitan de la gracia de Dios. Hoy te quiero animar a poner tus ojos en el lugar correcto y a consolar tu corazón con las promesas de Dios. Así que, ¿qué debes hacer cuando esto suceda?

Hace algunos meses el Señor permitió que mi familia y yo atravesáramos por una situación difícil. Fueron momentos de dolor e incertidumbre. Un líder nos había fallado. Sin embargo, puedo decirte con toda seguridad que Dios nunca nos abandonó; más bien, nos tomó de la mano y ha permanecido fiel a cada paso del camino. 

A continuación, comparto contigo algunas verdades que me ayudaron y que puedes encontrar en el Salmo 37. Este salmo tiene 40 versículos llenos promesas que estoy segura te ayudarán a ti también. Permite que la Palabra de Dios consuele tu corazón al renovar tu entendimiento de quién es Él y lo que Él hace por nosotras como sus hijas.

  1. El Salmo 37:1-2 dice «No te irrites». Esa era precisamente mi reacción natural: desanimarme, enojarme e incluso poner mi rabia como pretexto para yo también obrar mal. Si ellos pecan, ¿entonces por qué yo no? Pero esa no es la actitud que glorifica a Dios.

«Confía callado en el Señor y espérale con paciencia; no te irrites (…)» Salmo 37:7

«Deja la ira y abandona el furor; no te irrites, sólo harías lo malo» Salmo 37:8

Una ola de sentimientos inundaba mi cuerpo. Quería llorar, gritar, me sentía frustrada y lastimada. ¿Qué no se daban cuenta? ¡Nos estaban lastimando! Todo esto era una injusticia. No obstante, Dios me pide algo que es completamente contrario a mi tendencia natural. ¿Qué no me irrite? ¿Qué deje la ira? ¿Qué abandone el furor? Sí, «…sólo harías lo malo»; pero entonces, ¿cómo lo hago? 

  1. Llenando tu mente y tu corazón con las verdades de Dios. En medio de mis tribulaciones, Dios trajo a mi mente quién era Él y lo que Él puede hacer por mí. Él promete: Darme las peticiones de mi corazón (v. 4), actuar (v. 5), hacer resplandecer mi justicia como la luz y mi derecha como el medio día (v. 6), conocer mis días (v.17 y v.18), sostenerme (v. 17), ordenar mis pasos (v. 23), sostener mi mano (v.24), no abandonarme (v. 28), preservarme para siempre (v. 28). Y mi favorita: Dios promete ser mi fortaleza en el tiempo de la angustia (v. 39), ayudarme (v. 40), librarme (v. 40) y salvarme (v.40) porque en Él me refugio. 

¿No es hermoso? ¿No es Dios digno de mi confianza? Tengo un Padre amoroso que se encarga de cada aspecto de mi sufrimiento y mi dolor y que, en medio de mi incertidumbre, lo único que tengo que hacer es correr hacia Él, esconderme en el hueco de su mano y confiar en su soberanía.

  1. Es cuando pongo las cosas en la perspectiva correcta que mi corazón puede estar confiado y puede descansar en que Dios es soberano, que Él conoce todas las cosas y que Él defiende mi causa (Salmo 82:3). Él sabe qué es lo mejor. Así puedo confiar en el Señor (v.3 y v.5), hacer el bien (v.3), cultivar la fidelidad (v.3), poner mi delicia en el Señor (v.4), encomendar mi camino a Él (v.5), confiar callada en el Señor (v.7) mientras le espero con paciencia (v.7), dejar la ira (v.8) y abandonar el furor (v.8), no irritarme (v.8), apartarme del mal (v.27), hacer el bien (v.27), esperar en el Señor (v.34) y guardar Su camino (v. 34).

Mi habilidad para perdonar a quien me ha fallado viene de reconocer mi propia necesidad de Él, de reconocer mi propio pecado. Escojo perdonar y dejar mi aflicción en las manos del Señor porque de Él viene mi salvación, Él defiende mi causa, Él es mi refugio en tiempo de aflicción. El Señor actúa y salva. Él nos salvará porque nos refugiamos en Él (v.39-40). Él es digno de mi confianza y en Él está acallado mi corazón. Así que, ¡pon tus ojos en Él! Y si las personas a tu alrededor te lastiman o te fallan, perdona y encomienda tu causa «a aquel que juzga con justicia». Recuerda sus promesas, recuerda que Él es fiel y el único que nunca falla. 

«Yo fui joven, y ya soy viejo, y no he visto al justo desamparado, ni a su descendencia mendigando pan» Salmo 37:25

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Sobre el autor

Pamela Espinoza

Pamela Espinoza

Actualmente reside en la ciudad de Monterrey, México de donde es originaria y donde trabaja como maestra. Vive con sus papás y dos hermanos menores. Sirve como traductora voluntaria para el ministerio de Aviva Nuestros Corazones desde el 2015. Siempre está dispuesta a tener una buena conversación con una taza de café caliente, planear el siguiente viaje o salir a correr un sábado por la mañana.

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