El poder destructivo de la envidia

¿Sabes lo que me roba la alegría? Compararme con los demás. Me comparo particularmente con los éxitos, las posesiones y los atributos de aquellos que me rodean. Cada vez que lo hago, es el primer paso en una pendiente resbaladiza. Es muy difícil compararme con otra persona y no terminar sintiéndome orgullosa o envidiosa. Ninguna de estas actitudes me acerca a Dios, sino que siempre me alejan de Él.

La envidia no es algo de lo que hablamos mucho. Y si se discute, tendemos a tomarlo a la ligera como si no fuera un gran problema. En realidad, la envidia es un cáncer mortal del alma que desea algo que alguien más tiene, sin embargo, no se limita al deseo. La envidia codicia y a menudo conduce al resentimiento hacia la persona que posee lo que queremos.

La envidia no es agradable

Si bien los celos a veces tienen connotaciones positivas en la Escritura, la envidia nunca las tiene. Proverbios 14:30 dice: «…pero las pasiones son podredumbre de los huesos». Necesitamos desesperadamente luchar contra la envidia; sin embargo, debido al mundo en el que vivimos impulsado por las redes sociales, la sociedad ha resultado ser más envidiosa. Continuamente llevamos la vida de todos los demás en nuestros bolsillos; por esta razón, es extremadamente difícil no ser víctima del ataque silencioso, pero feroz, de la envidia.

La envidia nos ciega a la bondad de Dios

Dios es bueno con nosotras, no hay duda de eso. Dios nos demostró Su increíble bondad cuando Jesús murió voluntariamente en una cruz por nuestros pecados pagando el castigo que merecemos para que podamos tener lo que no merecemos: la eternidad en el cielo con Él.

Sin embargo, la bondad de Dios para con nosotras se vuelve borrosa cuando caemos presas de las garras de la envidia. En realidad, la envidia es una proclamación de que Dios nos está reteniendo alguna cosa. Pensamos que, si Dios es el dador de todas las cosas, pero no tenemos algo que queremos, entonces debe ser que Dios nos está ocultando algo. La envidia distorsiona el carácter perfecto de Dios, dejándonos con una impresión errónea de nuestro Padre celestial.

La envidia actúa como si Dios nos debiera más de lo que hemos recibido, cuando la verdad es que Dios no nos debe nada. Dios ha derramado Sus bendiciones sobre nosotras desde el principio de los tiempos, pero cuando dejamos que nuestras mentes permanezcan en un estado de envidia, nos impide ver la bondad de Dios para con nosotras en el pasado, presente y futuro.

El rey Saúl es un excelente ejemplo del poder destructivo de la envidia. Al escuchar a las mujeres cantar, «Saúl ha matado a sus miles, y David a sus diez miles» (1 Samuel 18:7), Saúl sintió una gran envidia de David, quien lo tenía todo: alabanza, gloria, victoria, éxito y la bendición del Señor. De hecho, Saúl estaba tan abrumado por la envidia que intentó matar a David con su lanza al día siguiente.

Dios había sido bueno con Saúl, le había ungido dándole el Espíritu. Fue Dios quien le dio el reinado, pero la envidia lo cegó para que no viera la bondad de Dios para con él en el pasado, el presente o el futuro. Lo único que Saúl podía ver era su propia visión distorsionada. 

La envidia nos ciega de la verdad

La envidia distorsiona la realidad. Saúl era el que buscaba la vida de David, pero la envidia convenció a Saúl de creer que David tenía la intención de asesinarlo (1 Samuel 22:13). La envidia alimenta nuestras tendencias pecaminosas, lo que sea que anhelemos.Santiago 4:2 dice: «Ustedes codician y no tienen, por eso cometen homicidio. Son envidiosos y no pueden obtener, por eso combaten y hacen guerra…».

La envidia tiene el poder de hacernos creer que lo que queremos es lo que Dios también quiere 

Saúl les dijo a los de Zif que prometieron entregarle a David: «Benditos sean del Señor, porque se compadecieron de mí» (1 Samuel 23:21), como si la búsqueda de Saúl fuera santa.

En conclusión, la envidia no detendrá la Palabra de Dios, pero evitará que la Palabra de Dios trabaje en nuestros corazones. La envidia actúa como una barrera entre Dios y nosotras porque siempre es orgullosa. No sé tú, pero lo último que quiero es poner una barrera entre el Dios más maravilloso, asombroso y santo, y yo. Yo necesito al Señor.

La envidia destruye nuestro apetito por Dios

Cuando tenemos envidia, nuestro enfoque no está en Dios, sino en lo que creemos que necesitamos. Cuando alimentamos el fuego de la envidia, dejamos a Dios en un segundo plano. Cuando tenemos envidia, no podemos amar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, por el contrario, la envidia crea ídolos que colocamos por encima de Dios. Cuando anhelamos a Dios, suprimimos la envidia; cuando anhelamos la envidia, suprimimos a Dios.

Hay cosas que desearemos y nunca obtendremos de este lado del cielo. Sin embargo, nunca obtendremos lo que en realidad estamos buscando cuando buscamos obtenerlo a través de la envidia porque la felicidad duradera no reside en algo terrenal, en un atributo fugaz o un breve éxito.

Dios es el que satisface. Él es el tesoro que enriquece nuestras almas. En Su presencia está la plenitud del gozo (Salmo 16:11).

La envidia corroe nuestro afecto por Dios como un monstruo furioso; nos consume con lujuria, codicia y orgullo; pero la mayor parte del tiempo, con ira. Las mentes envidiosas nunca están satisfechas. La envidia nos hace sentir miserables cuando otras personas son felices, y nos hacen sentir felices cuando otras personas son miserables. Esa no es la manera de Dios. Romanos 12:15 dice que se supone que debemos regocijarnos con los que se regocijan y llorar con los que lloran.

Hay una razón por la que Dios hizo el décimo mandamiento «no codiciarás» (Éxodo 20:17). Sus mandamientos son para nuestra protección. «Pero la piedad, en efecto, es un medio de gran ganancia cuando va acompañada de contentamiento», le dice Pablo a Timoteo (1 Timoteo 6:6), pero la insatisfacción conduce a lugares peligrosos.

La envidia es ampliamente aceptada en la cultura actual, pero no es un comportamiento aceptable para el Señor. No solo porque no le guste, sino porque la envidia nos destruirá, causando estragos en nuestra fe.

La envidia no nos dará lo que queremos, solo nos despojará de lo que necesitamos. Lo que necesitamos es un corazón lleno de Dios, pero lo que obtenemos con la envidia es un corazón lleno de pecado. Así que no soportes la envidia, ni siquiera la entretengas. El precio de la envidia es elevado y no vale la pena pagarlo.

Confía en que el Señor te dará lo que es mejor para ti; apóyate en Él para tu gozo y satisfacción, y tu corazón tendrá todo lo que necesita. 

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Sobre el autor

Stacey Salsbery

Stacey Salsbery

Stacey Salsbery es esposa de granjero y madre de cuatro hijos. Cuando no está sirviendo una comida, viajando en un tractor con su esposo o llevando a los niños a practicar, la encontrará escapando de la locura escribiendo devocionales en Deeper Devos, donde les da a los lectores una una mirada práctica y más profunda a la Palabra de Dios. Sus cosas favoritas en el mundo (sin contar a su Salvador, esposo e hijos) incluyen decorar de casa, comprar libros nuevos y salir a correr. Stacey y su familia residen en los campos de maíz de Indiana.

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