El verano después de cumplir diecisiete años, pasaba mis días recostada sobre un banco de madera, marchitándome detrás del vidrio del sauna médico del centro donde recibía tratamiento. Mientras observaba a través del cristal a otros pacientes preparándose para sus propias sesiones, veía pasar el reloj y experimentaba las sensaciones que podían causar 150 grados de temperatura. Era un escenario irónicamente apropiado para una temporada de desierto.

Mientras estaba en el sauna, se me permitía tener un vaso de agua, una pila de toallas blancas y un par de calcetines limpios. Cualquier otra pertenencia debía quedarse en un casillero. Dos veces al día entregaba a las enfermeras mis lentes, mis ligas para el cabello y mis sandalias, pero conservaba un pequeño trozo de papel que deslizaba en mi bolsillo. Era una receta médica doblada dos veces, envuelta en celofán y firmada por el director médico del centro.

La clínica había prohibido el uso de cualquier dispositivo electrónico: teléfonos celulares, radios de comunicación, relojes inteligentes. Después de haber estado allí varias semanas, mi médico hizo una excepción. Yo era la única adolescente deambulando por el edificio, su única paciente pediátrica, una chica atravesando un dolor inmenso.

Quizá él sabía que necesitaría algo más que sanidad física cuando sacó su recetario y dejó su aprobación por escrito. Llevaba aquella nota conmigo al sauna y también un iPod tan clásico que ni siquiera tenía la luz de advertencia que se enciende cuando el dispositivo ya no puede soportar el calor. Yo no estaba segura de poder soportar el calor.

Era asfixiante sentarme sola en aquel lugar. Con frecuencia me conectaban al oxígeno, pero muchas veces eran las circunstancias las que me hacían sentir que no podía respirar. Mi enfermedad se convirtió en un lugar solitario donde vivir.

Una vez que tenía la receta conmigo, me recostaba en el sauna y presionaba el botón de reproducir en mi iPod, permitiendo que la secuencia de introducción de «Revive Our Hearts» llenara el silencio.

Bebía agua mezclada con tri-sales y recibía verdad empapada de gracia. Escuchaba mientras Nancy enseñaba las Escrituras, contaba la historia redentora de un Dios grande, un Dios soberano, un Dios que veía mi situación.

Este Dios no libró a Su propio Hijo del sufrimiento de este mundo, sino que lo envió justo al centro de él.

Emanuel, así fue llamado Su Hijo: «Dios con nosotros».

  • DIOS con nosotros.
  • Dios CON nosotros.
  • Dios con NOSOTROS.

Él no me dejó sola.

Un tipo diferente de desintoxicación

Durante las primeras semanas que estuve allí, cuando salía del sauna y caminaba hacia la ducha, las enfermeras me decían que podían oler las toxinas en mi piel. Yo me restregaba con más fuerza para quitar el olor de mi cuerpo, aunque sabía que el origen estaba mucho más profundo que la superficie.

Mientras seguía regresando a las sesiones y continuaba escuchando «Revive Our Hearts», comencé a percibir el olor de la amargura, del descontento y de la autosuficiencia que parecían filtrarse por mis poros. Quería desintoxicar el temor que llevaba puesto sobre mi piel, la desesperanza que me hacía preguntarme si existía algún propósito en medio de aquello que estaba sufriendo.

En algún momento, de alguna manera, llegó el gozo.

Mientras Nancy enseñaba acerca de la sangre de Cristo que lava nuestra inmundicia, acerca de la manera en que Cristo llena nuestro vacío con esperanza, acerca de la misericordia de Dios que sana por completo la enfermedad de nuestro pecado, algo comenzó a cambiar.

Había estado luchando con una enfermedad física durante mucho tiempo.

Durante diez años enfrenté síntomas que iban empeorando, y mi familia me llevó de médico en médico, algunos de los mejores del país, especialistas que dedicaban horas a estudiar mi caso solo para remitirme a alguien más dentro de su área o para ofrecer una solución temporal que no duraba.

Nos mudamos de la casa donde mis hermanos y yo habíamos crecido y, cuando mis síntomas se volvieron demasiado severos, me vi obligada a retirarme de la escuela secundaria.

La identidad que había construido sobre mis logros académicos se hizo pedazos; mis amigos parecían lejanos; mi futuro había perdido la certeza de un mundo que alguna vez pensé que podía controlar.

La desesperación transformó mi relación con Cristo.

Fue cuando parecía que no tenía nada, que Jesús se convirtió en mi todo.

Cualquier cosa que me haga necesitar a Dios...

No fui diagnosticada con enfermedad de Lyme neurológica crónica sino hasta que había pasado una década y, en medio de ese proceso, pude ver la verdad de las palabras de Nancy, incluso cuando llegaban envueltas en la realidad desordenada de la vida cotidiana: «Cualquier cosa que me haga necesitar a Dios es una bendición».

Yo lo creía, pero entonces comencé el tratamiento para el Lyme y empecé a regresar a algunos viejos hábitos, poniendo mi confianza en las manos de los médicos y aferrándome a la esperanza de la sanidad física. Dios ha sido misericordioso con esta paciente de aprendizaje lento.

Una y otra vez he escuchado las mentiras que dicen que una vida sin dolor, una vida sin soledad, una vida sin enfermedad de Lyme es la vida que traerá mayor satisfacción.

He puesto mi fe en análisis de sangre y frascos de medicamentos y, cuando el alivio no llega, cuando despierto con fiebre o con demasiado dolor para poder funcionar, la decepción ha sido más de lo que puedo soportar.

En esos momentos, la gracia susurrante del Espíritu Santo me dirige nuevamente al Dios que está con nosotros.

Él no me dejará sola y, ¿tener a Cristo? Es mejor que tener cualquier otra cosa que este mundo pudiera ofrecer.

Hoy estoy aproximadamente a cinco años de haber comenzado mi tratamiento para el Lyme. Sigo orando para que Dios restaure mi salud, pero incluso si no lo hace, incluso si este tratamiento fracasa, eso no cambia quién es Dios.

  • Él sigue siendo bueno.
  • Él sigue siendo todopoderoso.
  • Él sigue siendo digno de toda mi adoración.

Siempre anhelaré la salud, pero si es la enfermedad la que me acerca más a Jesús, entonces es un regalo, y estoy profundamente agradecida por ello.

Este Dios es quien me encontró en aquella temporada de desierto; y aunque el calor continúe presionando, hay paz en el refrigerio plenamente satisfactorio de Su presencia.

Él está cerca.

Y Él es suficiente.

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Sobre el autor

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Katie Laitkep

Katie trabajaba como maestra en un hospital cuando Dios la llamó a unirse a Revive Our Hearts como escritora del personal. Su sitio web, apatientprocess.com, es un registro de la fidelidad del Señor en las enfermedades crónicas, porque incluso en … leer más …


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