Enemigos de la oración apasionada

Admiro a las personas que son apasionadas. Cuando algo despierta la pasión en ti o en mí, le damos nuestro todo. Somos entusiastas, audaces, persuasivas.

Sin embargo, un área que no relacionamos con la pasión es la oración. Los seminarios y libros sobre los principios de la oración fracasan porque el tema no despierta nuestro entusiasmo. Después de años de batallas con «decir mis oraciones» al mismo tiempo que anhelaba ser apasionada en ello, finalmente comencé a identificar los enemigos de la oración apasionada en mi vida.

Mírame

La oración con frecuencia es descrita como hablar con Dios. Sin embargo, puede resultar difícil apasionarse en conversar con alguien que no podemos ver. Los expertos en comunicación confirman nuestra necesidad de sentir que nos escuchan cuando hablamos.  Las mamás dicen a sus hijos «mírame cuando te hablo». Las esposas les reclaman a sus esposos que, mientras estén conversando, dejen el periódico, suelten el control remoto de la televisión o el teléfono celular.

Mi propia vida de oración sufría porque me preguntaba si Dios realmente estaba escuchando. ¿Le creía cuando Él decía, «El Señor oye cuando a Él clamo» (Sal. 4:3)? La confianza está arraigada en las relaciones. Dios se ha mostrado fiel y digno de mi confianza a lo largo de mi relación con Él. No tenía razón alguna para no creerle; sin embargo, los tiempos de espera por Sus respuestas a mis oraciones me destrozaban.

Quienes nunca han establecido una relación personal con Jesucristo encontrarán casi imposible sentir pasión en conversar con Él. Hay una enorme diferencia entre conocer de Dios y conocerlo personalmente a través de Su Hijo.  Acudir a la iglesia cada semana puede ayudarnos a conocer de Dios, pero no es garantía de que estaremos en una relación donde lo conozcamos a Él.

Incluso aquellas que tienen una relación personal con el Señor pueden sentirse desanimadas en la oración porque no se sienten tan cercanas a Él como quisieran estar.  Cuando conocí al Señor, me dijeron que la oración me ayudaría a desarrollar una relación más cercana con Él. Pero batallé en mi vida de oración porque no me sentía cercana a Él. ¿Cómo podría acercarme a Dios si no oraba? ¿Cómo podría orar si no me sentía cerca de Dios?

¿Lo tengo que hacer?

Para algunas mujeres cristianas, la oración ha sido algo que «tenemos que hacer». Las buenas cristianas tienen que orar. Dios espera que oremos, otros cristianos esperan que lo hagamos, y nosotras lo esperamos.

Una de las formas más rápidas de matar mi pasión por algo es decirme que tengo que hacerlo. La oración se volvió tanto una tarea como una transacción: si yo quería que Dios contestara mis peticiones, Él requería que pasara tiempo con Él.

Esto me llevó a otro asesino de la pasión en mi vida de oración –enfocarme en obtener cosas de Dios. Dedicaba mi tiempo y energías procurando lo que Dios podría hacer por mí, no solamente respuestas a peticiones de salud, prosperidad y felicidad, sino incluso peticiones por mi propio crecimiento espiritual. Quería ser más santa, desarrollar los rasgos de carácter de «amor, gozo, paz, paciencia, bondad, benignidad, fe mansedumbre, templanza» (Ga. 5:22-23). Quería ser una buena esposa, dar buen testimonio, ser una buena maestra, una buena escritora.

Aunque estas peticiones suenan espirituales, todas giraban alrededor de mí. Por supuesto, Dios quiere que sea una buena esposa, una buena maestra, que le sirva llena del fruto del Espíritu Santo. Pero primero, Él solamente quiere… que esté en Su presencia. Que le alabe por quien Él es, y que busque Su corazón antes de buscar Su mano.  

¿Cascarones o entusiasmo?

Cuando estamos apasionadas por algo, se nota. ¿Has escuchado a los fanáticos en un juego de fútbol? Raras veces expresan su pasión con murmullos obligados.

Sin embargo, durante años entraba al trono de Dios como si estuviese caminando sobre cascarones. Estaba convencida de que era una muestra de respeto.  Por supuesto, nuestro Padre celestial es digno de reverencia y asombro al acercarnos a Él. Pero, pocos padres quieren que sus hijos anden de «puntitas» alrededor de ellos con temor de lo que puedan decir o hacer.  Es verdad que queremos que nuestros hijos y nietos nos respeten, pero también queremos que nos amen sin reservas. Queremos que sepan que nuestro amor por ellos va más allá de cualquier cosa que puedan pedir o imaginar.

Acercarnos a Dios tímidamente puede parecer algo bueno, pero Su Palabra nos dice otra cosa. «Por tanto acerquémonos con confianza al trono de la gracia». (He. 4:16); «Tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús» (He. 10:19).

Saber que Jesús está intercediendo por nosotras (He. 7:25), nos da la confianza de acercarnos a nuestro Padre Celestial. Si entramos a la presencia de Dios en virtud de nuestra relación con Jesucristo, entonces, acercarnos con algo menos que confianza audaz, significaría que no estamos tomándole la palabra a Dios.

Lo que desgasta la pasión

Hay otras cosas que también pueden secar nuestra pasión por la oración:

Desánimo

Cuando Dios no contesta mis oraciones como yo quiero, puedo sentirme desanimada. Pero el desánimo en la oración es otra manera de decir que no creo que Dios realmente sepa lo que es mejor. Sin embargo, mirando hacia atrás, he perdido la cuenta del número de veces que he pedido a Dios cosas por las que me siento agradecida que Él haya respondido con un rotundo «no».

Mientras más leo la Palabra de Dios y crezco en intimidad con Él, más puedo confiar en Su soberana voluntad. La seguridad que acompaña a la certeza de que, en realidad, mi Padre celestial sabe lo que es mejor, es un fuerte antídoto contra el desánimo.

Culpa

La culpa también ha sido un asesino de la pasión en mi vida de oración. Culpa por mi fracaso en pasar suficiente tiempo con el Señor. Culpa por fracasar en pasar tiempo consistente con Él. Y culpa por romper mis promesas de mejorar.

Así es que dejé de hacer complejas promesas de duplicar y triplicar mi tiempo de quietud. En lugar de intentar un incremento radical de la noche a la mañana en mi tiempo de devoción (¡y fracasar!), cada día aumenté cinco minutos a mi tiempo de quietud, durante un periodo de siete semanas.  En lugar de tratar de despertarme dos horas más temprano la mañana siguiente, ponía mi despertador quince minutos antes, aumentando 15 minutos adicionales cada semana, hasta que mi tiempo de quietud se convirtió en un tiempo protegido con mi Padre celestial.  Cambios lentos y constantes fueron teniendo éxito y renovaron mi pasión por el tiempo que paso con el Señor.

Orgullo

Para mí, el orgullo es también otro asesino de la pasión. Por años evité orar en público, no queriendo hacerlo hasta poder hacerlo «bien».  El orgullo sofocaba mi pasión por la oración porque me preocupaba más la manera en que otros percibían la forna en que oraba.

Dios me recordó que la oración está dirigida a una audiencia de Uno.  La Única Persona con Quien estoy hablando es con Él. Pero aún con el Señor como mi Único escucha, todavía trataba de orar de la manera que oía a otros hacerlo. Me empeñaba en hacerlo de la manera correcta, preguntándome si estaba usando las palabras apropiadas. ¿Estaban en el orden correcto? ¿Era mi tono lo suficientemente religioso? Tenía la imagen mental de Dios mirando desde los cielos y moviendo Su cabeza desilusionado, listo para criticarme por no sonar lo suficientemente santa.

Pero Dios no escucha nuestras oraciones con una lista en la mano para hacernos una evaluación. No está con un periódico enrollado, listo para golpearnos en la nariz si nuestras oraciones no suenan lo suficientemente religiosas. Cuando hablamos con Él, Dios está mirando la pasión de nuestro corazón.

La oración apasionada es un componente vital de nuestra relación con el Único y verdadero Dios viviente. El evangelista y maestro Oswald Chambers una vez describió la oración como «estar en perfecta comunión con Dios.» ¡Y eso sí que es algo con lo que todas podemos apasionarnos!

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Sobre el autor

Ava Pennington

Ava Pennington

Ava Pennington es autora y conferencista. También es maestra de una clase semanal en Bible Study Fellowship (BSF). Su libro más reciente Daily Reflections on the Names of God:  Devotional, es publicado por Revell Books y endosado por Kay Arthur, fundadora de Ministerios Preceptos.

Ava ha escrito para numerosas revistas, incluyendo Focus on the Family’s Clubhouse y Christianity Today’s Today’s Christian Woman. También ha publicado en 23 libros Sopas de pollo para el alma. Es una conferencista apasionada y cautiva a la audiencia con presentaciones relevantes y a la vez, agradables.   Cuando no está escribiendo o dando conferencias, Ava ama jugar con sus mascotas de la raza Boxer, Duke y Daisy. Para más información, puedes visitar su página web avawrites.com.