Escritora invitada: Grace Thomas

Suspiré mientras manejaba por la carretera. Mis hijos iban en la parte de atrás, comiendo felizmente botanas y escuchando un pódcast, completamente ajenos a la luz de advertencia que se encendía en el tablero. Mi pulso se aceleró. Intenté llamar a mi esposo, pero no respondió. El indicador de llanta baja volvió a encenderse. ¡Ay! Todos los días uso nuestra camioneta, y tan solo pensar en esperar en el taller mecánico me llenó de preocupación.

Los recuerdos de haber quedado varada a la orilla del camino inundaron mi mente. ¿Y si llegaba tarde otra vez? ¿Y si este problema sencillo se convertía en un día lleno de estrés? El margen de mi vida se sentía muy estrecho, y ya me encontraba preocupada por los próximos eventos del ministerio y por la responsabilidad de criar hijos pequeños en un mundo hostil. Ir al mecánico o quedarme detenida en el camino no estaba en mis planes.

Sin embargo, mientras continuaba conduciendo, recordé que debía bajar el ritmo. Aun en medio de este inconveniente, tenía una elección. Interrupciones como esta revelan la condición de nuestro corazón. Cuando nos vemos envueltas en circunstancias inesperadas, ¿son la oración y la gratitud lo que dirige nuestras vidas, o simplemente son lo último que hacemos?

La oración y la gratitud no son solo para los momentos felices; son para todo tiempo, cada instante y cada día.

Hábitos que transforman el corazón 

Unos días después, llegué apresurada a mi grupo de estudio bíblico y abrí el libro de Daniel. Su fidelidad me impactó: había sido llevado lejos de su tierra y se esperaba que sirviera a un rey extranjero. Aunque el exilio en Babilonia ocurrió hace miles de años, su actitud sigue siendo profundamente relevante hoy. Estábamos estudiando el exilio y regreso del pueblo de Dios, y fue entonces que el Espíritu Santo me recordó el poder de la oración y la gratitud. Me sorprendí. ¿Daniel, siendo un exiliado en Babilonia, daba gracias en lugar de quejarse? La falla de la camioneta amenazaba con robar mi gozo, y me costaba recobrar la calma.

Pero, a diferencia de mí, Daniel había entrenado su corazón para volver una y otra vez a las promesas de Dios y a Su carácter. Desde joven, demostró ser fiel bajo varios reyes al cultivar una vida marcada por la oración y la gratitud.

Cuando Daniel supo que el documento había sido firmado, entró en su casa. Las ventanas de su habitación superior estaban dirigidas hacia Jerusalén, y tres veces al día se arrodillaba, oraba y daba gracias a su Dios, tal como lo había hecho antes (Dan. 6:10).

¡Qué momento tan tenso! Un decreto real hacía ilegal orar a quien sea que no fuera el rey. Sin embargo, Daniel no dejó de orar. Lo hacía intencionalmente con las ventanas abiertas, aun cuando esa desobediencia ponía en riesgo su vida. La oración diaria reorienta nuestro corazón, y Daniel continuó con su hábito y su dependencia de Dios. ¿Tenemos hábitos firmes que nos sostienen cuando los cambios repentinos amenazan con derribarnos?

Con tantas distracciones en el mundo, es difícil mantenernos enfocadas. Incluso cuando deseo orar, me falta energía y no sé qué decir. Aunque tengo dos hijos pequeños, he hecho el hábito de orar cada vez que cargo gasolina. Es uno de los pocos momentos de tranquilidad que tengo mientras los niños esperan en el auto. Mientras el tanque se llena, tengo la oportunidad de tener comunión con el Dios del universo y compartirle mis cargas, ya sea una llanta baja o el cansancio con niños pequeños.

Tal vez tu «momento de gasolinera» se ve diferente. Quizá tienes una taza especial o algún lugar que te recuerda orar. Sea cual sea tu caso, recuerda que Dios está listo y dispuesto a encontrarse contigo. Él promete que cuando nos acercamos, Él se acerca a nosotras (Stg. 4:8). Estos hábitos entrenan nuestro corazón para mirar hacia un Reino que no tendrá fin.

Daniel se arrodillaba humildemente no una, ni dos, sino tres veces al día. ¿Tenemos esa postura de humildad, esa actitud de reconocer con regularidad nuestra necesidad de un Salvador?

La belleza de la comunidad

Esta no era la primera vez que Daniel elegía la oración. Antes, cuando su vida fue amenazada por el rey Nabucodonosor, pidió a sus amigos que oraran por él. De la misma manera, ¿tenemos mujeres piadosas dispuestas a unirse a nosotras y clamar a Dios a nuestro favor?

Entonces Daniel fue a su casa e informó el asunto a sus amigos Ananías, Misael y Azarías, para que pidieran misericordia del Dios del cielo acerca de este misterio, a fin de que no perecieran Daniel y sus amigos con el resto de los sabios de Babilonia (Dan. 2:17–18).

Daniel no luchó la batalla por su cuenta. Su ejemplo muestra la belleza de la comunidad por encima del aislamiento. Nosotras también podemos pedir a amigas que presenten nuestras peticiones ante el trono, donde Dios promete dar misericordia y donde hallamos gracia para el momento de necesidad (Heb. 4:16). Como nos recuerda la historia de Daniel, la oración y la comunidad son inseparables, al igual que lo es la gratitud. Estas prácticas suelen ir de la mano.

Ancladas en la gratitud

Cuando estamos solas, sin nadie en quien apoyarnos, podemos comenzar dando gracias, ya sea que estemos en un lugar nuevo, enfrentando desafíos o simplemente preocupadas. La gratitud no es pasiva; es una confianza activa.

«Den gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para ustedes en Cristo Jesús». -1 Tesalonicenses 5:18

«Por nada estén afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer sus peticiones delante de Dios». -Filipenses 4:6

¿Qué podemos hacer cuando aún nos sentimos ansiosas y angustiadas? Podemos recordar motivos de gratitud. Cuando me detengo a notar los regalos de Dios, la gratitud brota: la dulzura de los niños jugando, el calor del sol sobre nuestros pies, una familia amorosa, un hogar que cuidar, acceso a la Palabra de Dios, paz en medio de tiempos difíciles y amigos fieles que oran. Estas sencillas gracias me sostienen cuando mi corazón se inclina hacia la preocupación.

Daniel no esperó a que el edicto desapareciera para dar gracias. Cada día acudía al Padre. No era solo un optimismo esperanzador; era su fundamento firme.

Orando con corazones abiertos 

Después del estrés causado por la luz de advertencia en el tablero del auto, salí a caminar y oré durante la semana. En lugar de dejar que mi mente se enfocara en los peores escenarios, presenté mis preocupaciones a Dios en oración y le di gracias por las oportunidades que Él me daba.

Dios desea nuestra gratitud incluso en lo desconocido, en ese punto incómodo de incertidumbre. Ya sea que estemos enfrentando problemas inesperados o desafíos culturales, Dios es fiel. Un día ya no seremos extranjeras. Mientras tanto, podemos orar con ventanas abiertas y, más importante aún, con corazones abiertos.

Ante el peligro, no es nuestra tarea preocuparnos por la inestabilidad política. Nuestra responsabilidad es dar gracias en toda circunstancia. Tal vez no tengamos enemigos físicos mirando por nuestra ventana, pero hay una batalla espiritual que se libra a nuestro alrededor. La buena noticia es que Jesús ya ha vencido, y un día podremos alabarlo sin barreras.

Pasos prácticos

Esta semana, al enfocarnos en la gratitud, desarrollemos el hábito de la oración y el dar gracias mientras atravesamos cada prueba de la vida.

Tómate un tiempo para…

  • Presentar tus peticiones a Dios, orando por tu agenda o los próximos eventos en lugar de angustiarte.
  • Crear un grupo de mensajes donde otras mujeres puedan compartir peticiones y orar unas por otras.
  • Comenzar un diario de oración y registrar las respuestas de Dios.

La vida de Daniel apunta al único y verdadero Salvador que intercede por nosotras. ¿Cómo podemos elegir la gratitud esta semana y llevar nuestras cargas a Él en oración?

«¡Oh qué amigo nos es Cristo!

él llevó nuestro dolor;

Él nos manda que llevemos

todo a Dios en oración.

¿Vive el hombre desprovisto

de paz, gozo y santo amor?

Esto es porque no llevamos

todo a Dios en oración».

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