Si me hubieras preguntado hace veinte años si yo era feminista, probablemente me habría reído.

«¿Feminista? ¿Quién? ¿Yo? ¡Claro que no!».

Después de todo, no participaba en marchas, no llevaba pancartas y tampoco me identificaba con muchas de las causas que suelen asociarse con el feminismo moderno. Amaba al Señor, asistía a la iglesia y quería honrar a Dios con mi vida.

Pero con el paso de los años descubrí algo incómodo: aunque no me llamaba feminista, muchas de mis ideas sobre lo que significa ser mujer habían sido moldeadas más por la cultura que por la Palabra de Dios.

Y las ideas tienen consecuencias.

Toda acción comienza con una creencia. Muchas de las cosas que hacemos, defendemos o valoramos nacieron primero como pensamientos que aceptamos sin cuestionar. A veces provienen de nuestra familia. Otras veces de la escuela, las películas, las redes sociales o simplemente del aire cultural que respiramos. Son ideas tan comunes que rara vez nos detenemos a preguntarnos: «¿Esto realmente viene de Dios?».

Durante años no me hice esa pregunta.

Creía que la sumisión era degradante. Pensaba que depender de otros era una señal de debilidad. Estaba convencida de que una mujer que dedicaba su vida al hogar estaba desperdiciando su potencial. Y, aunque jamás lo habría dicho de esa manera, también creía que mi valor estaba ligado a mis logros, mi capacidad y mi independencia.

No veía esas ideas como un problema. Al contrario, me parecían razonables, incluso admirables.

Hasta que Dios comenzó a confrontarme por medio de Su Palabra.

¿Qué define el valor de una mujer?

Si algo caracteriza nuestra cultura es la insistencia en que debemos encontrar nuestra identidad en lo que hacemos.

Desde pequeñas recibimos el mensaje de que debemos destacar, alcanzar metas, demostrar nuestro potencial y construir una vida que nos haga sentir realizadas. La realización personal se presenta como el propósito más alto de la existencia.

Y aunque el trabajo, los dones y los logros pueden ser buenos regalos de Dios, se convierten en amos crueles cuando comenzamos a buscar en ellos nuestro valor.

Por mucho tiempo yo viví así.

Mi seguridad provenía de ser capaz. De demostrar que podía resolver los problemas por mí misma. De no necesitar ayuda. De ser competente.

Pero la Biblia presenta una visión completamente distinta.

Nuestra identidad no comienza con lo que hacemos, sino con Aquel a quien pertenecemos.

Antes de ser esposas, madres, profesionales, maestras o servidoras, somos mujeres creadas a imagen de Dios y redimidas por Cristo. Nuestro valor no depende de nuestros logros porque fue establecido por nuestro Creador mucho antes de que lográramos cualquier cosa.

Cuando una mujer encuentra su identidad en Cristo, deja de vivir esclavizada a la necesidad de probar constantemente su valor.

¿Cómo reacciono al diseño de Dios?

A los veintisiete años, Dios usó de manera especial el libro de Tito y la influencia de una mujer piadosa para confrontar muchas áreas de mi vida.

Mientras estudiaba Tito 2, comencé a darme cuenta de que mi problema no era simplemente una diferencia de opinión sobre ciertos temas. El problema era mucho más profundo.

Mi corazón resistía el diseño de Dios.

La palabra «sumisión» me incomodaba. La idea de depender de otros me parecía innecesaria. Quería mantener el control. Quería decidir por mí misma. Quería tener la última palabra.

Con el tiempo entendí algo que transformó mi manera de ver el problema.

La cuestión no era mi capacidad.

La cuestión era mi disposición a rendirme.

Porque muchas veces confundimos competencia con autoridad. Pensamos que si somos capaces de hacer algo, entonces nadie debería decirnos cómo hacerlo. Pero el evangelio nos recuerda que el problema más profundo del ser humano siempre ha sido el mismo: queremos gobernarnos a nosotras mismas.

Desde el jardín del Edén, la tentación ha sido creer que seremos más libres si vivimos según nuestros propios términos.

Sin embargo, la verdadera libertad nunca se encuentra lejos de Dios. Siempre se encuentra cerca de Él.

¿Qué significa realmente ser libre?

Quizás una de las mayores mentiras de nuestro tiempo es que la libertad consiste en hacer lo que queremos.

Se nos dice que una mujer libre es aquella que no necesita a nadie, que define sus propias reglas, que persigue sus sueños sin limitaciones y que nunca permite que otra persona influya demasiado en sus decisiones.

Durante años pensé que algo de eso era cierto.

Pero la libertad que Cristo ofrece es muy diferente.

Jesús no murió para que pudiéramos vivir gobernadas por nuestros deseos;
murió para liberarnos de la esclavitud del pecado.

Eso significa que la libertad cristiana no consiste en escapar del diseño de Dios, sino en abrazarlo con gozo.

No consiste en convertirnos en nuestra propia autoridad, sino en someternos voluntariamente al Rey que nos ama y sabe lo que es mejor para nosotras.

No consiste en encontrarnos a nosotras mismas.

Consiste en encontrarlo a Él.

Y, paradójicamente, es allí donde descubrimos quiénes fuimos creadas para ser.

Una pregunta que vale la pena hacer

Mirando hacia atrás, siento tristeza por algunas de las ideas que abracé y por algunas de las personas que lastimé como consecuencia de ellas. Pero también siento gratitud.

Gratitud porque Dios, en Su gracia, no me dejó donde estaba.

Usó Su Palabra. Usó mujeres piadosas. Usó conversaciones difíciles. Usó el arrepentimiento. Y continúa haciéndolo hasta el día de hoy.

No escribo estas líneas como alguien que ya llegó a la meta. Todavía hay áreas donde necesito seguir llevando mis pensamientos cautivos a la obediencia de Cristo. Todavía hay actitudes que el Señor sigue transformando.

Pero sí puedo decir esto: nunca he encontrado libertad alejándome del diseño de Dios. Siempre la he encontrado acercándome a Él.

Quizás la pregunta más importante no es si te consideras feminista o no.

La pregunta es esta: ¿Quién está formando tu visión de la mujer?

  • ¿La cultura?
  • ¿Tus experiencias?
  • ¿Tus sentimientos?
  • ¿O la Palabra de Dios?

Porque todas hemos sido influenciadas por la cultura. La diferencia está en si estamos dispuestas a permitir que las Escrituras tengan la última palabra.

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Sobre el autor

Yamell de Jaramillo

Yamell es originaria de la República Dominicana, donde vive junto a su esposo, Omar Jaramillo, con quien está casada desde el 2013.

Ama la Palabra de Dios y es firme en sus convicciones, procurando vivir cada área de su … leer más …


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