Menciona esta palabra en una habitación llena de mujeres y probablemente obtendrás tantas respuestas como personas presentes: feminismo.

Para algunas representa libertad; para otras, justicia; para otras más, independencia, oportunidades o dignidad. Y siendo honestas, muchas de las conversaciones alrededor del feminismo nacen de heridas reales, desigualdades reales y experiencias dolorosas que no deberían minimizarse.

Por eso quiero empezar diciendo algo importante: este no es un rechazo al valor de la mujer ni una negación de injusticias que han existido y siguen existiendo. Tampoco es una invitación a regresar a caricaturas culturales de lo que significa ser mujer.

Es una reflexión personal y bíblica.

Si por feminismo simplemente quisiéramos decir que hombres y mujeres poseen igual dignidad y valor delante de Dios, entonces no habría conflicto. Génesis 1:27 declara: «Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó».

Desde las primeras páginas de la Escritura vemos una verdad revolucionaria: hombres y mujeres fueron creados igualmente a imagen de Dios. Ninguno refleja más plenamente a Dios que el otro. Ninguno posee mayor valor, dignidad o humanidad.

Pero la visión bíblica no se detiene en igualdad de valor; también habla de diseño, dependencia, propósito y complementariedad. Y ahí es donde mi camino comienza a separarse del feminismo contemporáneo. No porque crea menos de la mujer, sino porque creo más del diseño de Dios.

El feminismo moderno suele presentar la autonomía como la forma más alta de libertad:

  • Sé autosuficiente.
  • No necesites a nadie.
  • Construye tu propia identidad.
  • Define tu propia verdad.
  • Haz lo que te haga feliz.

Y debo admitir algo: ese mensaje me resultó atractivo. Porque ¿quién no quiere sentirse fuerte, capaz y suficiente?

Crecí en una generación que aprendió a admirar a la mujer que podía con todo, la mujer independiente, la mujer que no necesita ayuda, la mujer que nunca depende; pero el evangelio me enseñó algo distinto.

La madurez espiritual no se parece a una creciente autosuficiencia; se parece a una creciente dependencia de Dios. La Escritura nunca presenta la independencia absoluta como una virtud.

Proverbios 3:5–6 dice: «Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas».

Dios no creó seres humanos autónomos; nos creó dependientes de Él y mutuamente necesitados unos de otros.

  • Necesitamos comunidad.
  • Necesitamos iglesia.
  • Necesitamos familia.
  • Necesitamos rendición de cuentas.
  • Necesitamos gracia.
  • Y, sobre todo, necesitamos a Cristo.

Por eso ya no veo la dependencia como debilidad. La veo como una parte hermosa del diseño humano.

También descubrí que el problema más profundo no era únicamente la independencia, era la autoridad. Porque si algo caracteriza nuestro momento cultural es esta idea: nadie puede decirme quién soy o cómo debo vivir.

Y si somos sinceras, todas llevamos algo de eso en el corazón. No solo las mujeres. Todos.

Desde Génesis 3 la humanidad ha repetido la misma tentación: quiero decidir por mí misma lo que es bueno, pero la Biblia presenta una visión completamente distinta.

  • Romanos 13 habla del valor de la autoridad civil.
  • Hebreos 13 nos llama a responder con humildad hacia nuestros líderes espirituales.
  • Efesios 5 presenta el matrimonio no como competencia sino como una imagen del evangelio.

Y más allá de todas esas estructuras humanas, la Escritura constantemente nos llama a someternos primero al señorío de Cristo.

El problema nunca ha sido que exista autoridad, el problema es qué hacemos cuando no queremos reconocer ninguna autoridad fuera de nosotras mismas. Porque cuando yo me convierto en mi propia medida de verdad, tarde o temprano termino agotada.

Otro punto donde mi camino se separó del feminismo contemporáneo fue en la manera de ver la vocación femenina.

Durante mucho tiempo absorbí la idea —aunque nadie me la enseñó directamente— de que algunas formas de servicio eran más importantes que otras; que producir era más admirable que cuidar, destacar era más significativo que permanecer, construir una carrera era más trascendente que construir un hogar.

Pero al volver a la Palabra descubrí algo sorprendente: Dios honra aquello que el mundo suele considerar pequeño.

La Biblia nunca habla del matrimonio como un premio de consolación, nunca habla de la maternidad como una pérdida de potencial, nunca presenta el cuidado, la hospitalidad o el servicio como tareas menores.

Efesios 5 dice que el matrimonio cuenta una historia más grande: Cristo y Su Iglesia. El Salmo 127 llama herencia a los hijos. Y al mismo tiempo, la Escritura también muestra mujeres que trabajaron, emprendieron, sirvieron y ejercieron influencia para la gloria de Dios.

La pregunta nunca fue si una mujer puede hacer mucho, la pregunta es: ¿para quién y desde dónde lo hace?

No toda mujer será esposa, no toda mujer será madre, pero toda mujer cristiana está llamada a reflejar a Cristo. Eso redefine completamente la conversación.

Con el tiempo tuve que reconocer algo incómodo; muchas de las promesas culturales que perseguía no eran suficientes. Pensé que tener control me daría paz, que demostrar mi capacidad me daría descanso, que ser completamente autosuficiente me haría libre.

Pero descubrí que el «yo» es un salvador demasiado pequeño. La realización personal nunca fue diseñada para cargar el peso de nuestra identidad. Solo Cristo puede hacerlo.

Por eso hoy no me identifico como feminista.

No porque rechace el valor, la inteligencia, la voz o las oportunidades para las mujeres, sino porque encontré una historia mejor.

Una historia donde mi identidad no depende de demostrar nada, donde mi valor no aumenta ni disminuye según mis logros, donde mi propósito no nace de definirme a mí misma y donde la verdadera libertad no consiste en gobernarme sola, sino en pertenecer plenamente a Cristo.

Nos encantaría escuchar tu perspectiva.

¿Qué ideas sobre éxito, independencia o realización has tenido que volver a examinar a la luz de la Palabra de Dios?

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Sobre el autor

Erin Davis

Erin Davis es una autora, bloguera y oradora a la que le encanta ver a mujeres de todas las edades correr hacia el pozo profundo de la Palabra de Dios. Es autora de muchos libros y estudios bíblicos, incluidos … leer más …

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