La más bella historia de amor

Transcurría el mes de diciembre de 1936; en su discurso a la nación británica, el día 11 de ese mes, Eduardo VIII comunicaba su abdicación al trono pronunciando su famosa frase  «[...] me ha resultado imposible soportar la pesada carga de responsabilidad y desempeñar mis funciones como rey, en la forma en que desearía hacerlo, sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo». La noticia se regó como pólvora a pesar de que todavía no existían las redes sociales como hoy en día.

Recuerdo haber escuchado en mi niñez –décadas después de ese acontecimiento- la increíble historia de amor de un rey que no escatimó el precio -renuncia a posición, poder, título de honor- de unirse a la mujer que amaba.

A través del tiempo, esta singular historia –catalogada como “una abdicación por amor”- ha cautivado los corazones.  Se han escrito numerosos libros; otros la han plasmado en la pantalla; actores la han revivido en escenarios teatrales y aun hasta canciones ha inspirado; el estribillo de una de ellas dice: 

Fue el amor, solo el amor

Por lo que el rey Eduardo su trono  dejó

Esas letras me recuerdan otra canción donde también se nos habla de un trono que quedó vacío por amor:

Dejaste el trono

Para mostrarnos la luz

De Tu trono a la cruz

Y mi deuda pagar

De la cruz a morir

Sin embargo, entre ambas existen diferencias trascendentales que hacen palidecer la historia de Eduardo VIII; veamos algunas a la luz de Filipenses 2:5-11: 

a)    El trono y la corona de Eduardo VIII eran terrenales, temporales y corruptibles; las del “otro Rey”, divinos, eternos e incorruptibles;

b)   Mientras Eduardo VIII no podía continuar adelante sin el apoyo y ayuda de la mujer que amaba, “el otro Rey” no necesitaba ayuda de Su amada, pues Él es el Ayudador y Todo Suficiente en Sí mismo; no había interés propio sino puro amor;

c)    Su renuncia no era solo a una posición sino a Su propia esencia, pues se despojó de Sí mismo sin aferrarse a ser igual a Dios;

d)   No se contentó con renunciar a Sus privilegios divinos sino que fue más allá tomando forma de siervo y muriendo en una cruz como el peor de los criminales de Su época; 

e)    En la “abdicación terrenal” ambos eran pecadores mientras el “otro Rey” fue tentado en todo pero sin pecado y no obstante, amó a Su novia pecadora por quien “se hizo pecado” hasta morir en la cruz;  

f)     Eduardo VIII y su amada necesitaban un Salvador; pero “el otro Rey” es el Salvador de Su amada pecadora; 

g)    La “abdicación terrenal” fue una deshonra para la familia llegando a romperse las relaciones y negando a la esposa el trato de “realeza”;

h)    La “abdicación divina” del “otro Rey” trajo gloria a Su Padre, Quien se agradó a tal punto que “…lo elevó al lugar de máximo honor y le dio el nombre que está por encima de todos los demás nombres…”  y a Su amada se le concedió no solo ser parte del real sacerdocio sino también hija de Su Padre y coheredera con el Novio. 

El estatus de divorciada de la amada de Eduardo VIII provocó su histórica decisión; y mi pecado y el tuyo, llevó al Rey de Reyes a “Su Abdicación por amor”.

¿Esta historia de amor llena tus días en navidad? ¿o te dejas engañar por la mentira de la soledad?

 Isabel Andrickson

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Este artículo procede del Ministerio Aviva Nuestros Corazones ® www.avivanuestroscorazones.com

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Sobre el autor

Isabel Andrickson

Isabel Andrickson

Abogada de profesión y aprendiz de Su Palabra por pasión y convicción; es madre de un adulto joven a quien crio  como madre sola desde que tenía 3 años. Concluyó esa etapa, consciente tanto de las luchas y obstáculos que enfrentan las madres solas, como de los múltiples tropiezos producto de malas decisiones. Ahora anhela orientar a aquellas que recorren ese trayecto para que abracen las verdades de Tito 2, Proverbios 31 y otras enseñanzas de la Palabra sobre nuestro diseño, pues, no son exclusivas para mujeres casadas, sino para todas aquellas que, por Su Gracia, somos llamadas hijas del Padre Bueno.

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