Las maravillas de la Ley de Dios

¿De qué país de Latinoamérica eres? ¿Cuáles son las celebraciones que en tu país tienen lugar en el mes de octubre? Hay celebraciones que son particulares de cada país, como es el Día de la Independencia, otras, como el Descubrimiento de América o Día de la Raza, se celebran a nivel del continente y también están las que importamos de otros países y se convierten en parte de nuestras culturas, aun cuando no entendemos el porqué de las mismas. Sin embargo, hay una celebración en el mes de octubre que muchas veces pasa desapercibida a nosotros los cristianos, pese a que esta celebración representa el avivamiento que por décadas y siglos se fue desarrollando en el corazón de siervos de Dios, a quienes hoy conocemos como Reformadores, y que impactó no solo iglesias sino naciones enteras con la verdad de las Escrituras.

El 31 de octubre se celebra el Día de la Reforma Protestante. La fecha es una referencia al 31 de octubre de 1517, día en que Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la Iglesia de Wittemberg (Alemania).La Reforma Protestante (te animo a leer de este tema) es conocida por sus cinco solas: 

  • SOLA SCRIPTURA: La Palabra de Dios es la máxima autoridad en materia de fe y práctica. (2 Timoteo 3:16). 
  • SOLUS CHRISTUS: La salvación se encuentra solo en Cristo.(Hechos 4:12) 
  • SOLA GRATIA: La salvación es un don de Dios. (Efesios 2:8). 
  • SOLA FIDE: La salvación solo puede ser recibida cuando ponemos nuestra fe en Aquel que murió por nosotros (romanos 3:28). 
  • SOLI DEO GLORIA: El propósito de la salvación que recibimos es glorificar a Dios.(Efesios 1:4-6). **

Estas frases resumen las verdades del evangelio y en esta ocasión quiero enfocarme en una de ellas: SOLA SCRIPTURA -Solamente la Escritura-. Fue el estudio de las Sagradas Escrituras la chispa que encendió el fuego en el corazón de Martín Lutero y de los Reformadores, porque ellas, las Escrituras, son las que dan testimonio de Jesús (Juan 5:39).

¿Qué es la Biblia para ti? ¿Con qué frecuencia la estudias? ¿Cuál es tu versículo favorito? ¿y tu libro favorito? ¿Cuál ha sido el mayor desafío al estudiarla? 

Mientras organizaba las ideas que darían forma a este artículo, vino a mi mente una prédica que escuché hace ya varios años, la cual quedó grabada en mi corazón y hoy quiero compartir contigo parte de ella. Se titula: «Abre Mis Ojos» y está basada en el siguiente pasaje: 

Salmo 119: 18

«Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.» 

La ley de Dios es Maravillosa

El capítulo 119 del libro de los Salmos es conocido por ser el capítulo más largo de toda la Biblia, por estar casi en el centro de sus 66 libros, por ser utilizado antiguamente por los judíos para enseñar a los niños a leer (¿te imaginas?) y, más que nada, por ser una exaltación, una oda, a la Palabra de Dios. El salmista que lo escribió nos enseña en este versículo tres cosas importantísimas acerca de la Palabra de Dios y nuestra relación con ella. 

Lo primero que vemos es que la Palabra de Dios contiene maravillas y que ella misma es maravillosa. La Palabra de Dios nos enseña quién es Dios, cómo es su carácter, cuál es su obra, sus planes y sus propósitos.

Al leer este salmo en su totalidad nos damos cuenta de cuán asombrosa era para el salmista esta Palabra de su Dios. Ella es lo que necesita para no pecar contra Dios: «En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti.» (v. 11). Es el dicho de Dios el que alumbra su andar: «Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.» (v.105). La alegría de su corazón se encuentra en los estatutos de su Dios: «Me regocijaré en tus estatutos; No me olvidaré de tus palabras.» (v.16)

Vemos no sólo en este salmo, sino a través de toda la Biblia, la Palabra de Dios se define a sí misma como perfecta y que convierte el alma, fiel y que da sabiduría, recta, que da alegría al corazón; es pura, es luz a los ojos, es verdad, permanece para siempre, es dulce, agua que limpia nuestro ser, es guía, es un fundamento firme y más valiosa que piedras preciosas. 

Dios es el único que puede abrir nuestros ojos a sus maravillas

Las maravillas de la ley de Dios están ocultas a nuestros ojos. La realidad es que nuestros ojos espirituales están cegados y es solamente por intervención divina que podemos mirar las riquezas de su ley. 

Todo el que se acerca a la Palabra de Dios y puede leer, obtiene información, conoce las historias y su contexto histórico, puede hasta analizar textos y obtener enseñanzas valiosas, sin embargo, para ver Sus maravilla es necesario que Dios abra sus ojos. 

El escritor del salmo en su acercamiento a las Escrituras tiene una mentalidad de «buscador de maravillas», se le escucha ansioso por descubrir en ella al Dios en quien confía. ¿Qué se produce en ti cuando te acercas a la Palabra? ¿Qué ocurre cuando la lees? ¿Cómo la lees? ¿Puedes ver la belleza de Dios, la valía de Cristo, lo impactante de su obra en la cruz, su carácter? Esto sólo será posible cuando Él abra nuestros ojos. 

Mira lo que dice Dios de su pueblo cuando les habló en Deuteronomio: 

« … Vosotros habéis visto todo lo que Jehová ha hecho delante de vuestros ojos

en la tierra de Egipto a Faraón y a todos sus siervos, y a toda su tierra,las grandes pruebas que vieron vuestros ojos, las señales y las grandes maravillas.

Pero hasta hoy Jehová no os ha dado corazón para entender, ni ojos para ver, 

ni oídos para oír.»- (29:2-4 cursivas y resaltado de la autora)

El pueblo de Dios vio las señales y las grandes maravillas, pero no vio al asombroso Dios que hizo cada una de ellas, no le conocieron, no le amaron. Estuvieron presentes físicamente, sin embargo no pudieron percibir más allá de lo que sus ojos terrenales experimentaron y esto porque el Señor no les dio ojos para ver ni un corazón para entender lo que Él hacía ¡Cuánto necesitamos que Él nos haga ver las abundantes riquezas que hay en su persona y que hallamos plasmadas a lo largo de toda la Biblia! 

El anhelo de ver las maravillas de la ley de Dios va acompañado de un clamor ferviente.

Habiendo visto que la Ley de Dios es maravillosa y que cuenta lo asombroso de nuestro Dios, conociendo que sólo él puede abrir nuestros ojos para verla, tan solo queda mencionar que en nosotros debe haber una oración constante: ¡Abre mis ojos! ¡Dios, abre mis ojos! ¡Yo quiero ver tus maravillas! ¡Yo quiero verte en tu Palabra! ¡Yo quiero conocerte!

El salmista expresó este clamor de diferentes formas y en cada ocasión se percibe la urgencia, la determinación, el anhelo y la evidencia palpable de que ver las maravillas de Dios era la gran necesidad de su alma:

« Bendito tú, oh Jehová; Enséñame tus estatutos.» (v.12)

«Hazme entender el camino de tus mandamientos,

 para que medite en tus maravillas.» (v.27)

«Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia.» (v. 36)

Sin lugar a dudas este hombre entendió que la ley de su Dios no era una compilación de letras y pensamientos de hombres: la Palabra de Dios era por lo que vivía, tanto que se anticipaba al amanecer (v.147) y a las vigilias de la noche (v.148) con tal de tener el tiempo de deleitarse en ella. 

¡Oh Dios, Señor nuestro, que arda en nosotros ese amor por tu ley y el gozo que viene de vivir a la luz de tu Palabra! Amén

« ¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación.» (v.97)

* El sermón Abre Mis Ojos, del Pastor Niwlton Jáquez, lo puedes escuchar en el siguiente link https://soundcloud.com/oasisrd/abre-mis-ojos

** Tomado de http://integridadysabiduria.org/las-5-solas-de-la-reforma/

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Sobre el autor

Jannelle Gómez de Ramírez

Jannelle Gómez de Ramírez

Jannelle es Dominicana y vino a Cristo a la edad de 9 años y por la gracia del Señor, desde entonces y hasta ahora, su amor por la Palabra de Dios y su involucramiento en diversos ministerios de su iglesia local, le han dado la oportunidad de poder interactuar y enseñar tanto a niños, como adolescentes y jóvenes universitarios. Jannelle ama a Cristo con todo su corazón y anhela ser esa mujer conforme a su precioso diseño divino. Actualmente vive en la ciudad de Santo Domingo junto a su esposo Geraldo y sus dos hijos pequeños, Dominique y Lucas.