Lo que necesitamos aprender de las mujeres cristianas de antaño

He venido observando la cultura evangélica de nuestros días, al mismo tiempo que he estado leyendo biografías de mujeres de antaño, mujeres de la iglesia primitiva y de la era de la Reforma. Hay tanto que espigar de lo que he estado leyendo, pero si hay algo que salta a la vista es cómo hemos sucumbido ante un cristianismo cultural; un cristianismo aguado, cómodo y displicente; un cristianismo que se resiste a matar el YO.

En lo que respecta a nosotras como mujeres, pienso que necesitamos cultivar y fortalecer nuestro carácter, hacernos mujeres fuertes en el Señor, magnolias de acero que conocen a Su Dios y se someten gozosas a Su voluntad y a Su llamado radical.  Lamentablemente, es en medio de la persecución y la adversidad, y no en los tiempos de paz y sosiego, que este carácter se cultiva y se fortalece. La comodidad deja a nuestros músculos espirituales laxos y débiles; nos hace presa fácil de las tentaciones y las atracciones de la cultura, así como de nuestros propios deseos egoístas y las inclinaciones naturales de nuestra carne.

La mujer: columna de hogares piadosos reformados por el evangelio

En la iglesia primitiva y durante la reforma, los hogares eran el escenario principal donde se desplegaba el fruto y las virtudes del evangelio. Leo ejemplo tras ejemplo de mujeres que entregaban sus vidas para servir a sus esposos e hijos. Su labor tras bastidores era incansable: asistiendo a los perseguidos, hospedando hermanos y hermanas, activas en sus congregaciones y prestas a poner sus dones al servicio de los reformadores, traduciendo biblias, revisando textos y sirviendo a los santos. En sus cortas vidas terrenales (muchas morían jóvenes debido a plagas y enfermedades o como víctimas de la persecución), tenían muchos hijos, pero muchas quedaban viudas y otras eran testigos de la muerte de sus propios hijos.

No bastaría una publicación para compartir ejemplo tras ejemplo de mujeres, siervas fuertes en el Señor, que consagraron sus vidas para ser luminares en medio de la generación que les tocó vivir.

Anna Bullinger (1504–64) por ejemplo, tuvo 11 hijos, y en su hogar hospedaba muchos perseguidos y refugiados. En varias ocasiones hospedó a docenas al mismo tiempo. Vivía su llamado como hija de Dios y sierva de Cristo, mostrando el amor de Cristo a estos cristianos perseguidos y visitando a los pobres, las viudas y los huérfanos.  

Anna Zwingli (1487-1538), esposa del reformador Ulrich Zwingli en Zurich, tenía reputación de ser una mujer piadosa, cuidadosa de su hogar y ayuda para su esposo pastor. Las puertas de su hogar siempre estaban abiertas para los refugiados y, junto a su esposo, asistía en la edición de las traducciones de la Biblia. Su esposo murió en una guerra, donde fue descuartizado y quemado. También murieron su hijo, su hermano y su cuñado. Estas tragedias no eran poco comunes en esos tiempos. La historia dice que, a pesar de su profundo dolor, Anna se refugió en Su Señor y Salvador.

Helen Stark (c. 1544), casada con un hombre que había abrazado la fe reformada en Escocia, fue acusada de hereje por tratar la imagen de San Francisco irrespetuosamente y por comer ganso un día de ayuno. Fue acusada de no orar a la Virgen María durante sus partos y por otros motivos similares fue sentenciada a morir ahogada. Leemos esto sobre el día de su ejecución (fue sentenciada a morir junto a su esposo y otros hombres más):

«Muchos en el poblado de Perth intercedieron por las vidas de los condenados a muerte sin éxito alguno. Mientras los seis caminaban hacia su ejecución, se consolaban el uno al otro con la seguridad de que pronto cenarían juntos en el reino de los cielos. Helen pidió morir junto a su esposo, pero su petición fue negada. Mientras se dirigía a su lugar de ejecución junto a él, ella le exhortaba a perseverar en la causa de Cristo. Besándole le dijo: “Esposo, regocíjate: hemos vivido muchos días de gozo juntos, pero este día, el día que debemos morir, debe ser el más gozoso de todos, porque ahora tendremos gozo para siempre. No te voy a decir ‘buenas noches’, porque pronto nos encontraremos en el reino de los cielos”.

Después de la ejecución de los hombres, Helen fue llevada a un pozo de agua. Ella tenía varios hijos, incluyendo un niño de pecho, por el cual oró que el pueblo pudiera hacerse cargo. Ella fue metida en un saco y tirada al agua donde se ahogó».

Un estilo de vida contracultural

En una de sus epístolas pastorales, Pablo le escribe a Timoteo para hacerle algunas recomendaciones acerca de las viudas que debían estar bajo el cuidado de la iglesia.  Estas recomendaciones ponen en evidencia lo que se consideraba valioso en una mujer que había consagrado su vida a Cristo:

«Que la viuda sea puesta en la lista solo si no es menor de sesenta años, habiendo sido la esposa de un solo marido, que tenga testimonio de buenas obras; si ha criado hijos, si ha mostrado hospitalidad a extraños, si ha lavado los pies de los santos, si ha ayudado a los afligidos y si se ha consagrado a toda buena obra» (1 Tim. 5:9-10, énfasis añadido)

De igual manera, en la carta de Pablo a Tito, vemos el hogar como el lugar de influencia por excelencia de la mujer:

«…las ancianas deben ser reverentes en su conducta: no calumniadoras ni esclavas de mucho vino, que enseñen lo bueno, que enseñen a las jóvenes a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos, a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada. Asimismo, exhorta a los jóvenes a que sean prudentes…» (Tito 2:3-6, énfasis añadido).

En una cultura en la que se exalta la autopromoción y la autocomplacencia, el evangelio nos llama a vivir vidas de autonegación y de servicio a los demás. Los deseos de autoexaltación y realización personal no eran una meta para estas mujeres entregadas a una vida de consagración a sus familias y al cuerpo de Cristo. Las mujeres entregaban a sus hijos, a sus maridos y sus propias vidas por el avance del reino. Todo servía a este propósito mayor.

El ministerio de estas mujeres se limitaba a ser fieles en lo pequeño. Eran modelos a seguir y vivían, no para satisfacerse a sí mismas, «sino para aquel que murió y resucitó por ellas» (2 Cor. 5:15 pf).

¿Dónde están esas mujeres hoy?

Si se escribiera una biografía de alguna de nosotras hoy, ¿que destacaría? ¿Acaso sería algo así?

«Ella escribía blogs… hablaba en conferencias… asistía a todas las conferencias… demandaba sus derechos (ser oída, validada, reconocida) …  tenía muchas seguidoras en las redes sociales… escribió varios libros… se angustiaba o se deprimía bajo cualquier prueba o presión… sus hijos asistieron a buenas escuelas y se hicieron profesionales destacados… era muy exitosa…  ella era una profesional destacada… se casó con un hombre que apoyaba su ministerio… era una mujer autosuficiente … era una mujer independiente … »  

Mientras medito en todo esto, oro que Dios levante una nueva generación de mujeres cristianas profundas, de temple; mujeres consagradas, radicales; mujeres que dicen: «Sí, Señor» a su diseño, a su rol, y que abrazan su área de influencia dada por Dios.  Oro que Dios levante mujeres que sean robles porque dependen de Su Dios; mujeres dedicadas a sus familias, a sus hijos; mujeres que le dan la espalda a la búsqueda de la autoexaltación o la satisfacción personal, porque han encontrado satisfacción en una Perla de gran precio que es un mayor Tesoro; mujeres que sonríen al futuro porque han creído en Su Dios, que abren su boca con sabiduría porque están arraigadas en la Palabra; mujeres que no comen el pan de la ociosidad ni están entretenidas con las banalidades de este mundo; mujeres arraigadas en Cristo.

¡Oh Dios, levanta una generación de mujeres como estas hoy!

«Mujer hacendosa, ¿quién la hallará?
Su valor supera en mucho al de las joyas….

Muchas mujeres han obrado con nobleza,
pero tú las superas a todas.
Engañosa es la gracia y vana la belleza,
pero la mujer que teme al Señor, ésa será alabada.
Dadle el fruto de sus manos,
y que sus obras la alaben en las puertas».

(Proverbios 31:10, 29-31)

¿Quieres tú ser una de estas mujeres?

1Dianna Lynn Severance, “Her Story” (Scotland: Christian Focus Publications, 2016), p. 97.

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Sobre el autor

Laura González de Chávez

Laura González de Chávez

Laura vive en Illinios, Estados Unidos. Es esposa de Fausto. Su pasión es discipular a las mujeres de todas las edades con el fundamento sólido de la Palabra de Dios y ayudarlas a vivir de acuerdo a la fe que … leer más …

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