Magnolio toca a mi puerta

Salmo 92:14-15. Los plantados en la casa del Señor darán flores en los patios de nuestro Dios. Aún en la vejez tendrán sus frutos pues aún están verdes y floridos, para anunciar cuán justo es el Señor: Él es mi roca, en él no existe falla.

Hago una oración permanente y es pedirle a Dios que abra mis ojos para ver todo lo que Él quiere mostrarme y me permita mirar con ojos de turista para admirar, como por primera vez, sin que me acostumbre al paisaje.

Nací y viví en una ciudad llamada de la “Eterna primavera” y hace pocos años tuve la oportunidad de vivenciar en el Cono Sur del continente lo que son las estaciones del año en todo su esplendor, cada una con su encanto.  Para mí eran nuevas las sensaciones extremas y las viví de manera intensa.

Me gustaba mirar a través de mi ventana el paso del clima y los cambios que produce en la gente, también pensaba en el paralelo que se le da a esos tiempos con las etapas que vivimos los seres humanos y como cada uno pasa por la primavera hasta llegar al invierno.

Recordaba mi primavera hace ya mucho tiempo, cuando apenas florecía, me arrasaron por encima y me pisotearon sin que pudiera dar la fragancia de ese tiempo tan importante para una mujer y estaba convencida de que ya no habría otra oportunidad para volver a florecer. Pero si bien en Su Palabra Dios nos habla, muchas veces por medio de la naturaleza: Él nos grita.

Observar y sentir el invierno, con ese frío que se mete entre los huesos y que lleva a la gente a esperar con ansiedad a que llegue la primavera, fue una experiencia única. En las calles se ven los árboles sin hojas y la ciudad gris, algunas veces envuelta en bruma y las montañas cubiertas de nieve. Los rostros de la gente son serios, de miradas distantes.

En mi jardín había algunos árboles y ya se sabe que se debe esperar hasta la primavera para verlos florecer, pero pude observar algo que me sorprendió, un árbol que pasaba inadvertido durante la primavera y el verano, de pronto floreció en el invierno, allá lo llaman Magnolio. Era tan hermoso e inesperado que la gente al pasar se detenía para mirarlo, algunos hasta le tomaban fotos. Magnolio florece en invierno. El de mi jardín tenía sus flores blancas, pero pude encontrar en el barrio otros con flores rosadas que llenan todas sus ramas y no es un árbol pequeño, es robusto, del tamaño de un árbol de mangos.  Sus flores alegran todo a su alrededor y puede verse desde lejos. Disfruté tanto de esa maravilla que me asomé cada día mientras duraron las magnolias tratando de entender el mensaje de Dios para éste tiempo de mi vida.

Tal vez algunas pensemos que, si no florecimos en la juventud, en la primavera de nuestras vidas, ya perdimos toda oportunidad, pero Dios puede sorprendernos en otras etapas, inclusive en el invierno, cuando todo se ve gris, Él nos permite florecer para que llevemos la fragancia de Su presencia en nosotras y alegrar a quienes estén cerca y lejos. Dios nos llama a una nueva oportunidad. Él tiene planes para nosotras también en ésta etapa de la vida, terminamos una estación, pero la nueva tiene también su encanto, aunque nuestro cabello platee, si estamos plantadas en Él seremos árboles floridos y así como la naturaleza grita las maravillas del Señor, nosotras anunciemos Su amor, Su gracia y Su misericordia.

Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo. Gálatas 6:14

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Sobre el autor

Marcela Sosa

Marcela Sosa

Marcela Sosa, es una mujer apasionada por Cristo.  Al beber “agua viva”, quiere contar a las personas, que encuentra en su camino, las maravillas de Dios. Tiene tres hijos y cuatro nietos. Graduada en Comunicación Social-Periodismo de la “Universidad de Antioquia” en Colombia su país natal. Es Bloguera, contadora de cuentos y tomadora de café.  elblogdemarcelasosa.blogspot.com

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