Recientemente, una de mis amigas se encontró con esta ilustración en internet: «Todas estamos en la misma tormenta, pero no estamos en el mismo barco». La mayoría de nosotras hemos pasado más de un año con nuestro mundo girado al revés.
La maternidad trae consigo los retos y alegrías únicos de cada hogar, nuestros barcos. Quizás el tuyo sea un refugio robusto y fiable, o quizás tu barco se está desbaratando. Puede que esté repleto o puede que le falte mucho en comparación con otros barcos que parecieran estar mejor surtidos. Tu barco puede sentirse demasiado espacioso para tu gusto–quisieras tener más pasajeros para llenar tus tiempos de soledad, o quizás se siente demasiado apretado (¡y te preguntas si fuera posible transferir tus pasajeros a otros barcos!). A veces dedicamos toda nuestra energía a analizar el estado de nuestro barco: si es fuerte, frágil, lleno o vacío, y no nos damos cuenta de que la tormenta más intensa no siempre está afuera.
La verdadera batalla muchas veces ocurre dentro de nosotras: en nuestros pensamientos, en nuestras expectativas, en nuestros pecados, en nuestras heridas no dichas. Antes de mirar las olas, Jesús quiere hablarnos al corazón.
Las tormentas espirituales de una madre
Así que navegamos con la misma singularidad con la que navegamos hacia la tormenta. Algunas de nosotras sentimos que merecemos un elogio extra por los huracanes que hemos manejado y los ciclones que hemos vencido. Sin embargo, otras de nosotras nos sentimos avergonzadas, completamente indignas de cualquier elogio. «¿Viste cómo no pude manejar el conflicto entre hermanos la semana pasada? ¿Escuchaste lo terrible que le hablé a mi esposo ayer? ¿Eres consciente que no he estado sola hace semanas y del cansancio de mi alma?».
Para muchas de nosotras, imagino que se trata de ambas cosas.
La realidad es que, aunque la tormenta ruja a nuestro alrededor, hay tormentas rugiendo dentro de cada uno de nuestros corazones, tempestades espirituales que quitan nuestros ojos de Cristo y nos tientan a enfocarnos en nosotras mismas y nuestras circunstancias. Pero aun allí, en lo más oculto de nuestro corazón, el Espíritu Santo obra para traer convicción, consuelo y claridad. No enfrentamos estas tempestades solas; Dios mismo entra en ellas para guiarnos hacia Cristo. Lo que más necesitamos no son elogios o un cambio de ambiente, sino nuestro soberano Señor dirigiéndose a nuestras tormentas espirituales con el transformador «¡Cálmate, sosiégate!» de Su Palabra.
La tormenta del orgullo
Ahora mismo sería fácil ceder al orgullo en sus dos formas: el fariseísmo que se felicita y la autocondena que se niega quitar la mirada ante sus fracasos. Muy a menudo no reconocemos el orgullo, pero es esencial que lo hagamos porque «Delante de la destrucción va el orgullo, y delante de la caída, la arrogancia de espíritu» (Prov. 16:18).
En esta tormenta, Jesus nos habla de Su justicia: «Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree» (Ro. 10:4). Nos invita a humillarnos ante Él (Stg. 4:10), lo cual puede implicar confesión de pecado y siempre implica confesar nuestra necesidad de Sus misericordias y gracias sustentadoras. En vez de depender de nosotras mismas, una tarea imposible y una búsqueda agotadora, podemos aferrarnos diariamente por la fe a la bondad de Cristo. En Él, nos liberamos de la aplastante carga del orgullo «¡Tú puedes, mamá!» «¡Sé fuerte!» y podemos vernos con claridad: somos madres débiles y necesitadas cuyo único alarde es nuestro justo Salvador, que nos hace aceptables ante Dios y nos capacita con Su fuerza suficiente.
La tormenta de la duda y el temor
¿Con qué facilidad se tambalea nuestra fe cuando llegan las tormentas? ¿Con qué frecuencia somos como Pedro, que apartó los ojos de Jesús y empezó a hundirse en el mar, a pesar de que Jesús claramente le estaba invitando a venir y creer (Mt. 14:28-33)?
Me imagino que algunas de nosotras nos sentimos avergonzadas hoy por nuestra débil fe que ha sido expuesta por nuestras circunstancias. Podemos aprender del ejemplo de Pedro y gritar «¡Señor, sálvame!». Aunque quitemos nuestra mirada de Jesús y nos hundamos, Él inmediatamente extiende Su mano y nos toma. Incluso cuando dudamos y tememos, Él nos recuerda del regalo gratuito de la fe que es nuestro por Su gracia, que las tormentas eventualmente fortalecerán nuestra fe a medida que aprendamos a confiar en Su firme control sobre nosotras, que nunca nos soltará.
La tormenta de la envidia
Como mamás, se siente natural el compararnos con otras. «¿Cómo organiza su tiempo? ¿Cómo está estructurando los días de sus hijos? ¿¡Cómo es que su casa se ve tan ordenada y la mía se ve un desastre?!». La comparación puede ser útil cuando nos motiva en maneras piadosas, pero cuando nos conduce a la envidia y celos amargos, cuando nos conduce al pecado, hemos entrado en una tormenta tumultuosa.
¿Estás inquieta y descontenta? ¿Te irritas fácilmente cuando las personas y las situaciones no están a la altura de tus expectativas? Yo también, mamá. Escucha a Jesús hablar en tu tormenta:
«Entonces Pedro, al verlo, dijo a Jesús: “Señor, ¿y este, qué?”. Jesús le dijo: “Si Yo quiero que él se quede hasta que Yo venga, ¿a ti, qué? Tú, sígueme”». -Juan 21:21-22
Nuestro objetivo primordial es seguir fielmente a Jesús. Incluso cuando esa fidelidad parece privada e invisible, el Señor de toda la tierra la ve. Superaremos la tormenta de la envidia si mantenemos nuestros ojos fijos en Su mirada que nos sostiene y escudriña, y confiamos en que todo lo que Él nos da (a nosotros y a los demás) es exactamente lo correcto, de acuerdo con Su perfecta sabiduría, tiempo y propósitos.
La tormenta de la discordia
Tal vez tengas relaciones fracturadas, intensificadas por los acontecimientos del año pasado, ya sea soledad, desacuerdos, divisiones o incluso abusos. Esto también puede hacernos sentir fracasadas como madres, mientras nos preguntamos cómo podemos fomentar un hogar y un ambiente familiar más saludable. Nos preguntamos, repasando continuamente el pasado, si podríamos haber mejorado el presente.
Pero nos ayudará a recordar tanto la compañía como la compasión de Cristo. El Hijo de Dios conoció la discordia entre los hombres y fue abandonado por Su Padre para que nosotras conociéramos siempre su íntima compañía (Is. 53:3-4). También es un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel (Heb. 2:17) que se compadece de nuestras debilidades (Heb. 4:15), que nos da Su corazón compasivo hacia los demás, incluso cuando no estamos de acuerdo con ellos o no los entendemos del todo.
Cálmate, sosiégate
Mamá, nada ha cambiado: El Hijo de Dios que una vez calmó una tormenta con dos sencillas palabras: «¡Cálmate, Sosiégate!» (Mc. 4:39), continúa demostrando Su total control sobre la creación y Su cuidado por Su pueblo. Puede que iniciemos este año con algunas tormentas rugiendo tanto fuera como dentro de nosotras, pero no estamos solas en nuestros barcos. Él no solo calma mares; calma corazones. No solo ordena a las olas; ordena a nuestra alma que descanse en Su presencia. Su paz no depende de que el entorno cambie, sino de Su presencia fiel en medio de todo lo que enfrentamos.
El descanso y la seguridad que más necesitamos es esta: Jesucristo tiene el control, y Él se preocupa profundamente por ti. Él quiere cambiar tu corazón. Cálmate, sosiégate y cree en que Él está trabajando precisamente para eso.
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