Maternidad o soltería: ¿Cuál nos santifica más?

Por Colleen Chao

Es algo extraño, casarte y tener un hijo en tus treinta y tantos años. Cada parte de mi ser es esposa y mamá, pero la joven soltera que antes fui no está fuera de alcance.

Recuerdo que estaba embarazada cuando escuché a alguien decir un cliché bastante familiar: “Ser madre es lo más santificador del mundo.” Sabía que sus palabras eran bien intencionadas, pero mi corazón se cargó por mis queridas amigas solteras, viudas y estériles que estaban a mi alrededor. ¿Escuchar esto les habrá ocasionado dolor como una vez me lo causó a mí?

Para una chica soltera la idea de que, no solo te has atrasado en la progresión natural de la vida, sino que también careces de madurez y de santificación—es bastante doloroso.

Por otra parte, como madre joven ahora entiendo de donde viene esta idea. Cuando no has podido dormir, ni siquiera tomar una ducha o cuando has tenido poca interacción social por mucho tiempo, buscas darle sentido a esta nueva realidad. Has rendido todo tu ser por el bien de otra persona, de manera que consideras que esto debe ser el pináculo de la santificación, ¿no es así?

Rápidamente mis amigas solteras estarían de acuerdo en que no pueden entender mi día lleno de amor sacrificial por mi familia. Ya no puedo pasar tiempo en un café con mi Biblia y mi diario, ni  comprar un nuevo traje cuando se me antoje, ni hacer planes de viajes entretenidos, ni completar ninguna tarea de principio a fin, ni de organizar una agenda predecible para mi día.

 Pero ya no tengo que sacrificarme en la forma en que mis amigas solteras lo hacen.  No me iré sola a la cama esta noche, ni tendré que llorar por pasiones insatisfechas, ni trabajar en un empleo demandante a tiempo completo para mantenerme, ni ingeniármelas yo sola para cubrir las demandas y detalles de la vida diaria, ni me siento como una persona anormal en una mesa llena de parejas.

Aunque sus métodos varían, Dios siempre está comprometido con la madurez y santificación de Sus hijos. Pero Su instrumento principal no es nuestra edad o la etapa de la vida, sino Su Espíritu y Su Palabra obrando en nuestro interior.

Las Escrituras están llenas de ejemplos al respecto. A continuación enumero solo tres:

1. Amar y servir a los demás nos hace madurar

Efesios 4:11-16 nos dice que cuando damos nuestras vidas para servir al Cuerpo de Cristo, buscamos la unidad con los demás, y hablamos la verdad en amor, maduramos hasta llegar a la adultez y crecemos en “todos los aspectos”, a la medida de la plenitud de Cristo. Entonces ya no somos niños, llevados por cualquier viento de doctrina. 


¿Estoy sirviendo en la comunidad?  ¿Estoy perdonando a los que me hacen mal? ¿Estoy hablando la verdad en amor a los que me rodean? Estas acciones que brotan de un corazón lleno del Espíritu son las que me hacen crecer en Dios—aunque sea una madre de cuatro hijos, una esposa sin hijos, o una mujer soltera.

2. La perseverancia en conocer a Cristo nos hace madurar.

Filipenses 3 dice que los que han alcanzado madurez deben pensar de esta manera: No ponemos nuestra confianza en la carne, no tenemos justicia propia que proviene de la ley. Consideramos toda nuestra ganancia como pérdida en comparación con el conocimiento de Cristo. Lo queremos a Él y el poder de Su resurrección y participar de Sus padecimientos, de Su muerte y Su resurrección. No hemos llegado a obtenerlo pero perseveramos hasta conseguirlo.

¿Estoy confiando en mi apariencia, talentos o experiencias de la vida? ¿Alardeo de lo que tengo y de lo que hago? ¿Evito el sufrimiento y en su lugar persigo las comodidades de la vida? Si es así, es posible que tenga un problema de madurez, independientemente de mi estado civil o de maternidad.

3. Meditar en la palabra nos hace madurar

El Salmo 119:99 dice: “Tengo más discernimiento que todos mis maestros, porque tus testimonios son mi meditación”. (Ver también Juan 17:17)  ¿Están mis pensamientos meditando en las Escrituras? Momento a momento, ¿pienso más en mi misma que en Dios? Puedes ser una mujer soltera que está tan arraigada en la Palabra que tu vida exuda amor desinteresado. Y puedes ser una madre que usas a tus hijos como obstáculos para tus propios intereses.

 ¡Oh! amada hermana, es fácil para mí acusar a otras madres, pero soy culpable de lo mismo en mi diario vivir. Cada día hay momentos en que por encima de todo quiero que Jeremy sirva a mis necesidades para que yo pueda hacer la limpieza, mis escritos, cocinar, contestar la correspondencia, o cumplir mis metas de ministerio.

¿La maternidad ha vuelto mi mundo de cabeza? Claro; ¿me trajo más alegría y satisfacción de lo que podría haber imaginado? Absolutamente.  ¿Soy más madura y santificada ahora que soy madre? Solo en la medida en que he vivido y amado a otros debido a la llenura del amor de Dios obrando en mí. Y en las áreas en que he vivido para mí misma, aún hay mucha madurez que alcanzar.

Y donde hay necesidad desesperada por madurar (como ocurre  en todas nosotras), hay un Dios fiel que está trabajando en amor para completar la buena obra que comenzó desde el principio.

¿Cómo estás persiguiendo madurez en Cristo en esta etapa particular de tu vida?

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Este artículo procede del Ministerio Aviva Nuestros Corazones ® www.avivanuestroscorazones.com

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