No me dejes perder la esperanza

Mi nueva bicicleta está todavía sin estrenar. Con sus etiquetas y todo.

Mi esposo me la compró para mi cumpleaños, que era una celebración del progreso para nosotros. Hasta recientemente, no había montado bicicleta durante todo un año debido al dolor físico que resultaba de mi enfermedad de Lyme. Pero últimamente había mejorado lo suficiente que daba la impresión de que algún tipo de ejercicio suave en la bicicleta estaba a mi alcance hasta que me torcí el tobillo en un estúpido hueco en el camino hace unas semanas atrás.

En estos días el constante dolor en mi cuerpo parece…ridículo. Si no es una cosa, es la otra. Si no es mi dolor crónico “normal”, es el desorden en mi mandíbula. Si mi mandíbula no está haciendo de las suyas, es mi tobillo, debido a mi tonta pisada. Pero si no es el tobillo, es el grito por el dolor de los ataques de condritis, una inflamación de los cartílagos del pecho que llegan sin previo aviso, y se sienten como si tuviera una gran piedra en mi corazón.

Y por eso la bicicleta está aún sin estrenar, sin haber sido usada.

Algunos días, Dios me da la gracia para reírme de todo esto. Pero la mayoría de las veces me siento abrumada por el cansancio de este dolor físico incesante. Me siento abatida. Es agotador. Desafiante. El dolor se desborda en lágrimas, y grito “¡Señor ya es suficiente! ¡No más, por favor!

Quizás en tu caso suene algo como esto:

No más citas en los hospitales, ¡por favor!

No más conflictos, ¡por favor!

No más malas noticias, ¡por favor!

No más soledad, ¡por favor!

No más, no más… ¡por favor!

Gemidos que van desde palabras…hasta… bueno… ¡gemidos! Llegando la tentación de rendirnos ante el desaliento y en nuestros momentos más bajos, hasta a la desesperanza. Cuánto amaría el enemigo de nuestras almas que eso ocurra. Él quisiera derrotarnos con el dolor, usar nuestro dolor para arrastrarnos en la desesperación y más allá de ese punto, a la incredulidad.

¿Cómo luchamos entonces? ¿Cómo procesar el hecho de que no parece haber una salida de nuestra situación?  ¿Cómo aplicamos la verdad de Dios a esto? ¿Cómo oramos por esto?

Estoy caminando este trayecto terrenal contigo. Estoy luchando con estas preguntas y, en el proceso, estoy aprendiendo a aferrarme a Cristo, nuestra esperanza.

Esto es lo que oré por mí hoy y lo que estoy orando por ti, hermana, mientras caminas a través del valle de sombras de muerte en tu propio contexto.

No me dejes rendirme ante el temor

Te confieso Jesús que tengo miedo de lo que pueda traer el mañana—y aún tengo mayor temor al pensar que no pueda enfrentarlo. Tú me dices “no te preocupes por el día de mañana” (Mateo 6:34) pero ¡sí me preocupo, Señor! Estoy ansiosa, preocupada, temerosa del futuro.

Jesús no me dejes rendirme ante el temor. Tú no me has dado “…espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2ª Timoteo 1:7). Tu perfecto amor “…echa fuera el temor, porque el temor involucra castigo, y el que teme no es hecho perfecto en el amor…” (1ª Juan 4:18) y yo sé que Tú llevaste mi castigo sobre Ti mismo, así que no quedó castigo alguno para mí.

¿Me llenarás de Tu paz? ¿Derramarías Tu amor en mi corazón a través de Tu Santo Espíritu que me ha sido dado? ¿Me transformarías a través de la renovación de mi mente por medio de Tu preciosa Palabra y pondrías mi mente en las cosas de arriba?

Ayúdame, Señor Jesús. Tengo miedo. Te necesito. No puedo ver más allá de este momento, a menos que sea para sentirme más ansiosa. Ayúdame a caminar en Tu paz y a confiarte mi mañana.

Señor no me dejes caer en autocompasión

Padre Celestial, Tú conoces mis pensamientos y las intenciones de mi corazón más íntimos (Salmo 139:2) por lo que ya sabes que estoy batallando contra la terrible autocompasión que me roba el gozo.  Experimento olas de dolor -provocadas por el orgullo- brotando dentro de mí, y con frecuencia pienso que no merezco este dolor.

Perdóname por no haberme rendido ante Tu voluntad en una actitud mansa, sino que tercamente te he resistido en mi orgullo, pensando que yo sé lo que es mejor y lo que Tú deberías darme. Perdóname por haber vaciado mi ira y amargura en las personas que amo y por sentirme irritada en silencio contigo en las profundidades de mi interior, cuando debí haber disfrutado el acercarme …con confianza al trono de la gracia para [recibir] misericordia, y [hallar] gracia para la ayuda oportuna”. ~Hebreos 4:16

Sé que no me abandonarás, Señor, pero a menudo soy yo quien se aleja de Ti. No me dejes caer en autocompasión. Por Tu gracia obrando en mi alma, aplasta el orgullo en mí, y humíllame ante Tu santidad y sabiduría. Hazme un vaso dispuesto a ser usado para Tus propósitos y no mi propia agenda -aunque me duela. Te alabo Padre porque soy Tu hija, y porque esto es verdad acerca de Ti: Cumplirá el deseo de los que le temen, también escuchará su clamor y los salvará” (Salmo 145:19). No necesito compadecerse de mí misma porque Tú me ves y me escuchas, y Tú lo sabes todo.

Señor no me dejes dar lugar a la duda

Jesús en mi momento más oscuro, te confieso que he dudado de que eres real. El enemigo quiere poner vendas sobre mis ojos de nuevo, cegarme ante la promesa de que Tú nunca me dejarás ni me desampararás (Dt. 31:6) pero Tú has prometido  que no me “…ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres; y fiel es Dios, que no permitirá que vosotros seáis tentados más allá de lo que podéis soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que podáis resistirla” (1ª Corintios 10:13).

Que recordar estas verdades sean mi vía escape: Tú has vencido a la misma muerte (Hechos 2:24); Tú eres más real que esta vida y más amoroso que todo en esta tierra, aunque yo no pueda verte (1ª Pedro 1:8); que hay más bendición en creerte, aunque mientras tanto no pueda verte (Juan 20:29).

Ayúdame a amarte mientras camino “por fe y no por vista” (2ª Co. 5:7). Ayúdame a amarte y confiar en Ti, aunque todo a mi alrededor se esté destruyendo y no pueda satisfacerme.  No dejes que dé lugar a la duda. Dame ojos para ver que Tu luz brilla más en la oscuridad.  Dependo de Ti, la Luz del mundo para que me dirijas, y hagas el Evangelio real a mis ojos para conducirme en y a través y más allá de estas dudas.

¿Vas a combatir la desesperanza con oración y a añadir a las tuyas, las mías? Señor no me dejes perderla esperanza.  Tú eres mi esperanza.

Reflexiona:

  • En tus momentos más oscuros cuando experimentas temor, autocompasión y duda ¿qué te sientes tentada a creer acerca de Dios? ¿Acerca de ti misma? ¿Acerca de tu sufrimiento?
  • ¿Con cuáles verdades bíblicas en específico puedes combatir estas mentiras? Quizás quieras escribir algunas en una tarjeta para llevar contigo y memorizarlas y así estar preparada para cuando lleguen las mentiras.
  • Si tienes una amiga que está sufriendo, llámala o visítala y ora por ella con la Palabra de Dios.

Ora

Padre Celestial, la suma de Tu Palabra es verdad. Y quiero creerla por completo. Tú me hablas para que yo sepa Quién eres y crea lo que es verdad. Padre, protege mi mente de las mentiras que vienen durante las pruebas y guarda mi corazón de actuar en base a esas mentiras. Tu Palabra y carácter son para siempre, son suficientes y me sirven de fortaleza. Ayúdame a creer Tu verdad. No dejes que pierda la esperanza, llévame a mi Esperanza, mi Señor y Salvador, Jesús. Amén.

Para continuar meditando: Efesios 1, Salmo 105, Romanos 8:6

Una versión de este artículo apareció como un capítulo extra del libro Hope When It Hurts escrito por Sarah Walton y Kristen Wetherell (The Good Book Company, 2017). Usado con permiso.

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