Ya ha avanzado el año. Te encuentras estresada, triste y ansiosa, porque no vas al día en tu lectura de la Biblia. Quizá a principios de año, uno de tus propósitos fue leer fielmente y sin falta la Palabra de Dios. 

Pero atravesaste circunstancias que no esperabas: te enfermaste, el trabajo aumentó, los niños demandaron más tiempo, los pendientes de la casa se acumularon, los compromisos en la iglesia y con la familia se hicieron pesados… y ahora sientes que has fallado. Quizá al pensar en lo sucedido reconoces circunstancias que realmente limitaron tu tiempo y tus fuerzas. Dios conoce cada una de ellas; nada escapa de Su conocimiento ni de Su gobierno. Pero también puede ser que, al examinar honestamente tu corazón, descubras descuido, desorden en tus prioridades o decisiones que fueron desplazando poco a poco tu tiempo con Él. El Señor conoce nuestras circunstancias, pero también las motivaciones más profundas de nuestro corazón.

Es increíble cómo intentamos justificarnos delante de Dios para hallar descanso. Pero no lo encontramos. Porque cuando algo comenzó como un deseo sincero de buscar al Señor y terminó quedando atrás, el alma lo resiente. Sin embargo, quiero decirte algo importante: el problema no es simplemente «ir atrasada» en un plan de lectura. El verdadero peligro no es haberte retrasado en un calendario, sino acostumbrarte a vivir lejos de la Palabra y dejar de volver a Cristo con tu cansancio, tu pecado y aun con tu falta de deseo. 

Porque no hay ninguna regla en la Biblia que diga que debes comenzar en enero y terminar en diciembre. Pero sí encontramos, desde Génesis hasta Apocalipsis, el llamado constante de Dios a buscarlo, vivir en comunión con Él y permanecer en Su Palabra.

Mientras leía el libro de Daniel, el Señor confrontó profundamente mi corazón. Daniel 1:8 dice que Daniel «se propuso en su corazón no contaminarse con los manjares del rey ni con el vino que él bebía». En medio de una cultura pagana, Daniel tomó una decisión concreta de fidelidad al Señor. No podía controlar todas sus circunstancias, pero sí resolvió obedecer a Dios dentro de ellas. El Señor le concedió favor y compasión delante del jefe de los oficiales. Su ejemplo nos invita a considerar qué decisiones concretas necesitamos tomar para cultivar una vida arraigada en Dios y en Su Palabra.

También vemos este deseo en David en el Salmo 5:3. Él decía: «De mañana presentaré mi oración a Ti, y con ansias esperaré». David entendía algo que muchas veces olvidamos: necesitaba desesperadamente la dirección de Dios. Desde la mañana presentaba su oración delante del Señor y esperaba en Él. Más adelante clamaba: «Señor, guíame en Tu justicia» (v. 8). Su primera respuesta ante la oposición y la incertidumbre era dirigir su corazón hacia Dios. Isaías también expresó este anhelo en Isaías 26:9: «En la noche te desea mi alma, en verdad mi espíritu dentro de mí te busca con diligencia». ¡Qué hermoso deseo! Un corazón rendido que ha decidido seguir a Dios y no al mundo.

Y por encima de todos estos ejemplos, contemplamos a Cristo. Jesús no solo nos dejó un ejemplo perfecto de comunión y obediencia al Padre; también cumplió perfectamente lo que nosotras jamás podríamos cumplir. Por medio de Su vida, muerte y resurrección, nos abrió el camino para acercarnos al Padre y disfrutar de una comunión con Él. Durante Su ministerio terrenal, Jesús se retiraba a lugares solitarios para orar. Servía, enseñaba y sanaba mientras vivía completamente sometido a la voluntad de Su Padre.

Todo esto nos muestra que la comunión con Dios no es una obligación fría ni una carga mediante la cual intentamos ganar Su favor; es la respuesta de un corazón que ha sido alcanzado por Su gracia y desea conocerlo.

A veces reducimos la vida devocional a una silla, una libreta y cierta cantidad de capítulos leídos al día. Sí, es importante apartar momentos específicos para leer, comprender y meditar en la Palabra, y para orar a solas con el Señor. Pero nuestra devoción a Dios no termina cuando cerramos la Biblia; abarca toda la vida. Podemos volver nuestros pensamientos al Señor mientras realizamos nuestras tareas, orar mientras conducimos, hablarles a nuestros hijos de Cristo, recordar una verdad bíblica, dar gracias y pelear contra la queja. Todas estas prácticas complementan el tiempo intencional en la Palabra y nos ayudan a caminar conscientes de la presencia de Dios durante el día.

Puedes escuchar la Biblia en audio mientras te arreglas por la mañana o mientras haces las tareas del hogar. Puedes orar la Palabra. Por ejemplo, al leer el Salmo 143:10: «Enséñame a hacer Tu voluntad, porque Tú eres mi Dios. Tu buen Espíritu me guíe a tierra firme». Puedes volver después con calma a esa porción, subrayar las verdades que comprendiste y escribir cómo deben transformar tu manera de pensar y vivir. También puedes detenerte a contemplar quién es Dios: Su fidelidad, Su santidad, Su misericordia, Su paciencia, Su poder. Mientras contemplamos quién es Dios y la gloria de Cristo revelada en Su Palabra, el Espíritu transforma nuestro corazón.

Confiesa también tus pecados delante del Señor. Reconocer nuestra debilidad y nuestro pecado no nos obliga a escondernos de Él; nos lleva a descansar nuevamente en la obra consumada de Cristo. No nos acercamos confiando en nuestro desempeño, sino en la sangre de Jesús, que nos limpia y nos permite venir con confianza delante del Padre. Llena tu mente con himnos y enseñanzas bíblicas fieles. Habla con tus hijos acerca de lo que estás aprendiendo. Cultiva una actitud agradecida. Antes de dormir, vuelve a meditar en la Palabra y ora otra vez. 

Y cuando no tengas deseos, pídele al Señor que renueve tu hambre por Su Palabra y acércate a ella, aunque ese día solo puedas leer y meditar en unos pocos versículos. Nuestra fidelidad no se mide por la cantidad de capítulos, y muchas veces la obediencia comienza antes de que llegue la emoción.

La realidad es que todas fallamos. Yo fallo constantemente. Como Pablo, reconozco que todavía no lo he alcanzado, pero sigo adelante porque primeramente fui alcanzada por Cristo Jesús (Fil. 3:12–14). Cada día necesito la ayuda del Señor para perseverar, y cuando tropiezo, vuelvo otra vez a Cristo. 

La vida cristiana no se trata de perfección, sino de dependencia. En medio de una aflicción que el Señor decidió no quitarle, Pablo escuchó estas palabras: «Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co. 12:9). ¡Qué esperanza tan grande! La gracia de Dios sostiene a las mujeres cansadas y débiles, pero también nos levanta, nos conduce al arrepentimiento y nos enseña a perseverar. ¡Qué esperanza tan grande! Hay gracia abundante para las mujeres cansadas, distraídas y débiles; para aquellas que comenzaron bien y se desanimaron en el camino. Cristo no rechaza a quien vuelve a Él arrepentida y necesitada.

Por eso, no te rindas. Vuelve a la Escritura. Vuelve a la oración. Vuelve a Cristo. No para cumplir una meta anual, sino para conocerle más. La Palabra nos revela quién es Dios, expone la condición de nuestro corazón y nos muestra cuánto necesitamos de Cristo. Como un espejo, nos llama no solo a mirar, sino también a responder con obediencia. Y aunque somos débiles, en Él encontramos fortaleza.

Te invito al club de las mujeres necesitadas, cansadas y dependientes, pero arraigadas en Cristo y ancladas en Su Palabra. Renovemos hoy nuestro compromiso de buscar al Señor, no confiando en la fuerza de nuestra resolución, sino dependiendo de Su Espíritu. Día tras día, quizá con tropiezos y muchas veces en debilidad, pero sostenidas por la gracia de Dios. Mientras contemplamos la gloria de Cristo en Su Palabra, el Espíritu continúa transformándonos a Su imagen.

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Sobre el autor

Patricia Pérez de Villa

Patricia Pérez de Villa, esposa de Arturo Villa, un siervo de Dios, y juntos han recibido tres herencias de Jehová: una hija y dos hijos. Reside en Guadalajara, México.

Patricia reconoce que Dios la apartó para Él y tiene … leer más …


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