Ven a Cristo ahí donde estás

Sucede siempre que la maestra de tu estudio bíblico te pide que ores en voz alta. Dices que lo harás, lo haces y dices amén, y luego mantienes la cabeza agachada un poco más que las demás, esperando que no vean que tu cara está sonrojada. Las demás mujeres de la reunión no tienen ni idea de que a ti te pasa por la cabeza un solo pensamiento: debería ser capaz de hacerlo mejor.

No sabes por qué la oración no te sale natural. Has estado en la iglesia toda tu vida. Has estado sentada en los servicios de adoración desde que eras una niña pequeña, saltando en las clases de la escuela dominical con lazos y trenzas. 

Desde entonces has hecho varios intentos de desarrollar el hábito de oración, pero el impulso que has encontrado tras los retiros de fin de semana y las conferencias a las que has asistido siempre se ha desvanecido. Nunca lo dirías en voz alta, pero si eres honesta, te preguntas si es demasiado tarde para desarrollar tu vida de oración, aprender a orar de forma consistente o dirigirte con confianza al Señor con tus peticiones.

No eres la única. 

Al hablar con Asheritah Ciuciu sobre su nuevo libro, «Oraciones de descanso», le pregunté qué le diría a la mujer que se siente avergonzada porque no tiene la vida de oración que siente que debería tener. «No estás sola», ella contestó. Es verdad, tu lucha es la lucha de casi todas las mujeres que están sentadas en la iglesia hoy, pero no es una lucha sin esperanza. Jesús nos invita a venir a Él justo donde estamos. 

Me gusta imaginarlo mirando a una multitud formada por hombres y mujeres que son muy parecidos a nosotras: ansiosos y angustiados por cómo pagar las facturas, por saber qué preparar para la cena, por la posibilidad de perder el trabajo, por tener que lidiar con los suegros y todas las cosas que forman parte de la vida. Me imagino a Jesús mirando a esta multitud de personas y extendiendo sus manos y diciendo: «Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar» (Mateo 11:28).

Esa es la invitación de Jesús para ti. En esos momentos en los que sientes que no puedes orar por la culpa y la vergüenza, o que no puedes orar porque te sientes demasiado ocupada, o que no puedes orar porque hay demasiadas cosas en marcha, esos son los momentos exactos en los que más necesitas la oración. Y Jesús te invita a venir a Él. 

Jesús sabe lo que es ser un ser humano. Sabe lo que es levantarse temprano y sacar tiempo para estar con el Padre. Él lo sabe. Tenemos un gran sumo sacerdote que es capaz de compadecerse de nuestras debilidades (Heb. 4:15). 

En Romanos 8:34, la Escritura dice que Jesús vive para interceder por nosotros. No solamente abre Sus brazos y dice: «Ven a mí», si no que está orando por ti ahora mismo. Jesús está a la derecha del Padre, orando por ti, por nombre. Él te invita: «Acércate al trono de la gracia con valentía para encontrar ayuda, misericordia y gracia en tu momento de necesidad». 

No hay lugar para la vergüenza y la culpa en tu vida de oración. Esos son los obstáculos del enemigo. La culpa y la vergüenza son las tácticas que utiliza para alejarnos de lo que más necesitamos: tiempo con Dios, tiempo en Su presencia y transformación por parte de Él. Eso ocurre en la oración. 

No tienes que convertirte en una guerrera de oración el día de mañana. Comienza con pequeños y manejables hábitos de oración; esos pequeños hábitos pueden crecer a lo largo de tu vida. Acepta la invitación de Jesús para venir a Él y saber que Él está contigo mientras comienzas.

¿Estás lista para comenzar con tu primer hábito de oración? Le pedí a Asheritah si podía darnos consejos sobre cómo empezar y compartió estos cinco pasos que puedes aplicar a partir de hoy:

1. Comienza con cosas pequeñas 

Ya sea que nos propongamos metas para el Año Nuevo o al salir de una conferencia, nos dejamos llevar por el evento y empezamos a decirnos a nosotras mismas: «Voy a pasar una hora en oración todos los días». Pero para la mayoría de nosotras, eso no es sostenible.

Lo que he aprendido es que es más fácil desarrollar hábitos cuando empezamos por los que duran menos de noventa segundos. Ese tiempo reduce la dificultad que percibe nuestro cerebro. Sabemos que somos capaces de hacer algo si solo son noventa segundos. Podemos pensar: «No quiero salir de la cama a las 6 de la mañana y orar durante una hora, pero ¿orar durante noventa segundos? Yo puedo hacerlo». 

Si comienzas con algo pequeño, es más probable que mantengas la constancia, incluso en los días en los que no hay motivación o no tienes ganas de orar. Es un método rápido para crear un hábito. 

¡Anímate! Dios nos dice que no desprecia los pequeños comienzos (Zac. 4:10). Es mejor construir fielmente un pequeño hábito cada día que tratar de hacer mucho al principio y al final abandonar tu compromiso de crecer en esta área.

2. Establece un vínculo entre los hábitos y la vida cotidiana

Cuando instruyo a las mujeres en la formación del hábito de la oración, les digo: «Vas a orar durante noventa segundos mientras está listo tu café o cuando te cepillas los dientes por la mañana». La clave es vincular tu nuevo hábito a algo que ya estás haciendo, algo que está automatizado.

Al vincular estas acciones, se genera un impulso que facilita el paso de la acción al hábito de la oración. También hace que sea más difícil de olvidar. Al vincularlas, tienes un recordatorio integrado en alguna actividad durante tu día. 

3. Celebra el crecimiento

Cuando nuestro cerebro se siente bien, queremos repetir ese patrón. Por eso comer M&M's puede ser tan adictivo. Saben bien en el momento, pero luego quieres volver y seguir comiéndolos; liberan la hormona del bienestar. Cuando celebras el crecimiento, ocurre lo mismo en tu cerebro. 

Si te pones como meta orar durante noventa segundos y al final de la semana lo has hecho cuatro veces de siete, puede que te castigues pensando: «No puedo creer que haya fracasado. Ni siquiera puedo orar durante noventa segundos». Pero eso es lo contrario a la eficacia. La culpa y la vergüenza que el enemigo utiliza para esclavizarnos y atraparnos produce serotonina en nuestro cerebro. Esa es la hormona del malestar. Decidimos que ni siquiera vamos a intentarlo de nuevo porque estamos enfocados en cómo hemos fallado. 

En cambio, concéntrate en el hecho de que has orado cuatro veces. Responde diciendo algo cómo: «Dios, me estás convirtiendo en una nueva creación, así que elijo confiar en que tu bondad está actuando. Quiero mejorar en la oración diaria, así que Señor, ¿me ayudarías en eso? Confío en que vas a continuar la buena obra que has comenzado en mí» (Fil. 1:6).

Al celebrar el crecimiento y la fidelidad de Dios, estás reforzando este hábito positivo. No tiene que ser una celebración larga o complicada, pero es un componente clave para establecer nuevos hábitos, y ese es uno que a menudo pasamos por alto. 

4. Personaliza tu hábito

La comparación es la causa principal que impide la alegría. Dios nos creó a cada una de manera única y se deleita en nuestras expresiones de creatividad en la oración: ¡Él es un Dios creativo!

Reflexiona sobre tu forma de aprender de forma específica: 

  • Si eres una persona que aprende visualmente, intenta escribir tus oraciones o escribir y garabatear algo en el margen. 
  • Si aprendes de forma auditiva, intenta orar en voz alta o escuchar oraciones.
  • Si eres una persona que aprende de manera cinestésica, camina mientras oras o prueba diferentes maneras de orar. 

Si algo no funciona con tu hábito de oración, no te rindas. Sé curiosa al respecto. Pregúntate: «¿Por qué sigo luchando con esto?». Pídele a Dios que te dé sabiduría sobre cómo personalizar tu hábito de oración para tu vida. Las Escrituras nos dicen que a Dios le encanta responder a esas oraciones. Cuando pedimos sabiduría, Él nos la da (Santiago 1:5). 

5. Construye tu hábito 

Una vez que llegue al punto en que noventa segundos de oración se hayan convertido en algo automático, añade otro hábito de oración a tu día. Puedes empezar a orar mientras preparas la comida o mientras te pones los zapatos. También puedes alargar tu tiempo de oración original. Una vez que se haya establecido, sigue aumentando hasta llegar a los cinco minutos, luego a los diez minutos y hasta lo que seas capaz de mantener.

Las estaciones de nuestra vida siempre cambian. Lo que funcionó en una temporada, no funcionará en otra. Lo que te funciona cuando tus hijos están en la escuela, puede no funcionar durante el verano. Así que tendrás que cambiar y adaptarte. No te castigues por eso. Acepta la gracia que Dios te extiende, y apóyate en el Espíritu y en lo que Él está haciendo en tu vida.

A veces puede que tengas que empezar de nuevo con un pequeño hábito de oración. Si estás viajando o mudándote o en un período de transición, vuelve al primer paso y comienza de nuevo. En cada temporada Jesús estará ahí con sus brazos abiertos, diciendo: «Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar».

¿Estás preparada para desarrollar tu hábito de oración? Pon un cronómetro por noventa segundos y empieza hoy mismo. Una vez que hayas dado este pequeño paso de fidelidad, pide un ejemplar del nuevo libro de Asheritah Ciuciu, «Oración de descanso». Sus consejos prácticos te ayudarán a seguir formando nuevos hábitos y tus oraciones guiadas te llevarán al auténtico descanso del tiempo pasado en la presencia amorosa de Dios.

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