Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Abundando en la gracia

Annamarie Sauter: En los evangelios leemos sobre diez leprosos que fueron sanados por Jesús, pero… 

Nancy DeMoss Wolgemuth: ¿Cuál fue el que más se acercó a Jesús? ¿Cuál fue el único que se acercó a Jesús? El que fue agradecido. Cuando tú y yo expresamos gratitud a Jesús, es ahí cuando nos acercamos a Él más de lo que nunca antes lo habíamos hecho.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Muchas veces en el día a día no ves las tantas razones que tienes para estar agradecida. Tan solo recordar que estabas muerta en tus delitos y pecados, y que Dios te ha salvado, es razón suficiente para dar gracias. A través de la serie a la que damos inicio hoy, Nancy te ayudará a reflexionar en esto y te mostrará que la gratitud tiene un gran efecto en tu vida.

Nancy: Recuerdo hace un tiempo haber llamado a un querido amigo para su cumpleaños número 89, y él me dijo algo durante esa conversación telefónica que resonó en mis oídos, me dijo: «Cuando me haya ido, si soy recordado por algo, me gustaría que fuera por ser un hombre agradecido».

Ahora, este es un hombre agradecido, pero hay muchas cosas en su vida que habrían hecho en muchas otras personas el no ser agradecidas; falta de gratitud.

Este hombre perdió a su madre cuando tenía tres años. Perdió a su padre cuando todavía era joven, y hace años su hijo mayor murió en un trágico accidente automovilístico.

Así que aquí está él, en los últimos años de su vida, con su salud fallando, y mucha menos fortaleza física de la que tenía en otro tiempo, viviendo en un hogar de ancianos, pero él está determinado a ser un hombre agradecido.

Y él es un hombre rápido en verbalizar la bondad y las bendiciones de Dios al mirar hacia atrás en su vida. No escuchas a este hombre quejarse. Lo escuchas expresar gratitud. Pensé, mientras escuchaba a mi amigo, «ese es el tipo de persona que quiero ser. Quiero que se me conozca como una persona agradecida».

Así que al comenzar este nuevo tema de la gratitud, que creo que es uno de los temas más importantes en toda la Palabra de Dios, ¿qué es la gratitud? Cuando regresamos al idioma griego, el lenguaje original en que se escribió el Nuevo Testamento, encontramos que hay una palabra con la raíz similar para varias palabras. La misma raíz se usa en las palabras: gracias, agradecimiento, gratitud, regalo y gracia. Todas estas palabras vienen de una palabra griega muy similar, y están todas conectadas: regalo y gracia, y gratitud y agradecimiento.

Pensemos en algunas de estas palabras.

Tanto la gracia como la gratitud se dan libremente. No es algo que puedes fabricar o trabajar. Deben ser dadas libremente.

La gratitud es realmente reconocer y expresar aprecio por los beneficios que hemos recibido de Dios y de otros. Déjame repetir esa definición, y te diré que no es original mía. No recuerdo dónde la escuché por primera vez, pero me ha ayudado mucho mientras pienso acerca de lo que significa tener una actitud de gratitud. Es reconocer y expresar aprecio por los beneficios que he recibido de Dios y de otros; aprender a tener un ojo para ver la gracia que ha venido a mi vida.

Pero no solo reconocer esos beneficios, también expresar aprecio por ellos, comunicando gratitud.

Cuando pienso acerca del evangelio, que es realmente toda la historia de la Biblia, tres palabras me vienen a la mente que realmente creo que sintetizan el evangelio.

La primera palabra es la palabra culpa. Estamos delante de Dios; nacemos en este mundo como pecadores culpables, mereciendo la ira y el juicio de Dios, porque Él es un Dios santo, y Él tiene que juzgar el pecado. Entonces somos culpables. Ahí es donde nuestra historia comienza. Somos pecadoras que nacieron de pecadores. Nuestra culpa nos ha separado de un Dios santo. Esa es la primera palabra del evangelio: culpa.

Luego está la palabra gracia. La gracia de Dios, donde Él baja, desciende del cielo y cierra la brecha creando un puente entre Él, un Dios santo, y nosotras, pecadoras caídas, desesperadas y desesperanzadas. La Escritura dice: «Cuando éramos aún sus enemigos, Él nos buscó» (Romanos 5:8, parafraseado). Nosotras nunca buscamos a Dios. Por nuestra cuenta, nunca hubiéramos buscado a Dios. Él nos eligió a nosotras. Él envió a Jesucristo a ser Su solución para nuestro pecado, para pagar la penalidad de nuestra culpa. Todo eso es gracia.

«Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios» (Efesios 2:8). Gracia, un regalo para pecadores culpables.

Así que el evangelio es mi culpa y la gracia de Dios, el regalo de la gracia de Dios por el cual Jesucristo paga la penalidad de mi pecado.

Y la otra palabra que es parte del evangelio es la palabra gratitud. Tenemos: culpa, gracia y gratitud.

Nuestra respuesta natural cuando nos damos cuenta de lo que Dios ha hecho por nosotras, cuán inmerecedoras éramos y somos y cuán bondadoso Él ha sido para nosotras y todo lo que Él ha derramado en nosotras por medio de Jesucristo, no solo dándonos la salvación, sino también al darnos la santificación y la promesa de nuestra glorificación final. Todos estos regalos de Dios deberían llenarnos hasta rebosar nuestros corazones de gratitud.

Culpa, gracia y gratitud—ese es el evangelio. Esa es la historia del evangelio.

Cuando participamos de la cena del Señor reconocemos estos tres elementos: culpa, gracia y gratitud. De hecho, en algunas de nuestras tradiciones litúrgicas se usa la palabra Eucaristía para referirse a la cena del Señor o a la comunión. Esa palabra Eucaristía es muy similar a la palabra griega que mencioné que es la palabra para regalo, gracia y gratitud.

La Eucaristía es una celebración, una cena de comunión donde celebramos juntos el hecho de que Dios derramó Su gracia sobre nuestra culpa; que Jesús dio Su cuerpo y Su sangre para nuestra redención; que Él compró el perdón de nuestros pecados al ir al Calvario a morir por nosotras. Así que celebramos la muerte del Señor, el regalo de Su gracia y damos gracias.

¿Recuerdas cuando Jesús celebró la última cena con Sus discípulos en el aposento alto? La Escritura dice que Él tomó pan en Sus manos, y que dio gracias (Ver Lucas 22:17-20). Así al tomar la cena del Señor, al mirar atrás al Calvario, al mirar atrás a la cruz y lo que Él ha hecho por nosotras, damos gracias; culpa, gracia y gratitud.

Ahora, mientras piensas en estas tres palabras, te das cuenta de que nuestra culpa delante de Dios era absolutamente abrumadora y abundante y sin embargo cuánta gracia Dios nos ha dado para esa abundante culpa.

Leemos en Romanos capítulo 5: «Mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia» (v. 20, RVR).

Así que para la abundante culpa, Dios nos da sobreabundante gracia.

Entonces, ¿cuánta gratitud debemos tener hacia Dios? ¿Super, sobreabundante gratitud? Abundante culpa, sobreabundante gracia, y ¿no debería ser nuestra gratitud tan grande como la gracia que Dios nos ha mostrado?

Dios nos ha dado gracia mayor que todo nuestro pecado, gracia suficiente para cubrir toda nuestra culpa. Nuestra gratitud debería ser tan grande como la gracia que hemos recibido.

Yo creo que es por eso que Pablo les dice a los colosenses en Colosenses capítulo 2: «Abundando en acciones de gracias» —sean abundantes en gratitud (v. 7, parafraseado).

La palabra es la palabra desbordar. Es una palabra que da la imagen de un río desbordado por sus orillas en tiempo de inundación. Tú no puedes contener las aguas desbordadas. Así de grande debería ser nuestra gratitud.

De hecho, yo pienso en ese pasaje en los salmos, el Salmo 36, donde la Escritura dice:

«Jehová, hasta los cielos llega Tu misericordia, y Tu fidelidad alcanza hasta las nubes. Tu justicia es como los montes de Dios, Tus juicios abismo grande. Jehová, hasta los cielos llega Tu misericordia, altísima misericordia, Su misericordia, Su fidelidad, alcanzando tan alto como los cielos, y Tu fidelidad alcanza hasta las nubes.

Mucho mayor de lo que podemos imaginar, abundante en fidelidad, Tu justicia es como los montes de Dios, Tus juicios abismo grande, insondable e inmensurable la grandeza de Dios, oh Jehová cuán preciosa, oh Dios, es Tu misericordia. Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de Tus alas. Serán completamente saciados de la grosura de Tu casa, y Tú los abrevarás del torrente de tus delicias» (vv. 5-8 RVR).

¿Ves la abundante gracia de Dios, la plenitud de la misericordia de Dios, y Su amor y Su bondad hacia nosotras?

Así que Pablo dice: «Midan cuán grande era Su culpa, y luego midan cuán grande es la gracia de Dios, Su misericordia, Su bondad, Su perdón, Su fidelidad».

Lo que sea que hayas hecho en el pasado, a pesar de cuán lejos hayas estado de Dios, no importa qué tan gran enemiga eras de Dios, Él te ha perdonado. Él ha limpiado tu registro. Él ha anulado el acta que nos era contraria.

Él te ha dado una nueva vida, un nuevo comienzo, un nuevo corazón. Es gracia abundante, y Pablo dice: «Mira la gracia de Dios y asegúrate de abundar en gratitud».

Estamos hablando acerca de la actitud de gratitud y de la importancia de que expresemos gratitud por los beneficios y las bendiciones que hemos recibido de Dios y de otros.

La gratitud parece ser un arte perdido en el día de hoy.

En 1860 un barco encalló en las costas del Lago Michigan, como los barcos con frecuencia lo han hecho a lo largo de los años. Pero este, en particular, lo hizo cerca de Evanston, Illinois. Había allí un equipo de rescatistas que tenía su base en la Universidad de Northwestern, allí en Evanston.

Uno de estos jóvenes en el equipo era un estudiante para el ministerio en la universidad. Su nombre era Edward Spencer. Él caminó en las aguas congeladas del Lago Michigan una y otra vez y rescató 17 personas de esas aguas, personas que habían estado en el barco.

En el proceso, su salud se deterioró permanentemente, y no pudo entrar en el ministerio como había planeado. Años más tarde, en su funeral, alguien señaló que ni uno solo de esos pasajeros que él había salvado había regresado para decirle, «gracias».

Él arriesgó su vida, pero nadie regresó a decirle, gracias.

Quisiera que viéramos hoy un pasaje de la Escritura que será familiar para la mayoría de ustedes. Se encuentra en el Evangelio de Lucas, en el capítulo 17. Es la historia de los diez leprosos que vinieron a Jesús para ser sanados.

Comencemos a leer en el versículo 11:

«En su camino a Jerusalén, Jesús pasó entre Samaria y Galilea. Al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se quedaron a una cierta distancia de Él» (vv.11-12, RVC).

Ahora, la Escritura dice que esos hombres eran leprosos, y se mantenían bien lejos. Sabemos que debían permanecer alejados porque ceremonialmente eran considerados impuros. De acuerdo con la ley del Antiguo Testamento, debían vivir fuera del poblado, y no podían tener relaciones normales ni comunicación con los que no tenían lepra. Así que ellos estaban separados por su lepra.

En la Escritura, la lepra es una imagen del pecado. Esto no significa que estos hombres tenían lepra porque habían pecado más que las otras personas, pero la lepra era una enfermedad contagiosa que destruía a las personas, su sistema inmune y sus miembros, y era finalmente mortal. Es una imagen de lo que el pecado nos hace, una imagen de nuestra culpa frente a un Dios santo.

La imagen aquí es que estos hombres estaban separados de la gente normal y separados de Jesús, separados de otros en su pueblo, separados de su familia, por causa de la lepra.

La Escritura dice que cuando estábamos en nuestro pecado no podíamos acercarnos a Dios, no podíamos acercarnos a Él. Estábamos separadas de Él y había una distancia infinita entre nosotras y Dios por nuestra culpa por el pecado (ver Romanos 3:23).

El versículo 13 dice que los diez leprosos elevaron sus voces y dijeron: «Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!»

Aparentemente ellos sabían que Jesús tenía poder sobrenatural, y que Él tenía gracia disponible para ellos en su necesidad. Esa es la gracia de Dios, Sus recursos, Sus riquezas aplicadas a nuestra necesidad. Ellos tenían una necesidad, su lepra. Ellos sabían que Jesús era Dios, y que tenía la gracia para cubrir su necesidad. Así que ellos clamaron a Él por gracia, y con toda seguridad, Jesús les extendió Su gracia».

Versículo 14: «Cuando Él los vio, les dijo, “vayan, preséntense a los sacerdotes”».

Esa es una referencia a la ley del Antiguo Testamento, que esos leprosos conocían bien. Esto es, que cuando un leproso era sanado, aunque nunca ocurría, la ley decía que si alguna vez era sanado, debía presentarse al sacerdote, quien lo declararía limpio. Y la Escritura dice que, «mientras ellos iban, fueron sanados».

Así que hicieron lo que Jesús dijo. Ellos obedecieron, fueron al sacerdote. Había algún grado de fe aquí para creer que algo ocurriría mientras iban, y cuando lo hicieron, recibieron gracia. Ellos fueron limpiados, fueron sanados.

Ahora, esto fue un milagro. La lepra era una enfermedad incurable. Ellos nunca habían visto a un leproso que fuera sanado. Ellos nunca habían escuchado de un leproso, salvo en un par de incidentes en el Antiguo Testamento, que fueron milagrosos, que fueron intervenciones divinas, había pocos registros de leprosos que hubieran sido sanados, pero ellos experimentaron la gracia de Dios mientras iban de camino.

Entonces el versículo 15 nos dice:

«Entonces uno de ellos (de los diez), al ver que había sido sanado, volvió alabando a Dios voz en cuello, y rostro en tierra se arrojó a los pies de Jesús y le dio las gracias. Este hombre era samaritano».

Ahora, había diez leprosos que fueron sanados; diez hombres que estaban disfrutando su salud recientemente hallada; diez hombres que experimentaron la milagrosa gracia de Dios más allá de sus más osadas esperanzas o sueños. Te garantizo que estos hombres no se quedaron callados acerca de esto. Te garantizo que al ser sanados, no solo se presentaron a los sacerdotes, sino que fueron a su familia y a las personas de las que habían estado separados por todos esos años. Ellos le estaban contando a todo el mundo.

Pero, nueve de ellos olvidaron decirle algo a quien había sido la fuente de su bendición. Solo uno se detuvo a considerar la fuente de su bendición, el Dador. Solo uno se detuvo para agradecer y adorar al que le había devuelto la vida.

Y mientras veo a este regresar a Jesús, veo una imagen hermosa de gratitud desbordante, abundante. Puedes percibir que este hombre no tenía inhibiciones. Dice que, «a una gran voz, glorificó a Dios. Él cayó, rostro en tierra, a los pies de Jesús».

Es interesante que de esos diez leprosos, todos habían elevado sus voces cuando estaban sufriendo y necesitados. Todos habían clamado, «¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!» Todos habían clamado cuando estaban necesitados, pero solo uno vino y clamó y alzó su voz cuando recibió esa gracia. Solo uno mostró gratitud, y cuando mostró gratitud, fue una gratitud abundante. Él elevó su voz. Reconoció la fuente de su sanidad. Reconoció su deuda y esta es una expresión espontánea, natural, de alabanza.

Esto no fue un pequeño comentario en privado, «gracias, Jesús, por lo que hiciste por mí». Esta fue una gratitud pública. Fue a gran voz, y me alegro tanto de que se use esa palabra, porque nos da una imagen del tipo de gratitud que debemos tener hacia el Señor Jesús por la gracia que ha derramado sobre nosotras como pecadoras culpables.

Yo te preguntaría: ¿Es tu agradecimiento tan obvio y expresivo como tu manera de compartir tus necesidades? Les decimos a otros lo que necesitamos. Le decimos al Señor lo que necesitamos. Clamamos a Él.

Anoche a eso de las 10:30 de la noche estaba despierta –levantada– y me encontré clamando al Señor diciendo: «Señor, no puedo terminar de preparar esta sesión. No logro que haga sentido para mí. No termino de encajar las ideas. Por favor, ayúdame».

La pregunta es: ¿Cuando termine, seré tan rápida en volver a Él y expresarle mi gratitud con tanta honestidad como cuando clamé por Su gracia?

¿Eres tan expresiva en comunicar tu gratitud como lo eres en comunicar tus necesidades?

Este hombre «cayó rostro en tierra a los pies de Jesús y le dió gracias».

Esta es una imagen de adoración y humildad. Me gusta el contraste aquí, porque cuando leímos en el principio de este pasaje, estos diez hombres, cuando todavía eran leprosos, «se habían quedado a cierta distancia», pero ahora, habiendo sido los recipientes de la gracia de Cristo, él se acercó a Jesús. Él cayó rostro en tierra justo a Sus pies.

¿Cuál fue el que estuvo más cerca de Jesús? ¿Cuál fue el único que se acercó a Jesús? El que fue agradecido. El que expresó gratitud.

Yo creo que los otros la deben haber sentido, pero no la expresaron. Ellos no regresaron a decirlo. Cuando tú y yo expresamos gratitud a Jesús, es en ese momento cuando nos acercamos más a Él de lo que nunca antes hemos podido hacerlo.

Es interesante que la Escritura nos da esa pequeña frase, «él era samaritano». Aparentemente los otros eran judíos. ¿No es interesante que con frecuencia los que han estado más expuestos a la verdad de Dios son los que con menor probabilidad regresan y dicen, «gracias»?

Nunca he conocido otra cosa que no sea la gracia de Dios en mi vida. Fui salvada a los cuatro años. Crecí en un hogar donde siempre estaba escuchando acerca de los caminos y de la Palabra de Dios. Siempre he sabido, he conocido la gracia de Dios, y encuentro que a veces las personas que no han crecido en ese tipo de ambiente, y que han conocido la gracia de Dios más tarde en la vida, son mucho más rápidas para expresar gratitud porque no han tomado la gracia de Dios por sentada. Ellos recuerdan bien lo que era no tener la gracia de Dios.

A veces vemos a estos nuevos creyentes, y están tan entusiasmados por su fe nueva, y expresan su gratitud hacia el Señor. A veces nosotras, que hemos estado en esto por mucho tiempo, como que los queremos aquietar, queremos nivelarlos, como «ya se les pasará». Bueno, ellos lo harán si se sientan a nuestro lado en la iglesia.

Ellos están tan agradecidos que no les importa quién los escucha o lo que las personas piensan de ellos cuando expresan su gratitud al Señor en voz alta. Ellos no saben más que cantar cuando se cantan canciones de alabanza en la iglesia. Algunas de nosotras que hemos sido creyentes por más tiempo nos sentamos ahí o estamos de pie y balbuceamos las palabras, pero a veces estos que han tenido menos tiempo, son los más rápidos para expresar gratitud y agradecimiento. Y así en el versículo 17 dice Jesús contestó: «¿No eran diez los que fueron limpiados? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No hubo quien volviera y alabara a Dios sino este extranjero? Y al samaritano le dijo: Levántate y vete. Tu fe te ha salvado» (vv. 17-19, RVC).

Literalmente la traducción ahí es «tu fe te ha salvado». Los otros hombres recibieron sanidad física, pero este hombre recibió sanidad física y espiritual –sanidad física y salvación espiritual– porque yo creo que él estaba poniendo su fe en Cristo, reconociendo que Cristo era Dios y era el Salvador.

Jesús expresó asombro de que solo este extranjero hubiera regresado a dar gloria a Dios. Me pregunto si desde su lugar en el cielo hoy, Él no estará expresando asombro todavía de que haya tan pocos que regresemos a decir, «gracias».

Somos tan rápidas para disfrutar el regalo y tan rápidas para olvidar al Dador.

Edward Spencer sacó 17 pasajeros de las aguas heladas del Lago Michigan y ni uno jamás regresó a decir, «gracias; gracias».

La gracia ha abundado hacia nosotras como pecadoras culpables. Que nuestra gratitud sea tan sobreabundante como la gracia de Dios.

Annamarie: «Somos tan rápidas para disfrutar el regalo y tan rápidas para olvidar al Dador». Este ha sido un importante recordatorio de Nancy DeMoss Wolgemuth. Y ella te ha preguntado, «¿es tu agradecimiento tan obvio y expresivo como tu manera de compartir tus necesidades?». ¡Espero que hoy hayas sido animada a cultivar una actitud de gratitud!, sabiendo que aún tu ingratitud ha sido perdonada en la sangre de Cristo.

Es nuestro deseo que a lo largo de esta serie de programas puedas maravillarte de la gracia de Dios en tu vida al cubrir todo tu pecado, y que de ti brote gratitud. Profundiza en estas cosas adquiriendo el libro escrito por Nancy titulado Sea agradecido: Su camino al gozo. Sí, la gratitud trae gozo a tu vida. Encuentra este libro en nuestra tienda en línea, en avivanuestroscorazones.com, y asegúrate de acompañarnos el lunes para la continuación de la enseñanza de hoy.

Adornando el evangelio juntas, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.

La lectura para hoy en el Reto Mujer Verdadera 365 es el libro de los Hechos capítulos 8 y 9.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

Te doy gracias, Jonathan & Sarah Jerez, Periscopio ℗ 2017 Jonathan & Sarah Jerez.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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Sobre el maestro

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio.

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

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