Débora de Rivera: Hollywood retrata a la mujer femenina como una frágil, débil y deficiente. Pero, ¿es eso cierto? Escuchemos a Mary Kassian.
Mary Kassian: El Dios que mide los océanos con la palma de Su mano, el Dios que llama a las estrellas por nombre, mira a una mujer con un espíritu tierno, suave y femenino, y dice: «Esto. Esto es lo que Yo atesoro».
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 28 de julio de 2026.
A ninguna mujer le gusta que la llamen débil. Cuando el hermano de Mary Kassian se burló de ella llamándola «una niña débil y llorona», Mary lanzó el paño de cocina y levantó los puños para pelear. Probablemente tú habrías hecho lo mismo.
En el episodio anterior de esta serie, Mary exploró cómo Dios te …
Débora de Rivera: Hollywood retrata a la mujer femenina como una frágil, débil y deficiente. Pero, ¿es eso cierto? Escuchemos a Mary Kassian.
Mary Kassian: El Dios que mide los océanos con la palma de Su mano, el Dios que llama a las estrellas por nombre, mira a una mujer con un espíritu tierno, suave y femenino, y dice: «Esto. Esto es lo que Yo atesoro».
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 28 de julio de 2026.
A ninguna mujer le gusta que la llamen débil. Cuando el hermano de Mary Kassian se burló de ella llamándola «una niña débil y llorona», Mary lanzó el paño de cocina y levantó los puños para pelear. Probablemente tú habrías hecho lo mismo.
En el episodio anterior de esta serie, Mary exploró cómo Dios te creó intencionalmente mujer. Hoy abordará un pasaje de las Escrituras que podría incomodarte, uno que parece insinuar que las mujeres son el sexo más débil. Pero descubrirás que aquello que el mundo llama debilidad, Dios lo llama precioso.
La mujer fue diseñada con delicadeza y belleza relacional. Y eso no es un defecto; es el diseño intencional de Dios.
Aquí está Mary.
Mary: Una vez estuve en una pelea. Y no fue una simple discusión. Fue una pelea de verdad: puños, patadas volando, brazos torcidos… una batalla al estilo lucha libre. Y fue con mi hermano Gordon, que es tres años y medio mayor que yo. Mis padres habían salido esa noche y nos dejaron encargados de lavar los platos. (En nuestra casa no había lavavajillas eléctrico). Él lavaba y yo secaba. Empezamos a discutir por alguna tontería, como suelen hacerlo dos hermanos en la secundaria. No recuerdo exactamente qué estábamos discutiendo. Pero sí recuerdo el comentario que despertó toda mi furia y me hizo explotar. «¿Y tú qué sabes?», me dijo con desprecio. «¡Solo eres una niña débil y llorona!».
Eso fue suficiente. Tiré el paño de cocina, levanté los puños y lo reté a pelear. Nadie iba a llamarme una niña débil. Era el peor insulto posible.
Yo odiaba los vestidos. Odiaba el color rosado. No era una chica femenina. Cualquier cosa remotamente femenina me provocaba rechazo. ¡Y definitivamente no era débil! Podía trepar árboles y batear una pelota. Todo lo que los niños hacían, yo sentía que podía hacerlo mejor.
La expresión burlona y divertida en el rostro de mi hermano me enfurecía aún más. Iba a darle una lección. Nadie iba a salirse con la suya llamándome débil.
A ninguna mujer le gusta que la llamen débil. Especialmente si viene de un hombre.
Por eso me pregunto qué habrán pensado las mujeres de la iglesia primitiva cuando Pedro instruyó a los esposos, en 1 Pedro 3:7, a vivir con sus esposas «de manera comprensiva, como con un vaso más frágil».
¿QUÉ? ¿Más frágil? ¿Te lo imaginas? En el contexto cultural actual, si Pedro dijera eso hoy, lo cancelarían y lo harían pedazos en redes sociales en cuestión de segundos.
Entonces, ¿ser «más frágil» es un insulto? ¿O describe algo real —y hermoso— acerca de cómo Dios nos creó?
Eso es lo que quiero explorar hoy. En esta serie hemos estado desarrollando una definición de la feminidad:
«Una mujer es la obra maestra viviente de Dios, formada a mano a Su imagen, creada intencionalmente mujer, diseñada con delicadeza y belleza relacional».
Y esa es la frase en la que nos enfocaremos hoy.
Algunas de ustedes probablemente acaban de ponerse a la defensiva.
«¿Delicadeza? Yo no soy delicada. Soy fuerte y capaz. Nadie pasa por encima de mí».
Lo entiendo. De verdad lo entiendo, porque pasé años resistiéndome a cualquier cosa que pareciera tradicionalmente femenina. Pero esto es lo que he aprendido: la delicadeza no es señal de fragilidad ni de inferioridad. No es una desventaja.
Déjame mostrarte por qué.
Cuando el Señor presentó al primer hombre a su esposa, él respondió con una exclamación poética llena de gozo al contemplar a aquella hermosa compañera que Dios le había dado.
Génesis 2:22–23 dice: «De la costilla que el SEÑOR Dios había tomado del hombre, hizo una mujer y la trajo al hombre. Y el hombre dijo: “Esta es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne. Ella será llamada mujer, porque del hombre fue tomada”» (RV 60).
Adán le dio a Eva un nombre hebreo que era, al mismo tiempo, un ingenioso juego de palabras y una profunda revelación.
«Será llamada mujer (ishshah), porque del hombre (ish) fue tomada».
Hombre. Mujer. Ish. Ishshah. El sonido es casi idéntico. La palabra hebrea para mujer simplemente añade una terminación femenina a la palabra para hombre. Pero ambas palabras tienen significados complementarios.
Muchos estudiosos creen que ish proviene de una raíz relacionada con «fortaleza», mientras que ishshah proviene de una raíz relacionada con «delicadeza».
Adán estaba celebrando algo que notó inmediatamente: el hombre es fuerte; la mujer es delicada. El cuerpo del hombre está diseñado para iniciar, avanzar y perseguir. El cuerpo de la mujer está diseñado para recibir, atraer y responder.
Complementos perfectos. Distintas expresiones de la misma imagen de Dios.
Ahora, esto es lo asombroso: Dios no creó tu cuerpo delicado para luego pedirte que fueras dura. Él diseñó a la mujer —de pies a cabeza, por dentro y por fuera— con delicadeza. Y eso no es algo superficial.
Tu cuerpo tiene más tejido adiposo que el de un hombre, distribuido en curvas que expresan feminidad. Tu piel contiene más grasa subcutánea, creando esa textura suave y delicada. Incluso tu tejido muscular está estructurado de manera diferente: más flexible y adaptable, mientras que el del hombre tiende a ser más denso y rígido.
Tu rostro también cuenta esa historia. Rasgos más delicados, líneas más suaves y una estructura más fina e inconfundiblemente femenina.
Y en los momentos más íntimos del matrimonio, ese diseño se hace aún más evidente: la fortaleza masculina entregándose y la delicadeza femenina recibiendo, unidos como una sola carne.
Pero esto es lo más importante: tu delicadeza física no es algo aleatorio. Es una señal que apunta a algo más profundo. Lo visible apunta a lo invisible. Dios escribió delicadeza en tu cuerpo porque también la entretejió en tu alma.
Nuestra cultura le ha declarado la guerra a la delicadeza. Basta con encender cualquier película de acción para verlo: personajes femeninos que han eliminado todo rastro de delicadeza para convertirse prácticamente en hombres con cuerpo de mujer. Golpean, patean y matan sin inmutarse. ¿Y cuál es la única diferencia entre ellas y los personajes masculinos? Trajes más ajustados, pestañas postizas y mejor peinado. El mensaje de Hollywood no podría ser más claro: la verdadera fuerza luce masculina. Si quieres poder, elimina tu feminidad.
Pero ¿realmente la delicadeza carece de poder?
Piensa por un momento en el agua. Es difícil imaginar algo más suave que el agua. Cede, fluye, rodea los obstáculos y, aun así, con suficiente tiempo, el agua atraviesa el granito y moldea las costas. Forma cañones inmensos. La piedra es dura e imponente, pero el agua… el agua sostiene toda forma de vida. Limpia heridas, calma la sed y hace florecer el desierto.
El poder está en la delicadeza.
O piensa en la imagen de la magnolia de acero, esa expresión tan conocida en el sur de Estados Unidos para describir a una mujer que logra ser delicada e indestructible al mismo tiempo. Dulce, pero con una columna vertebral de hierro. Amable, pero firme cuando es necesario. Gentil en su manera de actuar, pero absolutamente incapaz de dejarse dominar. No tienes que escoger entre delicadeza y fortaleza. Puedes tener ambas.
Esa es la feminidad que Dios diseñó. No una debilidad frágil. No una pasividad que se deja pisotear. Sino una fortaleza suave, que muchas veces es la forma más poderosa de fortaleza.
Este tipo de fuerza sabe cuándo ceder y cuándo mantenerse firme. Es gentil con quienes sufren, pero firme frente al mal.
Mira a Abigail enfrentando a un David lleno de ira y a sus cuatrocientos hombres armados. Ella no se escondió por miedo. Pero tampoco salió atacando. Se acercó con humildad, sabiduría, provisiones y respeto. Su delicadeza logró desarmar lo que las armas no podían tocar. Evitó una masacre por medio de la gentileza. Eso es poder.
O piensa en la mujer de Proverbios 31: está vestida de fuerza y dignidad, pero la bondad está en su lengua. Trabaja con manos diligentes y capaces, pero abre su boca con sabiduría y enseñanza amable. Delicada y fuerte. Ambas cosas. Siempre ambas.
Entonces, ¿qué quiero decir cuando hablo de «delicadeza»? Me refiero a esa tendencia de la mujer a ser más receptiva, mientras que el hombre tiende a ser más firme. La mujer es más gentil, mientras que el hombre suele ser más enérgico. La mujer es más tierna, mientras que el hombre suele ser más rudo. La mujer es más pacífica, mientras que el hombre suele enfocarse más en avanzar hacia un objetivo. Y la mujer es más cooperadora, mientras que el hombre tiende más a dirigir.
La disposición femenina tiene una textura distinta a la masculina. No es inferior. Simplemente es diferente.
Y esto es lo que necesitas entender: ser diferente no te hace inferior. Te hace necesaria, complementaria y distinta de una manera hermosa e intencional.
Ahora, algunas de ustedes todavía están luchando con esta idea. La palabra «delicadeza» les suena a rendición, a debilidad. A todo aquello que el feminismo nos enseñó a rechazar. Y quizá «delicada» no es precisamente la palabra que usarías para describirte. Tal vez eres valiente, directa, eficiente. Y las diferencias de personalidad son reales; Dios te creó así. Pero la delicadeza no es un tipo de personalidad, sino que está entretejida en tu feminidad.
Escucha esto: Dios no simplemente tolera tu delicadeza. Él la atesora. ¿Y sabes por qué? Porque refleja algo de Su propio carácter.
Las Escrituras describen a Dios como compasivo y clemente, lento para la ira y grande en misericordia. Paciencia, ternura y longanimidad. Cualidades delicadas que están en el corazón mismo de Dios.
Jesús dijo de Sí mismo: «Yo soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11:29). Manso. No áspero, no dominante, no agresivo. Manso. Incluso utilizó un lenguaje maternal al expresar Su deseo de reunir a Jerusalén «como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas» (Mateo 23:37).
Y escucha cómo describió Jesús Su trato hacia los quebrantados: Él no «quebrará la caña cascada» ni «apagará la mecha que humea» (Mateo 12:20). Él es tierno con los heridos, cuidadoso con los frágiles y suave con los que sufren.
¿Y cuál es el fruto del Espíritu? Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, mansedumbre, dominio propio. Casi todas son cualidades delicadas.
Así que, cuando el mundo se burle de la delicadeza llamándola debilidad, cuando la cultura desprecie la gentileza como algo anticuado, cuando el feminismo te diga que debes endurecerte, recuerda esto: Dios mira a una mujer de espíritu afable y apacible y dice: «Esto es precioso para Mí. Muy precioso».
Tu suavidad, tu delicadeza, no es un defecto del diseño. Es parte del diseño. La ternura de Dios se refleja tanto en Sus hijos como en Sus hijas, pero Él creó a la mujer para manifestarla de una manera única e inconfundiblemente femenina.
Ahora hablemos de esa frase que hace que muchas mujeres modernas se incomoden de inmediato: «el vaso más frágil».
Primera de Pedro 3:7 dice: «Ustedes, maridos, igualmente, convivan de manera comprensiva con sus mujeres, como con un vaso más frágil, puesto que es mujer, dándole honor por ser heredera como ustedes de la gracia de la vida…».
Observa lo que Pedro está haciendo aquí. Él no dice «más frágil» para disminuir a la mujer. Lo dice para elevar la manera en que el hombre debe tratarla.
Piénsalo de esta manera: si te entregara dos objetos —un plato plástico y una pieza de porcelana fina—, ¿cuál manejarías con más cuidado? La porcelana, ¿verdad? No porque tenga menos valor, sino porque tiene más valor. Es más preciosa. Más digna de ser tratada con cuidado y delicadeza.
La mujer no es un hombre. No es «uno más de los chicos».
Ese es el punto de Pedro. Él no te está insultando. Está ordenando a los hombres que te traten como el tesoro que eres.
Y observa lo que dice inmediatamente después: «por ser heredera como ustedes de la gracia de la vida». Iguales. No inferiores. No menos valiosas. Herederas de la gracia de Dios. La misma posición. El mismo valor. La misma herencia.
Diseño diferente. Igual valor.
Y aquí hay algo impresionante: el mismo pasaje que instruye a los hombres a honrar a la mujer como vaso más frágil también revela qué es lo que Dios más valora en ella. Escucha lo que dice en 1 Pedro 3:3–4:
«Que el adorno de ustedes no sea el externo: peinados ostentosos, joyas de oro o vestidos lujosos, sino que sea lo que procede de lo íntimo del corazón, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno, lo cual es precioso delante de Dios».
Precioso.
El Dios que mide los océanos con la palma de Su mano, el Dios que llama a las estrellas por nombre, mira a una mujer con un espíritu tierno, suave y femenino, y dice: «Esto. Esto es lo que Yo atesoro».
El mundo lo desprecia y la cultura se burla de ello, pero Dios lo celebra.
Tu feminidad no es algo por lo que debas disculparte. Es algo que Dios valora profundamente.
Y cuando hablo de feminidad, me refiero a tu interior, no a tu forma de vestir.
La delicadeza no significa que seas alguien que se deja pisotear. No significa que nunca defiendas lo correcto. No significa que permanezcas pasiva frente al mal o la injusticia. La delicadeza implica tener la sabiduría para discernir cuándo ceder y cuándo mantenerse firme. Es fortaleza femenina expresada con gentileza, gracia y firmeza de carácter.
Pero la delicadeza es solo una parte de la historia. La otra parte es la belleza relacional, y aquí es donde comienza a verse algo distintivo en la mujer.
Piensa en tu última conversación con una amiga cercana. No solo intercambiaron información; conectaron, compartieron sentimientos, hablaron de lo que estaba ocurriendo en sus corazones. Ese impulso natural hacia la profundidad relacional no es simplemente una construcción cultural. Es parte del diseño de Dios.
Antes de crear a la mujer, Dios dijo algo revelador: «No es bueno que el hombre esté solo; LE HARÉ una ayuda adecuada» (Génesis 2:18).
Observa esa expresión: «le haré». La mujer fue creada para el hombre. Y antes de que eso te incomode, escucha bien. Esto no tiene que ver con posesión ni utilidad. Esa preposición apunta hacia relación: hacia alguien, en conexión con alguien, con alguien en mente. Pablo expresa la misma idea en 1 Corintios 11:8–9:
«Porque el hombre no procede de la mujer, sino la mujer del hombre. En verdad el hombre no fue creado a causa de la mujer, sino la mujer a causa del hombre».
Ella fue creada PARA él. Formada teniendo a otra persona en mente. Orientada hacia la relación desde el primer momento de su existencia.
Esto no significa que una mujer necesite a un hombre para sentirse completa. Significa algo más profundo: la mujer fue diseñada para la conexión de una manera distinta al hombre. La relación no es simplemente algo que añade a su vida; está entretejida en la esencia misma de quien es. Fue creada para los demás. Para volverse hacia otros. Para conectar.
Ahora, aquí también influye la personalidad. Algunas de ustedes son introvertidas. Otras son naturalmente más reservadas o independientes. Quizá no seas la mujer que disfruta estar rodeada de multitudes o que necesita conversar constantemente. Pero incluso la mujer más introvertida suele tener algunas relaciones profundamente significativas. La capacidad de conectar está allí; simplemente se expresa de manera diferente.
Los hombres suelen encontrar identidad en lo que hacen. Las mujeres, con más frecuencia, la encuentran en quien aman y en quien las ama. Formar vínculos, cultivar amistades, crear comunidad… estas cosas no son secundarias en la feminidad. Son parte central de ella.
Y aquí hay algo fascinante: Dios diseñó esto incluso a nivel biológico. Las mujeres producen oxitocina —la llamada «hormona del vínculo»— en niveles considerablemente más altos que los hombres. Cuando abrazas a alguien, tienes una conversación profunda, consuelas a una amiga herida o amamantas a un bebé, la oxitocina inunda tu organismo, creando vínculos incluso a nivel molecular.
Esto no es accidental. Dios te diseñó para la relación. Lo escribió en tu ADN.
Incluso tu cerebro refleja esta realidad. El cerebro femenino tiene más conexiones neuronales entre el hemisferio derecho y el izquierdo que el cerebro masculino. Literalmente estás diseñada para percibir dinámicas relacionales, captar señales emocionales y notar lo que ocurre debajo de la superficie.
Por eso puedes entrar en una habitación y percibir una tensión que nadie está mencionando. Por eso recuerdas no solo lo que se dijo, sino cómo se dijo y lo que realmente significaba. Por eso puedes mantener cinco conversaciones por mensajes al mismo tiempo, seguir el estado emocional de cada persona, recordar lo que alguien te contó hace tres semanas y, además, tener presentes todos los eventos familiares anotados en el calendario del refrigerador.
No es magia. Es diseño.
Y así como tu suavidad refleja el carácter tierno de Dios, esta capacidad relacional también refleja algo profundo acerca de quién es Él. Dios mismo es relacional: Padre, Hijo y Espíritu Santo existiendo en perfecta comunión eterna, relación perfecta y amor perfecto. Él te creó para tener comunión con Él, y diseñó tu corazón para anhelar una conexión profunda porque, en última instancia, ese anhelo apunta hacia Él: el Único para quien tu corazón fue creado.
Pero aquí es donde esto se vuelve personal, porque esa profunda capacidad relacional —aunque hermosa— también puede volverse peligrosa si no está arraigada en el lugar correcto.
Si alguna vez te has sentido asfixiada por una relación o te has aferrado desesperadamente a alguien que no puede sostener ese peso, eso ocurre cuando un anhelo del tamaño de Dios se dirige hacia un corazón humano. Si alguna vez te has perdido a ti misma intentando lograr que alguien te ame de la manera en que deseas ser amada, sucede exactamente lo mismo.
Ese vacío relacional en tu corazón es real. Pero necesitas entender algo: ninguna relación humana —ni tu esposo, ni tus hijos, ni tu mejor amiga— puede llenarlo. Pero no porque ellos estén fallando, sino porque nunca fueron diseñados para hacerlo.
Agustín lo expresó así: «Nos hiciste para Ti, oh Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti».
Esa hambre relacional que sientes está diseñada para llevarte a Jesús. Él es la única relación capaz de sostener todo el peso de tus anhelos. El único que jamás te fallará, jamás te abandonará y jamás dejará de amarte.
Y aquí está la libertad: cuando encuentras en Él tu satisfacción más profunda, finalmente puedes amar correctamente a los demás. Puedes relacionarte sin aferrarte, dar sin exigir y percibir necesidades sin perderte a ti misma intentando suplirlas.
Aquí es donde tu diseño relacional encuentra su verdadero poder: no haciendo de las relaciones tu dios, sino permitiendo que Dios transforme tu manera de relacionarte.
Entonces, ¿dónde te deja todo esto?
Tal vez has pasado años intentando demostrar que eres tan fuerte como los hombres. Quizá te hicieron creer que la feminidad es debilidad y que las mujeres que no son ferozmente independientes simplemente son dependientes o necesitadas.
Esto es lo que quiero que escuches: Dios te formó con delicadeza y belleza relacional, pero no como limitaciones, sino como regalos. No como debilidades, sino como fortalezas.
No tienes que escoger entre ternura y fortaleza. ¿Recuerdas la imagen de la magnolia de acero? Fuiste diseñada para reflejar ambas cosas.
La fortaleza delicada es la verdadera fortaleza. Pregúntaselo a cualquier mujer que haya acompañado a alguien en la noche más oscura de su vida o que se haya mantenido firme por lo correcto sin endurecer su corazón en el proceso.
No tienes que disculparte por valorar las relaciones. Eso no es un defecto; es una manera de reflejar al Dios relacional que te creó para Sí mismo. Y tampoco tienes que hacer de la independencia tu meta suprema. Nuestra cultura idolatra la autosuficiencia: la mujer que no necesita a nadie y no responde ante nadie. Pero Dios te diseñó para los demás, para la comunidad, para la conexión.
Dios te creó mujer con propósito. La ternura, la capacidad relacional, la fortaleza gentil… todo eso es bueno exactamente como Él lo planeó. Así que no necesitas borrar tu feminidad para demostrar tu valor.
El mundo desprecia la gentileza considerándola debilidad, pero Dios la llama preciosa. Muy preciosa.
¿Cómo se vería abrazar plenamente —y sin disculpas— la manera en que Dios te creó? Tu delicadeza no es una desventaja. Tu capacidad relacional no es un defecto. Son regalos, así que abrázalos.
Tu feminidad no es algo que debas tolerar o superar. Es algo que debes celebrar, porque cuando abrazas el diseño de Dios, descubres algo extraordinario: aquello que el mundo descarta como debilidad es precisamente lo que Dios más atesora.
Comencé hoy contándote acerca de aquella pelea con mi hermano. Déjame decirte cómo terminó… y alerta de spoiler: no salió como yo esperaba.
Al principio, él simplemente esquivaba mis golpes, divirtiéndose por el enojo de su hermana menor. Entonces lancé un golpe más fuerte y le di directamente en la nariz. Ahí fue cuando realmente empezó a pelear… y yo empecé a perder rápidamente. Poco después estaba en el suelo, llorando y llena de rabia.
Nuestro hermano mayor entró corriendo, agarró a Gordon por el cuello de la camisa y le gritó: «¿Cómo te atreves a golpear a tu hermana?».
Entre lágrimas, apenas pude decir lo que había iniciado toda la pelea: «¡Él me llamó una niña débil y llorona!».
Bert me miró, frustrado y sin encontrarle nada gracioso a la situación, y me dijo: «¡Más te vale entender que sí eres una mujer!».
Y tenía razón. Soy mujer.
Y así como Dios formó mi cuerpo como mujer, también formó mi corazón para la conexión y la ternura. Eso no es debilidad. Es diseño, su diseño, y Su diseño es siempre —siempre— bueno.
«Una mujer es la obra maestra viviente de Dios, formada por Sus manos a Su imagen, creada intencionalmente mujer, diseñada con delicadeza y belleza relacional».
Eso no es un insulto ni es una limitación.
Es un llamado. Una gloria.
Y algo muy precioso para Dios.
Débora: Gracias, Mary.
Qué hermoso recordatorio de que la delicadeza no es debilidad; es una fortaleza distintivamente femenina. Y nuestra capacidad relacional no es una desventaja; es parte de cómo Dios nos diseñó. Fuiste formada con delicadeza y belleza relacional para reflejar el carácter mismo de Dios de manera única y profundamente femenina. Aquello que el mundo desprecia como debilidad, Dios lo considera precioso.
Si estás siendo bendecida por esta serie, nos dará mucho gusto que adquieras una copia del folleto de Mary titulado «¿Qué es una mujer?» como agradecimiento por tu donación a Aviva Nuestros Corazones. Este recurso profundiza en la definición de feminidad que estamos explorando esta semana e incluye preguntas para discusión y reflexión personal. Visita AvivaNuestrosCorazones.com para más información.
En el episodio del día de mañana, Mary explorará lo que significa «recibir y responder», también nos dirá por qué ser receptiva y responder no es algo pasivo, sino una poderosa expresión de cómo Dios diseñó a la mujer para ayudar.
Acompáñanos mañana mientras Mary continúa esta serie en Aviva Nuestros Corazones.
Ayudándote a descubrir y abrazar el diseño de Dios para tu vida, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de La Nueva Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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